La Bestia Política

El Arca… El domingo que Morena se partió en dos.

Hay fotografías que explican más que cien discursos. Y la de este domingo en Tlaxcala es una de ellas.

Guillermo Herrera// Mientras un contingente respaldaba el evento encabezado por la gobernadora Lorena Cuéllar y el aparato gubernamental se movilizaba para mostrar músculo político alrededor de quien es considerado su principal apuesta sucesoria, Alfonso Sánchez García, a pocos kilómetros de distancia la senadora Ana Lilia Rivera reunía a su propia estructura política en un acto que pretendía ser un informe legislativo, pero que terminó convertido en una demostración de fuerza interna.

Lo que ocurrió no fue una coincidencia de agendas. Fue la evidencia pública de una disputa que desde hace meses se desarrolla detrás de los muros de Morena y que hoy parece haber llegado a un punto de difícil reconciliación. Dos eventos, dos grupos, dos narrativas y dos proyectos que compiten por el mismo objetivo: la candidatura al gobierno de Tlaxcala en 2027.

Las acusaciones que circularon durante la jornada revelan la profundidad de la confrontación. Simpatizantes de Ana Lilia Rivera denunciaron en redes sociales presuntas presiones contra transportistas para impedir el traslado de asistentes a su evento. Del otro lado, operadores cercanos al gobierno estatal impulsaron una movilización masiva que fue interpretada por diversos sectores como un intento por opacar políticamente a la senadora. Más allá de que estas acusaciones deban probarse, lo verdaderamente relevante es que ambas facciones ya se perciben mutuamente como adversarios políticos y no como compañeros de partido.

La escena resulta particularmente delicada porque ocurre en un momento en el que la dirigencia nacional de Morena ha insistido en evitar actos anticipados de campaña, propaganda personalizada y movilizaciones que puedan interpretarse como promoción rumbo al 2027. Sin embargo, Tlaxcala parece haberse convertido en la excepción. Bardas, espectaculares, eventos multitudinarios, giras permanentes y estructuras territoriales operando con intensidad muestran que la sucesión comenzó mucho antes de lo que el discurso oficial reconoce.

La consecuencia política es evidente. Mientras Morena nacional intenta proyectar unidad de cara a los próximos procesos electorales, en Tlaxcala la fotografía es exactamente la contraria. El partido aparece dividido en bloques que han colocado sus intereses particulares por encima de la cohesión interna. Cada demostración de fuerza genera una respuesta del grupo contrario. Cada evento se convierte en una competencia. Cada declaración alimenta nuevas tensiones.

Y ahí radica el verdadero riesgo.

La historia política mexicana demuestra que los partidos no suelen perder el poder cuando la oposición crece; lo pierden cuando sus propias divisiones internas se vuelven inmanejables. Le ocurrió al PRI en múltiples estados. Le ocurrió al PRD en sus bastiones históricos. Y podría ocurrirle a Morena si la confrontación interna continúa escalando sin control.

Porque lo que vimos este domingo no fue una celebración de la soberanía, ni un ejercicio legislativo ordinario. Fue la fotografía más clara hasta ahora de una disputa por el poder que amenaza con fracturar al partido gobernante en Tlaxcala.

La moneda sigue en el aire. Morena continúa siendo una fuerza competitiva en el estado. Pero también es cierto que las señales de desgaste, las pugnas entre grupos y las campañas adelantadas están erosionando la narrativa de unidad que durante años fue uno de sus principales activos políticos.

Lo cierto es que, después de este domingo, la división dejó de ser una percepción mediática para convertirse en una realidad política visible para todos los tlaxcaltecas. Y si algo dejó claro esta confrontación es que los dos grupos que hoy se disputan el control de Morena se han convertido, paradójicamente, en los principales obstáculos para la unidad que el partido necesita rumbo al 2027.

La dirigencia nacional podrá ignorar muchas señales, pero difícilmente podrá ignorar una fractura que se desarrolla a plena luz del día. Por ello, más que una alternativa, la búsqueda de una tercera ruta se perfila como la única salida viable para evitar que la disputa termine consumiendo al propio movimiento. Cuando los proyectos que aspiran a encabezar una candidatura generan más división que cohesión, dejan de ser solución para convertirse en problema.

En política, la candidatura no siempre recae en quien más ruido hace ni en quien más espectaculares coloca, sino en quien garantiza estabilidad, gobernabilidad y unidad. Y bajo esa lógica, el gran desafío de Morena ya no parece ser decidir entre los grupos en disputa, sino encontrar una figura capaz de reconciliar al partido después de los daños que ambos han provocado. Porque si algo quedó demostrado este domingo, es que la verdadera batalla por Tlaxcala ya no está afuera de Morena: está dentro de Morena. Y para ganar el 2027, primero tendrá que sobrevivir a sí mismo.

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