Hoy es jueves 18 de junio de 2026 y la Selección Mexicana salta de nuevo a la cancha, esta vez para enfrentar a Corea. El ritual es el mismo de siempre: el país se paraliza, los comercios ponen pantallas, la cerveza corre y el gobierno en turno cruza los dedos esperando un triunfo que adormezca, aunque sea por noventa minutos, el ánimo colectivo. Al poder le fascina el fútbol; no hay mejor anestesia social que un balón rodando. Sin embargo, detrás del festejo y la pantalla, la realidad de este México y de este Tlaxcala nos sigue explotando en la cara de forma simultánea. Mientras la afición grita los goles, los bolsillos y la dignidad nacional sangran por heridas que la propaganda oficial ya no puede tapar.
Nos repiten hasta el cansancio que la economía «va requetebién», pero los datos duros terminan por desnudar la demagogia. La Comisión Nacional del Sistema de Ahorro para el Retiro (Consar) acaba de revelar una cifra que debería encender todas las alarmas: en lo que va del año, los retiros por desempleo en las Afores se dispararon un 21%, alcanzando un récord histórico que supera los 18 mil millones de pesos. Tan solo en el último mes, más de 173 mil trabajadores formales tuvieron que morder su propio ahorro del futuro para poder llevar comida a la mesa hoy. Que las administradoras que concentren la mayoría de estos retiros de emergencia sean Coppel y Azteca nos dice con total claridad que la crisis está asfixiando a la clase trabajadora. No hay empleo, no hay crecimiento; lo que hay es una desesperación silenciosa que condena a miles de mexicanos a una vejez desprotegida.
Pero el bofetón más seco de la semana no vino de la economía, sino de la televisión nacional. En el canal público Canal 11, durante el programa de Sabina Berman, la periodista británica Louise Callaghan soltó un misil que impactó directo en el despacho principal de Palacio de Gobierno en Tlaxcala. Tras realizar una investigación sobre el terreno, Callaghan denunció textualmente una «corrupción enorme con la Policía y con el Gobierno Estatal» en torno a la trata de personas con fines de explotación sexual. La propia Berman remató con una frase que resonó con la fuerza de una sentencia contra la gobernadora Lorena Cuéllar: “Le avisamos que sí existe y si no lo ve, mal, y si lo ve y lo cobija, peor”. El secreto a voces que por décadas ha marcado a nuestro estado fue expuesto, de nuevo, como una red de complicidad e indiferencia institucional.
La reacción del gobierno estatal fue predecible y patética: un comunicado apresurado de media cuartilla negándolo todo, descalificando la investigación y exigiendo un «derecho de réplica» que solo evidencia su cerrazón. Presumen comités, consejos y campañas de membrete como “Se Trata de Todas y Todos”, mientras esconden la cabeza ante los datos de la ENVIPE del INEGI —la encuesta nacional donde el instituto va directamente a los hogares a preguntar a los ciudadanos la realidad de la seguridad, dejando de lado los números alegres de las oficinas de gobierno—. Esta medición de criterios reales revela que la cifra negra en Tlaxcala es del 92.7%. ¿Qué significa esto en cristiano? Que de cada 100 delitos que realmente se cometen en el estado, casi 93 nunca se denuncian o la autoridad prefiere ignorarlos. El gobierno del estado se para el cuello presumiendo que las carpetas de investigación por trata son muy bajas, pero la realidad es que el sistema está diseñado para que las víctimas callen por miedo o para que las fiscalías les maquillen el delito como simple “violencia familiar” o “estupro” con tal de no arruinar la fachada turística.
Hasta la propia Comisión Estatal de Derechos Humanos, en un posicionamiento tibio pero inevitable, tuvo que salir a darle la razón al periodismo al señalar que es urgente reconocer y redoblar esfuerzos, validando indirectamente que lo que el gobierno presume en sus informes no es más que una simulación.
Mañana, cuando se analice el partido contra Corea, muchos querrán que solo se hable de tácticas y jugadas. Pero quienes tenemos que salir a corretear la chuleta día con día, viendo el partido de reojo en el celular o en una pantalla pública mientras trabajamos, sabemos que el marcador real se juega en otra parte. Nos emociona el Mundial, claro que sí, pero un gol no va a crear los empleos que el país necesita, ni va a devolverle el dinero a las Afores, ni mucho menos va a limpiar la complicidad de un gobierno que prefiere voltear la cara ante el infierno de la trata en Tlaxcala. Perdonen si soy inoportuno, pero mientras el balón rueda, nuestro entorno sigue crujiendo. Disfruten el partido, pero que la fiesta no nos vuelva ciegos ante la podredumbre.
