Ana Sánchez // El consultor Javier Martínez, de la firma Sulus, atribuyó directamente a la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros el riesgo electoral que enfrenta Morena en el estado. Durante su participación en «Caballo de Troya», Martínez afirmó que la mandataria «es la que está haciendo que la elección esté en riesgo porque su popularidad va en caída».
Esta declaración se enmarca en un análisis sobre la percepción ciudadana y los desafíos de comunicación que enfrenta la actual administración, donde el consultor vinculó la baja en los índices de aprobación con el panorama electoral próximo.
La afirmación del consultor refleja un diagnóstico que comienza a ser compartido por varios actores políticos dentro y fuera del estado: el desgaste de la figura de Cuéllar se ha convertido en la principal carga para Morena de cara a la sucesión gubernamental, a diferencia de problemas atribuibles a factores externos, Martínez pone el foco en la persona que encabeza el gobierno y su proyecto, sugiriendo que el vínculo emocional con el electorado se ha debilitado.
Este análisis cobra mayor relevancia considerando el contexto histórico: Cuéllar llegó al cargo con un respaldo electoral sin precedentes, siendo la candidata más votada, la distancia entre ese punto álgido y la percepción actual de desencanto, según el consultor, genera un «riesgo» tangible de que el electorado busque una alternativa en 2027″. La advertencia implica que las bases del partido y los posibles candidatos deberán navegar una campaña no sólo promocionando un proyecto futuro, sino también distanciándose estratégicamente o defendiendo un legado cuestionado.
La reacción oficial a este tipo de señalamientos suele ser defender los datos duros de gestión, sin embargo, la opinión de expertos como Martínez subraya que en política la percepción suele pesar más que los indicadores técnicos, especialmente cuando esta se cristaliza en una narrativa de decepción, si la tendencia no se revierte, Morena podría verse obligada a realizar una campaña mucho más costosa y compleja para retener la gubernatura.
La pugna en las encuestas
Los datos duros reflejan un declive en la valoración de la gobernadora Lorena Cuéllar. Consultores y analistas políticos coinciden en que ha pasado de ser la candidata más votada en la historia de Tlaxcala a registrar caídas significativas en diversos estudios de opinión.
En el programa «Caballo de Troya», se citaron rankings como los de las consultoras C&E, Arias y Revista 32, que la ubican constantemente en los últimos lugares a nivel nacional, aunque desde el gobierno se cuestiona la metodología de algunas encuestas, especialmente las de Arias, a las que califican de «poco creíbles», y se defiende con mediciones domiciliarias más favorables, el debate público evidencia una erosión clara en su reputación y una percepción ciudadana marcada por el desencanto, según expusieron los participantes.
El vocero del gobierno estatal, Antonio Martínez, intentó matizar el panorama separando las encuestas por metodología, señalando que las telefónicas o de redes sociales suelen ser negativas, mientras que las domiciliarias, como la que realiza Buen Día y Márquez para el gobierno, la sitúan en una posición media a nivel nacional (alrededor del lugar 17-21). No obstante, la persistencia de su nombre en los últimos puestos de rankings ampliamente difundidos, como el de la revista El Economista (lugar 29-31), ha terminado por anclar en la opinión pública la idea de una administración con baja aprobación.
Esta divergencia entre las encuestas «oficialistas» y las independientes ha creado un campo de batalla narrativo, mientras el gobierno insiste en que existe un «morbo» mediático por destacar las mediciones negativas, los analistas y la oposición arguyen que la acumulación de datos de distintas fuentes apunta a una tendencia real e innegable.
Más allá del debate metodológico, el impacto político es concreto, la imagen de una gobernadora en «caída libre» o estancada en los fondos de los rankings debilita su autoridad moral, afecta la cohesión interna de su gabinete y alienta a la oposición, además, complica la proyección de una sucesión natural dentro de su grupo político, ya que cualquier «delfín» deberá cargar con el lastre de una jefa política cuya popularidad dista mucho de ser un activo electoral.
