Dra. Elsa Martínez Flores | ¿Quién imaginaría que un refrigerador podría convertirse en un instrumento de sabotaje? En varios países europeos, supermercados descubrieron que sus sistemas de refrigeración habían sido intervenidos por hackers, quienes alteraron las temperaturas hasta provocar que toneladas de alimentos tuvieran que desecharse.
Lo que parece una historia insólita revela algo mucho más preocupante: nuestra vida cotidiana depende cada vez más de dispositivos conectados que no siempre están protegidos. El problema no es solamente que alguien pueda entrar a una computadora o robar información bancaria.
Hoy también puede intervenir sistemas que controlan alimentos, servicios, comunicaciones e infraestructura. La tecnología nos facilita la vida, pero también abre puertas que pueden ser aprovechadas por personas con conocimientos suficientes para causar daños. Y aquí hay una diferencia importante: no fue necesario que interviniera una inteligencia artificial para provocar estos incidentes.
En otras ocasiones en esta columna hemos hablado de las advertencias de especialistas sobre la posibilidad de que la inteligencia artificial llegue a representar un riesgo para la humanidad, incluso por su utilización en conflictos militares.
Pero una cosa no contradice la otra. La IA es una herramienta, y el riesgo también está en quienes la desarrollan, la programan, la alimentan y deciden cómo utilizarla. No podemos atribuirle a una tecnología todas las consecuencias de las decisiones humanas.
El asunto adquiere otra dimensión cuando observamos quién desarrolla y controla la infraestructura tecnológica qe utilizamos. China, por ejemplo, ha ampliado su presencia en el mercado mexicano mediante empresas como Huawei, que desde hace años participa en sectores de telecomunicaciones, servicios digitales y soluciones de infraestructura.
En mayo de 2026, incluso, la Secretaría Anticorrupción y Buen Gobierno a nivel federal firmó un convenio de colaboración con esta compañía para impulsar habilidades digitales. No se trata de afirmar que exista una amenaza, sino de preguntarnos qué criterios de seguridad y supervisión acompañan estas relaciones.
Mientras algunos países mantienen restricciones o revisiones sobre determinados proveedores tecnológicos, México enfrenta el desafío de definir sus propios criterios. La discusión no tendría que reducirse a si una empresa es china, estadounidense o europea, sino a qué información puede manejar, quién tiene acceso a ella, cómo se protege y qué garantías existen frente a posibles vulnerabilidades.
La nacionalidad de una empresa no sustituye la necesidad de una evaluación técnica y de seguridad. Hay algo que tampoco debemos perder de vista: los algoritmos y las plataformas conocen nuestros hábitos porque nosotros mismos les proporcionamos información todos los días.
Pero también necesitamos preguntarnos cuánto sabemos de quienes diseñan esos sistemas, establecen sus reglas y administran la infraestructura que sostiene nuestra vida digital. Existe una asimetría: la tecnología puede saber mucho de nosotros, mientras nosotros sabemos muy poco de cómo funciona y quién tiene capacidad para intervenirla.
Quizá el verdadero desafío de esta época no sea detener el avance tecnológico, sino dejar de utilizarlo sin cuestionar sus condiciones de seguridad y control. Porque un refrigerador puede parecer un aparato inofensivo, una aplicación una herramienta cotidiana y la inteligencia artificial una innovación extraordinaria.
Sin embargo, detrás de cada una hay decisiones humanas, intereses económicos y capacidades de intervención. La pregunta ya no es solamente hasta dónde llegará la tecnología, sino quién tendrá el poder de utilizarla y qué tan preparados estaremos para enfrentar sus consecuencias.
