En política no existen las casualidades. Y menos cuando la imagen que circula en redes muestra a Óscar Flores Jiménez compartiendo el béisbol —el deporte predilecto del expresidente Andrés Manuel López Obrador— en un entorno íntimo del movimiento. La escena, más que deportiva, es simbólica.
Flores Jiménez no es un improvisado. Tlaxcalteca, contador público, con trayectoria en áreas financieras estratégicas del gobierno federal y actualmente en responsabilidades hacendarias dentro de la estructura de la 4T, ha sido identificado como un operador técnico con vínculos sólidos en el obradorismo. Su paso por posiciones clave en la administración pública lo colocó en el círculo de confianza del proyecto. No es un perfil mediático; es un perfil funcional.
La fotografía manda varios mensajes. Primero: cercanía real con el liderazgo fundador del movimiento. Segundo: vigencia dentro del círculo más íntimo. Y tercero: una señal hacia quienes creen que el tablero local ya está definido.
En Morena, donde las definiciones no siempre pasan por la exposición pública sino por la confianza política, Flores aparece como una pieza que no estaba en la conversación abierta, pero sí en la conversación interna. Un “nombre cercano a la transformación” que podría representar una tercera vía: continuidad sin estridencia, disciplina técnica sin confrontación interna.
No se trata de sobrevalorarlo ni de anticipar candidaturas. Se trata de entender la jugada. En el ajedrez político, las piezas que parecen discretas suelen ser las que sostienen la estructura cuando el tablero entra en tensión.
La foto no grita. Sugiere.
Y en política, lo que se sugiere suele ser más poderoso que lo que se anuncia.
Al tiempo.
