Adriana Dávila Fernández
Política y activista
El sarampión volvió a Tlaxcala, y no volvió por nostalgia, ni por capricho viral, ni porque extrañara el paisaje. Volvió porque encontró la puerta abierta, las luces encendidas y un sistema de salud distraído celebrando reformas federales como si fueran milagros. Mientras el virus afinaba su regreso, aquí desde el gobierno aplaudían “logros históricos”, se presumían sistemas “como en Dinamarca” y se repetían discursos que hoy suenan más a comedia involuntaria que a política pública.
El resultado es tan evidente como incómodo: Tlaxcala, otra vez, entre los estados donde la enfermedad se propagó con mayor velocidad. Un “reconocimiento” que nadie pidió, pero que se ganó con harta disciplina, austeridad y una devoción casi religiosa por la narrativa oficial.
Recordemos: Durante el obradorato, la gobernadora festejó cada cambio en materia de salud con entusiasmo coreográfico, aplaudió la desaparición del Seguro Popular como si fuera el fin de todos los males, celebró el INSABI como si ya funcionara, y luego celebró el IMSS-Bienestar como si el anterior hubiera sido un éxito rotundo. Hubo fotos, discursos, giras, promesas, hubo frases sobre “la transformación del sistema de salud” que hoy parecen escritas por un guionista de humor negro. Lo que no hubo fue una revisión seria de cómo esos cambios afectarían a nuestro estado, dependiente del suministro federal y con comunidades donde la prevención es la primera línea de defensa.
Las promesas de campaña de Lorena Cuéllar en salud, fueron “igual de espectaculares”: abasto garantizado, infraestructura fortalecida, atención primaria robusta, vacunación universal. Hoy, con el sarampión circulando, esas promesas lucen como slogans de temporada. Porque si algo no se garantizó fue el abasto; si algo no se fortaleció fue la infraestructura; si algo no se cuidó fue la vacunación.
La caída en la cobertura de la triple viral —la vacuna que previene precisamente el sarampión— es un recordatorio de que la negligencia también tiene estadísticas. Municipios que antes rondaban el 95% ahora no alcanzan ni el 80%. Y claro, el virus, que no entiende de propaganda, aprovechó el hueco. La prevención no se improvisa, pero aquí se intentó. Y así nos fue.
Y en medio del brote, llegó la respuesta del secretario de Salud, el poblano Rigoberto Zamudio. Una respuesta que, más que tranquilizar, confirmó que la narrativa oficial vive en un universo paralelo. Zamudio aseguró que “todo está bajo control”, que “se activaron los protocolos”, que “no hay motivo de alarma” y que “la población puede estar tranquila”. También habló de “acciones inmediatas” y “coordinación interinstitucional”, como si el virus hubiera esperado pacientemente a que se redactaran los comunicados.
Lo que no explicó fue cómo se llegó a este punto. No habló de la caída en la cobertura de vacunación. No mencionó los retrasos en el suministro federal. No reconoció la disminución de recursos estatales para brigadas, campañas y cadena de frío. No dijo por qué Tlaxcala, que durante décadas presumió de altos niveles de inmunización, terminó entre los estados con mayor propagación. Su mensaje fue el equivalente sanitario de poner una cortina bonita frente a una pared que ya se está cayendo.
La ironía es casi poética: si todo estuviera bajo control, no estaríamos hablando del regreso del sarampión. Si la coordinación fuera real, las vacunas habrían llegado a tiempo. Si las acciones fueran inmediatas, no habría huecos de cobertura del tamaño de un brote.
El virus no regresó por nostalgia. Regresó porque alguien dejó la puerta abierta mientras celebraba reformas que nunca aterrizaron. Regresó porque la prevención se sacrificó en el altar de la austeridad. Regresó porque las promesas de campaña se quedaron en campaña. Y regresó porque, cuando tocó asumir responsabilidades, la respuesta oficial fue un “todo está bajo control” que controla la narrativa, no la realidad.
Y aquí está el punto final, sin anestesia: Si Tlaxcala no cierra esa puerta —con vacunas, presupuesto, planeación y funcionarios que entiendan que la salud pública no es un espectáculo— el sarampión no será el último en entrar. Será solo el primero en recordarnos que la propaganda no inmuniza.
