La Bestia Política

Entre ruinas y algoritmos | Naza. Reconocer, acreditar o desmentir lo humano.

Por Arturo J. Martín | En un mundo ideal, quizá no tendríamos que estar recomendando asistir a las salas de cine para ver NAZA. Y, sin embargo, en las pocas salas que se atreven a proyectarla, el simple acto de ocupar una butaca adquiere una dimensión política: romper, aunque sea momentáneamente, el cerco mediático que administra lo visible, jerarquiza el sufrimiento y determina qué vidas merecen nuestra atención.

NAZA (2026), documental dirigido por Yuval Abraham y Rachel Szor, reconstruye, mediante los testimonios de 24 integrantes del ejército y los servicios de inteligencia israelíes, los mecanismos de vigilancia, identificación de objetivos y autorización de ataques que han acompañado la devastación de Gaza desde octubre de 2023. Su título remite a una expresión militar utilizada para referirse a los llamados «daños colaterales»: esa operación lingüística mediante la cual la muerte de civiles deja de representar una tragedia humana para convertirse en una variable susceptible de cálculo.

En un mundo ideal, insisto, no tendríamos por qué estar invitando a presenciar un documental sobre uno de los mayores horrores humanitarios de nuestro tiempo. Mucho menos uno en el que la inteligencia artificial aparece integrada en los procedimientos que permiten clasificar, vigilar y convertir seres humanos en posibles objetivos militares.

Hay algo profundamente perturbador en NAZA que me remite inevitablemente a The Zone of Interest (Jonathan Glazer, 2023). En aquella película, una familia alemana disfruta de las pequeñas satisfacciones de la vida burguesa mientras, al otro lado del muro de su jardín, funciona la maquinaria de exterminio de Auschwitz. El horror no necesita ocupar el centro de la imagen. Basta con saber que ocurre a unos cuantos metros, mientras alguien riega las flores, prepara la cena o se preocupa por el futuro de sus hijos.

En NAZA, esa misma disociación adquiere una dimensión tecnológica particularmente siniestra. Ya no se trata únicamente de la proximidad espacial entre la normalidad y el exterminio, sino de su convivencia dentro de una misma rutina laboral. Alguien puede salir a comer con sus amigos, regresar a casa, estudiar psicología, preocuparse por sus relaciones sentimentales y presentarse puntualmente al día siguiente en una oficina de inteligencia para participar, mediante una pantalla, en decisiones que terminan con la vida de personas a las que nunca conocerá.

En ese universo aparece Lavender, el sistema de análisis de datos utilizado por la inteligencia militar israelí y señalado por investigaciones periodísticas y testimonios como parte de los procedimientos de identificación de presuntos militantes palestinos. Aunque las autoridades israelíes niegan que el sistema determine autónomamente los objetivos de ataque, las revelaciones plantean una pregunta mucho más inquietante: ¿qué ocurre cuando la decisión humana de matar comienza a organizarse alrededor de clasificaciones producidas algorítmicamente?

La distancia entre quien pulsa un botón y quien muere al otro lado de la pantalla no es únicamente geográfica. Es, sobre todo, moral, burocrática y tecnológica. La responsabilidad se distribuye entre bases de datos, protocolos, superiores jerárquicos y sistemas de clasificación hasta volverse casi imperceptible. Nadie necesita reconocerse como verdugo cuando puede describirse como un simple operador que cumple eficientemente su trabajo.

Hannah Arendt probablemente reconocería algo de aquella banalidad del mal, ahora revestida de interfaces, modelos predictivos y procedimientos de validación. No porque las máquinas hayan sustituido la responsabilidad humana, sino porque ofrecen nuevas posibilidades para administrarla, diluirla y desplazarla.

Y aquí aparece una última incomodidad.

Guardando todas las proporciones —porque sería moralmente inadmisible equiparar una evaluación escolar con el asesinato de civiles—, estamos incorporando herramientas semejantes de clasificación algorítmica a nuestra vida cotidiana. Utilizamos inteligencia artificial para sospechar que un escritor no escribió realmente sus palabras, que un estudiante no es suficientemente autor de sus ideas o que determinado individuo constituye una amenaza por sus vínculos, desplazamientos o patrones de comportamiento.

La escala de las consecuencias es radicalmente distinta. La lógica clasificatoria, sin embargo, merece ser interrogada: delegamos en sistemas técnicos una parte creciente de nuestra capacidad para reconocer, acreditar o desmentir lo humano.

Quizá esa sea una de las paradojas más oscuras de nuestra época. Hemos construido tecnologías a partir de nuestras propias representaciones del mundo y ahora recurrimos a ellas para determinar quién merece confianza, quién resulta sospechoso, quién pertenece y quién debe ser excluido.

La inteligencia artificial no necesita desarrollar una voluntad propia para participar en el horror. Le basta con ejecutar, a una velocidad y una escala antes inimaginables, las categorías que nosotros mismos hemos elaborado sobre los otros.

Al final, NAZA no nos enfrenta solamente con aquello que ocurre en Gaza. Nos enfrenta con una pregunta todavía más incómoda: ¿qué clase de humanidad estamos produciendo cuando nuestras propias herramientas comienzan a participar en la definición, clasificación y eventual eliminación de quienes no encajan en nuestros discursos sobre lo humano?

Mientras tanto, en algún lugar, alguien termina su jornada laboral, apaga la computadora, sale a cenar con sus amigos y vuelve a casa.

Al otro lado de la pantalla, alguien ya no existe.

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