{"id":87511,"date":"2026-09-30T13:09:52","date_gmt":"2026-09-30T19:09:52","guid":{"rendered":"https:\/\/labestiapolitica.com.mx\/?p=87511"},"modified":"2026-09-30T13:09:52","modified_gmt":"2026-09-30T19:09:52","slug":"la-ley-antimemes-es-un-meme","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/labestiapolitica.com.mx\/?p=87511","title":{"rendered":"La ley antimemes es un meme"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify;\">Por Arturo J. Mart\u00edn<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Cuando Richard Dawkins introdujo el t\u00e9rmino meme en The Selfish Gene, en 1976, buscaba una palabra para describir unidades culturales capaces de transmitirse mediante imitaci\u00f3n. Una melod\u00eda, una creencia, una moda; algo pasa de una mente a otra, se modifica durante el trayecto y, si encuentra condiciones favorables, contin\u00faa reproduci\u00e9ndose. Cincuenta a\u00f1os despu\u00e9s, M\u00e9xico produjo involuntariamente un ejemplo casi did\u00e1ctico: la llamada Ley Antimemes.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El primer problema es bastante sencillo y deber\u00eda decirse sin rodeos: la Ley Antimemes no existe. No existe una legislaci\u00f3n mexicana con ese nombre, tampoco una disposici\u00f3n que establezca de manera general que hacer memes sobre pol\u00edticos o instituciones gubernamentales sea delito. Lo que existe es una reforma legislativa con disposiciones sobre identidad gr\u00e1fica institucional, falsificaci\u00f3n, enga\u00f1o y sanciones; existe tambi\u00e9n un art\u00edculo 403 Bis cuya redacci\u00f3n merece discusi\u00f3n, particularmente por las preguntas que puede suscitar respecto de sus alcances y de la libertad de expresi\u00f3n.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\nEntre ambas cosas hay una distancia considerable. Sin embargo, esa distancia desapareci\u00f3 durante la circulaci\u00f3n digital. El razonamiento fue aproximadamente \u00e9ste: existe una reforma que contempla sanciones relacionadas con determinados usos de identidad gr\u00e1fica institucional; algunas interpretaciones se\u00f1alaron posibles riesgos para expresiones sat\u00edricas; esa preocupaci\u00f3n se condens\u00f3 hasta producir una formulaci\u00f3n mucho m\u00e1s eficaz: \u00abpodr\u00edan encarcelarte por hacer memes\u00bb. Finalmente apareci\u00f3 el nombre que ordenaba toda la historia: Ley Antimemes.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\nNo estamos exactamente ante una mentira. Eso ser\u00eda demasiado sencillo. Estamos ante un dispositivo narrativo construido a partir de elementos parcialmente ciertos, reorganizados de tal manera que producen una conclusi\u00f3n que el texto jur\u00eddico, por s\u00ed mismo, no sostiene. Hay reforma, hay sanciones y existe una discusi\u00f3n leg\u00edtima sobre sus l\u00edmites; lo que no existe es la ley que la narraci\u00f3n termin\u00f3 construyendo. Precisamente por eso funciona tan bien. Las mejores simplificaciones pol\u00edticas rara vez parten de cero.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\nLa Ley Antimemes posee entonces una existencia extra\u00f1a: jur\u00eddicamente es inexistente, comunicativamente es real. Tiene nombre, adversarios, v\u00edctimas, im\u00e1genes, publicaciones y personas discutiendo apasionadamente sobre ella. Incluso obliga a pol\u00edticos y periodistas a desmentir o explicar algo que formalmente nunca existi\u00f3. En t\u00e9rminos bastante elementales, la comunicaci\u00f3n produjo el objeto sobre el cual despu\u00e9s continu\u00f3 comunic\u00e1ndose.<br \/>\nDawkins habr\u00eda reconocido a la criatura.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\nEl proceso resulta comprensible. Un texto legislativo relativamente complejo entra en un ecosistema donde debe competir por algunos segundos de atenci\u00f3n; durante el trayecto pierde condiciones, excepciones y matices, conserva aquello que puede reproducirse y finalmente sale convertido en dos palabras. Leer un dictamen exige tiempo, comprender sus consecuencias requiere todav\u00eda m\u00e1s; indignarse necesita segundos. No hace falta atribuir estupidez a nadie. La arquitectura selecciona, y nosotros hemos aprendido a vivir dentro de esa selecci\u00f3n.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\nDurante a\u00f1os pensamos que disponer de m\u00e1s informaci\u00f3n nos volver\u00eda personas mejor informadas. Era una idea razonable y, como muchas ideas razonables, result\u00f3 parcialmente falsa. Nunca hab\u00edamos llevado tantas bibliotecas en el bolsillo; tampoco hab\u00edamos pasado tantas horas deslizando el dedo sobre videos de quince segundos. Ahora una reforma legislativa debe competir, en la misma pantalla, con guerras, gatos, abdominales y hombres que anuncian desde un autom\u00f3vil la destrucci\u00f3n definitiva de Occidente.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\nEn ese ambiente ciertas derechas radicales encontraron un territorio especialmente f\u00e9rtil. No inventaron el meme, tampoco el resentimiento; ambos preceden ampliamente a internet. Pero determinados movimientos comprendieron las posibilidades pol\u00edticas de una comunicaci\u00f3n basada en simplificaci\u00f3n, iron\u00eda, antagonismo y reapropiaci\u00f3n. No siempre hace falta comenzar con una doctrina. Puede comenzarse con una frase suficientemente eficaz.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\nLa llamada Ley Antimemes posee exactamente esa estructura. Hay un poder que censura y una ciudadan\u00eda censurada; hay libertad de un lado y Estado del otro. Una discusi\u00f3n jur\u00eddicamente inc\u00f3moda queda reorganizada como relato moral perfectamente inteligible. El mecanismo no necesita falsificar todos los hechos; le basta con seleccionar algunos, eliminar otros y establecer de antemano la relaci\u00f3n entre ellos. El usuario recibe entonces algo mucho m\u00e1s c\u00f3modo que informaci\u00f3n: recibe una historia.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\nAqu\u00ed Bajt\u00edn resulta m\u00e1s \u00fatil que muchos manuales sobre desinformaci\u00f3n. Los signos circulan, son apropiados y regresan con otro acento. Una reforma sobre determinados usos de identidad institucional entra al espacio digital y vuelve convertida en \u00abel gobierno quiere prohibir los memes\u00bb. El referente permanece reconocible, pero su significado ha cambiado. No estamos simplemente ante informaci\u00f3n falsa; estamos ante una reacentuaci\u00f3n pol\u00edtica de acontecimientos parcialmente verdaderos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\nEsto ayuda tambi\u00e9n a comprender una parte de las culturas digitales de ultraderecha. Su eficacia no puede reducirse a difundir noticias falsas. Ser\u00eda intelectualmente c\u00f3modo. Resulta m\u00e1s importante observar su capacidad para construir marcos dentro de los cuales acontecimientos distintos comienzan a confirmar una misma narraci\u00f3n: nos censuran, nos sustituyen, nos enga\u00f1an, nos est\u00e1n quitando algo. Despu\u00e9s cada nuevo acontecimiento puede insertarse en la estructura sin demasiadas dificultades.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\nEl algoritmo tampoco necesita compartir semejante visi\u00f3n del mundo. Para eso tendr\u00eda que creer en algo. Simplemente optimiza. Puede recomendarnos nacionalismo, cosm\u00e9ticos, conspiraciones y una campa\u00f1a contra la desinformaci\u00f3n durante la misma hora; no percibe contradicci\u00f3n, percibe actividad. Nosotros proporcionamos la emoci\u00f3n. La plataforma contabiliza segundos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\nPor eso la Ley Antimemes constituye un objeto particularmente revelador. No existe como ley y, sin embargo, consigui\u00f3 producir efectos comunicativos reales. Fue nombrada, denunciada, defendida, caricaturizada. La inexistencia jur\u00eddica dej\u00f3 de importar porque hab\u00eda adquirido existencia narrativa.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\nY aqu\u00ed aparece el problema que realmente me interesa. Los memes no son solamente objetos humor\u00edsticos; pueden funcionar como peque\u00f1as tecnolog\u00edas de subjetivaci\u00f3n. No determinan nuestras ideas, pero participan en la producci\u00f3n reiterada de marcos: esto merece risa, aquello indignaci\u00f3n; \u00e9ste pertenece a nosotros, aquel pertenece a ellos. Despu\u00e9s de miles de horas frente a interfaces que exigen reconocimiento inmediato, ser\u00eda extra\u00f1o que nuestra percepci\u00f3n permaneciera completamente intacta.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\nLa disputa pol\u00edtica digital ocurre entonces un poco antes de donde acostumbramos buscarla. No solamente en qu\u00e9 pensamos, sino en las condiciones mediante las cuales aprendemos c\u00f3mo interpretar aquello que aparece frente a nosotros. La ultraderecha disputa ese territorio, las izquierdas tambi\u00e9n; el Estado intenta regular algunas fronteras y las plataformas convierten el conflicto entero en interacci\u00f3n monetizable. Incluso nuestras guerras culturales producen m\u00e9tricas. El capitalismo tard\u00edo posee ese tipo de sentido del humor.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\nDentro de algunos a\u00f1os quiz\u00e1 nadie recuerde qu\u00e9 dec\u00eda exactamente el art\u00edculo 403 Bis. Ley Antimemes, en cambio, podr\u00eda sobrevivir; habr\u00e1 perdido casi toda relaci\u00f3n con las condiciones jur\u00eddicas que la originaron y conservar\u00e1 aquello que necesitaba para reproducirse: un nombre, un conflicto, una amenaza.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\nEs dif\u00edcil imaginar un desenlace m\u00e1s apropiado.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por Arturo J. Mart\u00edn Cuando Richard Dawkins introdujo el t\u00e9rmino meme en The Selfish Gene, en 1976, buscaba una palabra para describir unidades culturales capaces de transmitirse mediante imitaci\u00f3n. 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