Dra. Elsa Martínez Flores | La llamada Generación Alfa comprende generalmente a quienes nacieron entre 2010 y 2025. El término fue popularizado por el investigador social australiano Mark McCrindle.
El decidió usar la letra griega “alfa” porque, después de terminar el alfabeto latino con las generaciones X, Y y Z, comenzaría una nueva etapa simbólica. La idea no era solo cambiar de nombre, sino señalar que esta generación nace completamente inmersa en ecosistemas digitales y la inteligencia artificial.
A diferencia de la Generación Z (1997-2012), que vivió la transición hacia Internet y redes sociales, la Generación Alfa prácticamente no conoce un mundo sin conectividad constante. Muchos aprendieron antes a deslizar una pantalla que a escribir a mano.
Mientras algunos sectores consideran necesario restringir el acceso de niñas, niños y adolescentes a las redes sociales, otros señalan que el verdadero desafío consiste en transformar de manera profunda la forma en que se educa a una generación que se informa y socializa de manera distinta a las anteriores.
Hoy muchos integrantes de la Generación Alfa aprenden mediante videos, audios, contenidos interactivos o plataformas digitales. Algunos desarrollan habilidades multitarea desde edades tempranas y se desenvuelven con naturalidad en entornos mediados por algoritmos e inteligencia artificial.
Incluso la manera de jugar, entretenerse y relacionarse socialmente es distinta a la de generaciones anteriores. Para muchos menores, los videojuegos en línea, las plataformas digitales y los espacios virtuales representan también lugares de convivencia, interacción y construcción de identidad.
Esto obliga a replantear modelos educativos que todavía privilegian métodos homogéneos de enseñanza para estudiantes cuyas dinámicas cognitivas y tecnológicas han cambiado profundamente.
Sin embargo, reconocer las capacidades digitales de esta generación no significa ignorar los riesgos que existen dentro de los entornos virtuales. La hiperconectividad también ha incrementado la exposición de menores a fenómenos como la presencia de depredadores digitales que aprovechan el anonimato y la falta de supervisión en las plataformas.
Por ello, la discusión no debería reducirse únicamente a prohibir o restringir redes sociales, sino a construir una verdadera alfabetización digital tanto para los menores como para los propios adultos.
Muchos padres de familia pertenecen a generaciones que migraron al entorno digital, pero no necesariamente fueron educadas para comprender los riesgos, dinámicas y alcances de los algoritmos, la inteligencia artificial o la economía de datos.
La alfabetización digital del siglo XXI implica enseñar a identificar riesgos, proteger la privacidad, reconocer noticias falsas, comprender cómo funcionan las plataformas y desarrollar pensamiento crítico frente a los contenidos consumidos diariamente.
Del mismo modo, implica establecer límites claros sobre tiempos de uso, supervisión responsable y acompañamiento emocional dentro de los espacios digitales. Intentar desconectar a la Generación Alfa probablemente resulte imposible.
El verdadero reto consiste en formar ciudadanos digitales capaces de utilizar la tecnología con responsabilidad, criterio y seguridad, sin renunciar a las oportunidades educativas y de innovación que también ofrece el mundo digital.
