La Bestia Política

Cuando el 8 de marzo no alcanza.

Por Yeny Charrez

”Y entonces, coléricos, nos desposeyeron, nos arrebataron lo que habíamos atesorado: la palabra, que es el arca de la memoria. Desde aquellos días arden y se consumen con el leño en la hoguera”. | “Balún-Canán”. Rosario Castellanos.

Hay historias que no caben en una marcha.
Y eso, por sí solo, ya debería incomodarnos.

Cada 8 de marzo las calles se llenan de consignas, de pasos firmes, de rabia organizada y de esperanza compartida.

Es un día que vibra, que sacude, que confronta. Pero también es un día que evidencia algo brutal: hay miles de mujeres, niñas y niños que no están ahí… y no porque no quieran.

No pueden.

Mateo, un niño de 11 años, me lo preguntó sin rodeos mientras su mamá rendía declaración ante el Ministerio Público:

“¿Por qué Dios nos abandonó?”

No era una pregunta teológica. Era una acusación.

Mateo ha sido golpeado con cables, con lazos, con lo que hubiera a la mano. Vive en una «casa con muchos cuartos» que en realidad es un hotel en el sur del estado. Su madre dice que se construyó con su cuerpo; cree que de alguna manera es suyo, al menos eso le ha dicho el lenon.

Pati, su madre, dice que debe regresar a «la casa», ya que ella «cuida a los niños de las familias».

Cada semana llegan diferentes familias. Mateo debe llevarles de comer a los niños y tender las camas.

No quiere su madre denunciar. Teme que la maten si lo hace. Suplica salir del estado. Logramos sacarlos, pero sin recursos y con una red muy débil. Le dijeron que mejor se reconciliara con su agresor.

Ella regresó con él.

Mateo no. Mateo se quedó con su abuelita. Gracias a ella, Mateo es libre. Pero su madre no.

¿Eso es justicia?

En otra escena, Miri, Paco y Esteban no marchan. Ellos hacen guardias nocturnas para evitar que su padre asesine a su madre. Se turnan para no dormir. Intervienen cuando él la ahorca por las noches.

Constantemente ella era amarrada; la coloca bajo la cama, le arranca el cabello poco a poco. Isabel grita. Sus hijos la salvan una y otra vez. Ellos apenas tienen 11, 9 y 6 años.

Niñez convertida en escudo humano.
Infancias que aprenden a sobrevivir antes que a soñar.

Paco, que quería ser sacerdote, dejó de creer en Dios. No porque leyera filosofía, sino porque pidió ayuda… y nadie llegó.

Ni el Estado.
Ni Dios… Al menos hasta ese momento, así lo creía.

A Isabel, su madre, se le ofrece la alternativa de ir a un refugio, pero perderían todo: el pequeño negocio de tortillas que logró sacar adelante para sus hijos.

Con ese negocio paga las escuelas. Irse significaría perder su casa, la que le dejó su madre al morir.

Él se quedó con las llaves.

Ella dice: ¿por qué tiene que irse? ¿Por qué tiene que esconderse?

Y tiene razón.

Fuimos con un operativo. El sujeto salió, pero al ver las patrullas, se espantó tanto que solo se retiró.

No sin antes, exigirle la entrega de las llaves. Se le notifica que no puede acercarse a ellos. El sujeto se mantiene viendo al suelo. El monstruo parece que perdió su poder.

Entrega las llaves y se va.

Los niños primero están sorprendidos. Después gritan de alegría. Al fin están en casa.

Él no volvió.

Paco dice que siempre si, será sacerdote.

Y entonces entendemos algo incómodo pero real:
sí se puede actuar… pero casi nunca se hace.

Por eso el 8 de marzo no es solo una fecha. Es un termómetro. Y este año volvió a marcar fiebre alta.

Las consignas no son capricho:

“Estado corrupto, por tu culpa estoy de luto”
“Lorena no es aliada, es privilegiada”

No son exageraciones. Son diagnósticos.

Porque mientras se exige “no violentar la presunción de inocencia” desde la comodidad del escritorio, hay mujeres que ni siquiera acceden a una investigación diligente. Carpetas que duermen años. Asesores jurídicos que no aparecen. Ministerios públicos que administran la inercia como si fuera política pública.

Se nos pide confiar en instituciones que, en demasiados casos, han decidido no estar.

Y aquí es donde la narrativa se rompe.

No, el problema no es que las mujeres marchen.
El problema es por qué tienen que hacerlo.

No, el problema no son los tendederos.
El problema es todo lo que el sistema no quiso escuchar antes.

No, el problema no es el enojo.
El problema es la impunidad que lo alimenta.

El 8 de marzo se ha convertido en la manifestación más incómoda del año. Y la pregunta es inevitable: ¿a qué le teme el Estado?

¿A las madres buscadoras?
¿A las niñas que sobrevivieron al abuso?
¿A las mujeres que ya no están dispuestas a callar?

No.

Le teme a la verdad cuando deja de susurrarse y empieza a gritarse.

Pero hay algo más profundo, más doloroso: hay quienes nunca podrán marchar. Mujeres atrapadas en redes de violencia económica, psicológica y estructural.

Niñas y niños que viven bajo control absoluto. Familias que dependen económicamente de su agresor.
Personas que, literalmente, no pueden salir.

Ellas también son el 8M.

Aunque nadie las vea.

Por eso reducir la conversación a “marchar o no marchar” es quedarse en la superficie.

La discusión real es otra: ¿cómo garantizamos libertad, seguridad y vida digna para quienes hoy no tienen ninguna de las tres?

No hay una sola respuesta. No hay una solución mágica. Hay, en cambio, una ruta larga: reconstruir instituciones, romper pactos de impunidad, profesionalizar operadores, garantizar acceso real a la justicia y, sobre todo, dejar de normalizar la violencia como paisaje.

Suena básico. No lo es.

El movimiento de las mujeres no es una moda ni una coyuntura. Es, hoy por hoy, la fuerza social más grande y constante que tiene este país.

Se puede estar o no de acuerdo con sus formas, pero ignorar la marcha, ya no es opción.

Porque si algo dejó claro este 8 de marzo es esto:
el silencio ya no gobierna.
Y hay una deuda que sigue creciendo.

Con Mateo.
Con Miri.
Con Paco.
Con sus madres.
Con todas.

Y hoy nos toca a todas hacer que el miedo cambie de bando, que marchemos para que nuestras hijas no marchen en el futuro, y que si marchan sea por unidad y no por una desaparecida o asesinada más, que si marchan sea para conmemorar… pero mientras esto no ocurra, sigamos marchando, sigamos manifestandonos…hasta que la dignidad y la justicia se hagan costumbre.

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