Arturo J. Martín | No son pocos los analistas que consideran el segundo mandato de Donald Trump como presidente de Estados Unidos una de las peores noticias recientes para esa nación: un retroceso en materia democrática, en respeto a la diversidad y en la ya frágil separación entre poder político y poder económico. Pero, aunque suene incómodo, habría que concederle algo a Trump. Su administración ha tenido la virtud involuntaria de desnudar buena parte del mito estadounidense. Ese mito según el cual Estados Unidos aparecía, una y otra vez, como el gran garante de la armonía social, el tutor moral de Occidente, el rescatista final de la especie humana ante cualquier amenaza: guerras, terremotos, glaciaciones, radiaciones, meteoritos, ataques bacteriológicos o kaijus particularmente irritados con el progreso y la civilización.
Quizá ese relato ya no funciona con la misma eficacia. La generación Z no parece demasiado interesada en los héroes ultramasculinos, las naciones hipertrofiadas ni los Rambos con esteroides geopolíticos. La épica imperial envejeció mal. Se le notan las costuras. Y Trump, con su torpeza performativa, terminó por exhibir aquello que antes se envolvía en solemnidad institucional. La biopolítica ya no necesita demasiados disfraces. Corre desnuda. O casi. Ya no requiere con tanta insistencia del viejo vocabulario civilizatorio ni de la retórica liberal que sus propios seguidores desprecian bajo la etiqueta de “woke”.
Conviene precisar el término. “Woke” surgió en contextos afroamericanos para aludir a una conciencia crítica frente al racismo y las injusticias estructurales. Con el tiempo, sobre todo en el discurso conservador estadounidense, fue convertido en una palabra comodín para ridiculizar políticas de inclusión, diversidad, derechos civiles, perspectiva de género o cualquier forma de sensibilidad progresista. En boca de la derecha trumpista, “woke” ya no designa una posición política precisa. Funciona más bien como insulto, contraseña y espantapájaros cultural.
La paradoja es evidente. Mientras se denuncia lo “woke” como amenaza moral, se toman decisiones que responden a viejas lógicas imperiales: recursos naturales, petróleo, oro, mercados, sanciones, privilegios fiscales, negocios familiares, operaciones bursátiles, blindajes legales y favores políticos. La libertad aparece de nuevo, pero como escenografía. Detrás están los mismos mecanismos de acumulación. Más burdos. Más descarados. Menos elegantes, si alguna vez lo fueron.
A ello se suma la dimensión casi grotesca de su autoprotección política: intentos de blindarse frente a investigaciones futuras, gestos de impunidad preventiva, recompensas simbólicas y materiales para quienes participaron en la insurrección de 2021, además de una red de especulación y negocios que acompaña a su entorno como una sombra demasiado visible. En otro tiempo, el poder intentaba parecer republicano. Ahora parece suficiente con gritar más fuerte que el escándalo.
La situación con Irán condensa bien esta deriva. Cada semana, como si la política exterior fuera una mala rutina televisiva, Trump parece obligado a publicar un nuevo ultimátum. Amenaza. Retrocede. Declara victorias que nadie alcanza a verificar. Vuelve a amenazar. La guerra, según él, ha sido ganada tantas veces que ha perdido incluso su valor propagandístico. Mientras tanto, el combustible sigue caro, la ciudadanía reprueba su manejo y el espectáculo continúa, degradado ya no en tragedia, sino en parodia.
Ese quizá sea el punto. La administración Trump se ha convertido en la parodia de las grandes producciones hollywoodenses que alguna vez fabricaron la imagen de la Casa Blanca como centro moral del planeta. Ya no vemos estadistas épicos tomando decisiones difíciles por el bien de la humanidad. Vemos una sátira involuntaria. Un remake barato. Una superproducción agotada donde el héroe envejeció, el guion se repite y los efectos especiales apenas alcanzan para ocultar la corrupción del decorado.
Estados Unidos no dejó de representar poder. Eso sería ingenuo. Pero Trump ha vuelto obsceno ese poder. Le quitó la música de John Williams, el plano heroico, la bandera en cámara lenta. Lo dejó ahí, bajo la luz blanca y cruel de la administración contemporánea: petróleo, deuda, frontera, vigilancia, resentimiento, espectáculo. El imperio ya no necesita salvar al mundo. Le basta con monetizar su ruina.
