La Bestia Política

De chofer a ciudadano, estamos hartos de de este Tlaxcala roto.

A veces, para entender lo que pasa en Tlaxcala, no hace falta leer gacetas oficiales como las que va entregando el vocero del Gobierno, sino escuchar lo que se dice en el asiento trasero de un coche. Mi oficina es un volante; trabajo en una plataforma, chofereando y, de viaje en viaje, la frase que más escucho no es «gire a la derecha», sino «ya estamos cansados» «estamos hasta la m@dr3». La decepción no es una estadística de encuesta, es el sentimiento real de la gente que se sube a mi coche y desahoga la rabia de ver un gobierno que parece trabajar para todos, menos para nosotros.

​Hablemos de cinismo. Mientras usted y yo buscamos cómo sacar el día, el Instituto Tlaxcalteca de Elecciones (ITE) anda muy ocupado jugando a la censura. Resulta que ahora se extralimitan pidiendo bajar notas periodísticas, una facultad que ni tienen ni les corresponde. Pero claro, es más fácil intentar callar a los medios que actuar con la imparcialidad que se les exige. El ITE ya no es un árbitro, es un cadenero del partido en turno, cuidando que nadie moleste a sus protegidos mientras permiten, por ejemplo, que el director del Cobat use recursos públicos —dinero de sus impuestos y los míos— para inflar la aspiración de Alfonso Sánchez García. La ley es clara, pero en Tlaxcala parece que solo se aplica a los que no tienen padrino.

​Y si creen que esto es un mal local, solo hay que ver las noticias de hoy. Estados Unidos pone el dedo en la llaga acusando al gobernador Rocha Moya y a otros nueve funcionarios de Morena por presuntos nexos con el narcotráfico. La «transformación» resultó ser un espejismo de corrupción, ineficiencia y una alarmante incapacidad para gobernar con las manos limpias.

​Perdonen si soy inoportuno, pero desde mi volante y escuchando a la gente veo una realidad que el gobierno ignora, desde sus camionetas blindadas y sus privilegios de tener fueron. Estamos ante autoridades electorales arrodilladas y funcionarios que usan lo público como botín privado. Al final del día, los ciudadanos no queremos encuestas ni censura; queremos que hagan su chamba, exijimos seguridad, empleos dignos y un sistema de salud como lo prometieron. Pero viendo cómo se mueven las piezas, parece que lo único «limpio» que queda en esta política son los bolsillos de los ciudadanos tras pagar sus impuestos.

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