La Bestia Política

El Bestiario…La alianza que cierra la puerta antes de tiempo en Tlaxcala

El Bestiario…La alianza que cierra la puerta antes de tiempo en Tlaxcala

En Tlaxcala ya no se juega a las señales discretas ni a los acuerdos en lo oscurito. Los mensajes ahora son públicos, firmados y con membrete nacional. La reciente declaración de unidad Morena-PT-PVEM rumbo a 2027 no solo reafirma una coalición electoral: marca una línea de control interno. Y quien no la lea bien, se queda fuera.

El aviso es contundente: quien pierda la candidatura de Morena a la gubernatura  de Tlaxcala no tendrá plan B en el Verde ni refugio en el PT. La alianza funciona como un cerrojo anticipado que impide fugas, castiga rebeldías y disciplina ambiciones. Morena no solo quiere elegir candidato; quiere blindar la unidad y evitar disidencias.

En términos prácticos, las aspiraciones se juegan a todo o nada dentro de Morena. El que pierda no podrá reciclarse en otro partido aliado, como ocurrió en otros procesos. La coalición deja de ser una suma de fuerzas y se convierte en un mecanismo de contención.

De no llegar por Morena, será dificil buscar en otra marca política, luego que en el PAN se perfila la diputada local Miriam Martínez Sánchez; en el PRI la senadora Anabell Ávalos; y en Movimiento Ciudadano la moneda está en el aire entre Delfino Suárez, alias el Changuito, y la coordinadora estatal Danae Figueroa. A no ser que en este último haya una jugada maestra y admitan a quien no quede en Morena.

Dentro de Morena, la pelea ya no se disimula. Dos bloques dominan el tablero: el de Ana Lilia Rivera y el de Alfonso Sánchez García, identificado con el lorenismo. Dos proyectos, dos estilos, dos lecturas del poder. Y ahora, una advertencia implícita: solo uno llegará… y el resto deberá alinearse o desaparecer del mapa electoral.

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LA CAMINERA...¿Él o ella? Parece canción, pero tal parece que tratan de poner a prueba al árbitro electoral los que quieren ser gobernadora o gobernador de Tlaxcala. En los días recientes han proliferado cientos de bardas con las leyendas «Porque es una mujer honesta Es Ella» y Tlaxcala va con El» en lo que parece un mensaje subliminal para traer a la mente del electorado dos nombres, el de Alfonso Sánchez García y el de la senadora Ana Lilia Rivera.

Es parte de una estrategia, es ua actitud desesperada, o que se puede entender de esta narrativa que insiste en instalar nombres, rostros y apellidos en el imaginario colectivo. No es campaña —dicen—, pero huele, se ve y se mueve como campaña.

Hoy, en los pasillos del poder, la lectura se repite cada vez con más fuerza: la lucha parece haberse reducido a dos nombres. De un lado, Ana Lilia Rivera; del otro, Alfonso Sánchez García. Dos proyectos, dos narrativas y dos formas de entender el control del territorio rumbo a 2027. Aunque no se puede dar por muerto a Oscar Flores, Luis Vargas y la propia Josefina Rodríguez.

Ahí entra el señalamiento del PRD Tlaxcala, que acusa al aire. Habla de promoción anticipada, de uso indebido de recursos públicos y de una violación clara a la normatividad electoral vigente, pero no dice cual normatividad viola.

No hay llamado al voto, no hay nombres ni apellidos, solo narrativas de ella y él.

Interesante será conocer la postura del Instituto Tlaxcalteca de Elecciones para el camino que sigue.

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AHORA SÍ, LA ÚLTIMA Y NOS VAMOS...No hagas cosas malas…La idea, en el papel, era buena. La Universidad Politécnica de Tlaxcala (UPTx), encabezada por Rosalía Nalleli Pérez Estrada, organizó un foro para que presidentes municipales compartieran con estudiantes sus formas de gobierno, experiencias y modelos de gestión pública. Un ejercicio que, bien ejecutado, podría aportar reflexión, contraste de visiones y formación cívica.

El problema no fue el foro. Fue el formato. Y, sobre todo, la selección.

Al encuentro acudieron únicamente cuatro alcaldes, todos emanados de Morena: Tlaxcala capital, Texoloc, Panotla y Axocomanitla. Ninguna otra fuerza política, ninguna visión distinta, ningún contraste real. En un estado plural, la ausencia no pasa desapercibida: se nota y se interpreta.

Más aún: lejos de ser un espacio de diálogo con estudiantes, el foro derivó en un ejercicio de monólogo. Preguntas previamente armadas, respuestas cómodas, discursos sin tensión y, sobre todo, una nula participación directa del alumnado. Los jóvenes estuvieron presentes, sí, pero como espectadores, no como interlocutores. Escucharon, pero no cuestionaron. Aplaudieron, pero no debatieron.

Así, lo que pudo ser un ejercicio académico terminó pareciendo otra cosa: un evento político cuidadosamente controlado. Y para muchos, la percepción fue inevitable: más que un foro universitario, aquello parecía armado para un aspirante a gobernador.

El punto no es acusar, sino advertir. Las universidades públicas deben cuidar, con especial celo, su neutralidad política y su vocación crítica. Cuando los espacios académicos se inclinan hacia un solo color y eliminan la posibilidad de cuestionamiento, dejan de formar criterio y comienzan a fabricar narrativa.

“No hagas cosas malas”, diría el manual básico de lo público. Y aquí, aunque quizá según no hubo mala intención, sí hubo una mala decisión: confundir un foro universitario con un escaparate político. Porque cuando eso ocurre, el daño no es inmediato, pero sí profundo. Y lo paga, siempre, la credibilidad institucional.

Ahora, que los universitarios hablen o callen.