Rafael Salas Vázquez | En ejercicio de mi derecho como fundador de Morena, hace algunos días planteé públicamente la conveniencia de comenzar a explorar una tercera alternativa para la candidatura de nuestro movimiento al Gobierno de Tlaxcala. Lo hice convencido de que la situación política actual exige serenidad, reflexión y una visión estratégica de largo plazo.
Mi propuesta no surge de la indiferencia ni de la comodidad. Tampoco pretende desconocer las legítimas aspiraciones de quienes hoy participan en la contienda interna. Por el contrario, nace de la preocupación que genera observar cómo las posiciones se han endurecido hasta el punto de amenazar la unidad de un proyecto político que costó décadas construir.
Quiero ser categórico: en ningún momento he descartado que Ana Lilia Rivera o Alfonso Sánchez García puedan encabezar el futuro de Morena en Tlaxcala. Lo que he sostenido es algo distinto. Si cualquiera de ellos aspira legítimamente a gobernar el estado bajo las siglas de nuestro movimiento, primero debe demostrar capacidad para construir consensos, tender puentes entre distintos grupos y conducir una organización plural.
Hasta ahora, honestamente, no he observado esa disposición con la claridad que las circunstancias demandan.
La unidad no debe confundirse con sumisión. La justicia política no puede reducirse a la revancha. Y la actividad política no consiste en destruir al adversario interno para después pretender gobernar a toda una sociedad. Mi preocupación sigue siendo la misma: que Morena y Tlaxcala terminen pagando el precio de una confrontación que pudo haberse evitado mediante diálogo, responsabilidad y visión de Estado.
La reacción que provocó mi planteamiento confirmó buena parte de mis preocupaciones. Simpatizantes de ambos grupos respondieron con una intensidad que evidencia el nivel de polarización existente. Algunos lo hicieron de manera respetuosa; otros recurrieron a la descalificación inmediata. Sin embargo, casi todos terminaron confirmando el mismo fenómeno: la existencia de dos bloques cada vez más radicalizados, convencidos de que poseen la verdad absoluta y dispuestos a defender su posición a cualquier costo.
Cuando una organización política llega a ese punto, deja de debatir para comenzar a confrontarse. Y cuando la confrontación sustituye al diálogo, el proyecto colectivo suele convertirse en la principal víctima.
Para entender lo que ocurre hoy en Tlaxcala es necesario reconocer que esta disputa no nació ayer. Tiene raíces profundas y responde a una larga historia de alianzas, rupturas, acuerdos y desacuerdos entre distintos liderazgos del estado.
Por una parte, el grupo encabezado por Ana Lilia Rivera ha denunciado durante años haber sido marginado por el grupo gobernante. Muchos de sus simpatizantes consideran que fueron desplazados sistemáticamente de los espacios de decisión y que el aparato político terminó concentrándose alrededor de una sola corriente.
Por otra parte, quienes respaldan a Alfonso Sánchez García sostienen que cuentan con la legitimidad suficiente para encabezar la siguiente etapa del movimiento y consideran natural que la experiencia acumulada por su grupo político se traduzca en una oportunidad para gobernar.
Sin embargo, detrás de esta disputa existe una realidad que pocos quieren reconocer abiertamente: el conflicto actual trasciende a Ana Lilia y a Alfonso. En buena medida, estamos observando la prolongación de diferencias históricas entre grupos políticos que durante años han competido por la conducción del estado.
Esa es precisamente la razón por la que considero insuficiente analizar el debate únicamente desde las aspiraciones personales de los actores visibles. El problema es más profundo. Estamos frente a una disputa entre estructuras de poder que difícilmente parecen dispuestas a ceder terreno.
La situación se vuelve todavía más compleja si se considera el nuevo contexto político nacional. Durante años, la influencia de Andrés Manuel López Obrador fue determinante para ordenar, equilibrar o resolver conflictos internos dentro del movimiento. Hoy el escenario es distinto. México tiene una nueva Presidenta y una nueva correlación de fuerzas al interior de Morena.
Por ello resulta legítimo preguntarse cuál será el criterio que prevalecerá en la definición de las futuras candidaturas. ¿Continuarán vigentes los acuerdos construidos durante el liderazgo de López Obrador? ¿O asistimos a una nueva etapa donde emergerán dinámicas políticas distintas? La respuesta aún no es clara.
Lo que sí resulta evidente es que la confrontación interna en Tlaxcala se encuentra alcanzando niveles preocupantes.
Basta imaginar los escenarios posibles.
Si Ana Lilia Rivera obtuviera la candidatura, ¿podría garantizarse un respaldo sincero y entusiasta de quienes hoy impulsan a Alfonso Sánchez García? Y en sentido contrario, si Alfonso resultara favorecido, ¿existiría un apoyo genuino por parte de quienes respaldan a Ana Lilia?
Tengo serias dudas.
La experiencia política demuestra que cuando las heridas son demasiado profundas, las derrotas internas suelen generar fracturas que posteriormente se reflejan en las urnas. Los grupos inconformes rara vez desaparecen; simplemente buscan nuevas formas de expresar su inconformidad.
Precisamente por ello considero indispensable comenzar a valorar una alternativa diferente.
Imaginemos un escenario en el que la dirigencia nacional de Morena convoque a todos los actores relevantes, construya acuerdos y promueva una candidatura capaz de generar confianza en ambos sectores. Una figura que no sea percibida como patrimonio de un grupo específico, sino como una opción capaz de conciliar intereses y representar un proyecto superior.
No hablo de improvisar candidaturas ni de abrirle paso a oportunistas de ocasión. Hablo de encontrar un verdadero líder con consciencia social. Un liderazgo que conozca la administración pública, pero que también conozca las comunidades, los municipios y las necesidades reales de la población. Una persona que combine experiencia, sensibilidad social y visión estratégica.
Tlaxcala no necesita únicamente un administrador eficiente. Necesita un estadista.
Alguien que comprenda que el principal desafío del estado sigue siendo combatir la pobreza, ampliar las oportunidades de desarrollo y generar condiciones para que las nuevas generaciones encuentren razones para construir su futuro aquí. Recordemos, por el bien de todos, primero los pobres.
Resulta preocupante que gran parte del debate actual se concentre en quién ocupará el poder y no en qué se hará con él.
Escucho muchas descalificaciones, pero pocas propuestas.
Observo una intensa competencia por la candidatura, pero todavía no percibo una discusión seria sobre el modelo de desarrollo que requiere Tlaxcala para las próximas décadas.
Por ello me resisto a aceptar que la única decisión posible sea elegir entre dos proyectos cuya principal energía parece estar orientada a derrotarse mutuamente.
Los tlaxcaltecas merecemos más.
Merecemos liderazgos que inspiren, que convoquen, que unan y que presenten soluciones concretas a los problemas históricos del estado. Merecemos gobernantes que comprendan que el poder es un instrumento para transformar la realidad y no un fin en sí mismo.
Por eso reitero mi llamado.
A Ana Lilia Rivera y a Alfonso Sánchez García les pido que privilegien el diálogo sobre la confrontación. Todavía están a tiempo de demostrar la altura política que Tlaxcala necesita.
A los liderazgos históricos del estado les solicito permitir que nuevas generaciones participen libremente en la construcción del futuro. Ustedes han realizado aportaciones importantes a la vida pública tlaxcalteca, pero ninguna trayectoria política debe convertirse en un derecho permanente para definir el destino colectivo.
A la Gobernadora le corresponde garantizar condiciones de imparcialidad y permitir que la ciudadanía y la militancia ejerzan plenamente su libertad de decisión.
Y a la sociedad tlaxcalteca le corresponde exigir los mejores perfiles. Ese derecho no debe negociarse ni renunciarse. Morena fue creado para transformar la vida pública y no para reproducir las prácticas que durante décadas criticó.
Expreso estas reflexiones a título estrictamente personal, con absoluto respeto hacia todos los actores involucrados y con la preocupación genuina de quien participó en la construcción de este movimiento desde sus orígenes.
Mi interés no es favorecer a una persona sobre otra. Mi interés es evitar una fractura que podría tener consecuencias profundas para Morena y para Tlaxcala.
La historia demuestra que los proyectos políticos suelen debilitarse más por sus divisiones internas que por la fuerza de sus adversarios externos.
Todavía estamos a tiempo de evitar ese desenlace.
Todavía estamos a tiempo de privilegiar la sensatez sobre la pasión, el diálogo sobre la confrontación y el interés superior de Tlaxcala por encima de cualquier ambición personal.
Ojalá tengamos la inteligencia colectiva para hacerlo.
