{"id":88869,"date":"2026-10-13T11:09:16","date_gmt":"2026-10-13T17:09:16","guid":{"rendered":"https:\/\/labestiapolitica.com.mx\/?p=88869"},"modified":"2026-10-13T11:09:16","modified_gmt":"2026-10-13T17:09:16","slug":"entre-ruinas-y-algoritmos-no-vacancy","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/labestiapolitica.com.mx\/?p=88869","title":{"rendered":"Entre ruinas y algoritmos | No Vacancy."},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify;\">Halloween III, Palantir y el horror de una humanidad que ya no puede esconderse<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Hay algo m\u00e1s aterrador que descubrir que alguien nos observa desde el otro lado de la pared: descubrir que ya no necesita hacerlo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><em><strong>Por Arturo J. Mart\u00edn<\/strong><\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Durante d\u00e9cadas, Hollywood nos convenci\u00f3 de que la civilizaci\u00f3n estadounidense terminaba en alg\u00fan motel de carretera. Un estacionamiento vac\u00edo, una m\u00e1quina de refrescos, una recepcionista insomne y habitaciones donde pod\u00edan consumarse los actos m\u00e1s miserables de la condici\u00f3n humana. El adulterio, el asesinato, el amor; ocasionalmente los tres durante una misma noche. El motel ofrec\u00eda una libertad precaria, pero suficiente para escapar provisionalmente de nuestra identidad. Bastaba con pagar en efectivo, cerrar la puerta y desaparecer a la ma\u00f1ana siguiente.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Bajt\u00edn habr\u00eda reconocido all\u00ed una derivaci\u00f3n del cronotopo del camino: el lugar donde el desplazamiento se interrumpe y lo improbable encuentra condiciones para suceder. Hitchcock lo comprendi\u00f3 en Psycho (1960). Marion Crane crey\u00f3 encontrar refugio en el Bates Motel, ignorando que Norman la observaba desde una peque\u00f1a abertura en la pared. La intimidad nunca estuvo garantizada. Sin embargo, el voyeurismo todav\u00eda exig\u00eda cierta proximidad f\u00edsica. El monstruo necesitaba esconderse. Eran tiempos relativamente inocentes.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">En 1982, Halloween III: Season of the Witch llev\u00f3 aquella premisa hacia un territorio bastante m\u00e1s escabroso. Una peque\u00f1a localidad, Santa Mira, vive bajo la influencia de Silver Shamrock, una empresa que fabrica m\u00e1scaras infantiles. Su propietario, Conal Cochran, combina fragmentos de Stonehenge, microchips y publicidad televisiva para organizar un sacrificio masivo durante Halloween. Brujer\u00eda celta, capitalismo industrial y ni\u00f1os convertidos en incubadoras de insectos. Una estupidez maravillosa. O quiz\u00e1 una representaci\u00f3n anticipada de algo que apenas comenz\u00e1bamos a comprender.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Cochran no necesitaba perseguir a sus v\u00edctimas. Los ni\u00f1os deseaban las m\u00e1scaras, sus padres las compraban y la televisi\u00f3n convocaba voluntariamente a todos frente al dispositivo que terminar\u00eda destruy\u00e9ndolos. El consumidor financiaba su propio sacrificio. La m\u00e1scara, concebida para ocultar una identidad, terminaba anul\u00e1ndola. Y la f\u00e1brica, aparentemente dedicada a producir mercanc\u00edas, constitu\u00eda una infraestructura de control cuya verdadera finalidad permanec\u00eda oculta.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Cuarenta y cuatro a\u00f1os despu\u00e9s, resulta dif\u00edcil no encontrar en aquella ficci\u00f3n una analog\u00eda perturbadora con determinadas tecnolog\u00edas contempor\u00e1neas de vigilancia y an\u00e1lisis de datos. Palantir, por ejemplo, desarrolla plataformas que permiten integrar informaci\u00f3n, establecer relaciones entre registros y apoyar decisiones institucionales. No hay equivalencia literal entre sus sistemas y los mecanismos homicidas de Silver Shamrock. Pero la comparaci\u00f3n permite formular una pregunta menos extravagante: \u00bfqu\u00e9 ocurre cuando nuestra existencia resulta progresivamente representable mediante informaci\u00f3n que otros pueden reunir, clasificar e interpretar?<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Foucault nos ense\u00f1\u00f3 que el poder no necesita manifestarse permanentemente mediante la violencia. Luhmann, por su parte, permite comprender que toda observaci\u00f3n depende de distinciones que organizan lo visible y lo invisible. El problema comienza cuando esas representaciones adquieren suficiente autoridad para intervenir sobre las personas. Un ciudadano convertido en expediente, un trabajador reducido a indicadores, un estudiante definido mediante puntuaciones. La clasificaci\u00f3n no equivale al conocimiento del sujeto; sin embargo, puede terminar condicionando sus posibilidades de existencia.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Y aqu\u00ed el motel cinematogr\u00e1fico experimenta su transformaci\u00f3n m\u00e1s inquietante. Antes representaba una interrupci\u00f3n del tiempo biogr\u00e1fico, un par\u00e9ntesis donde pod\u00edamos abandonar provisionalmente nuestras pertenencias. Hoy, nuestros desplazamientos pueden producir registros que sobreviven a nuestra presencia f\u00edsica. La habitaci\u00f3n conserva sus paredes, pero ya no garantiza la interrupci\u00f3n de las relaciones digitales que nos acompa\u00f1an. Podr\u00edamos llamarlo el cronotopo de la trazabilidad: una organizaci\u00f3n del tiempo y el espacio donde marcharse no significa necesariamente desaparecer.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Cronenberg imagin\u00f3 algo semejante en Videodrome (1983), cuando la se\u00f1al televisiva comenz\u00f3 a intervenir sobre la carne. D\u00e9cadas despu\u00e9s, Cam (2018) mostr\u00f3 una subjetividad digital capaz de continuar actuando independientemente del cuerpo que la hab\u00eda producido. En ambas, como en Halloween III, la tecnolog\u00eda deja de ser un instrumento exterior al individuo. Participa en la producci\u00f3n de aquello que creemos ser.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Lo verdaderamente ominoso no es imaginar una conspiraci\u00f3n centralizada, con un Cochran administrando secretamente nuestras vidas. Eso ser\u00eda demasiado tranquilizador. Bastar\u00eda con encontrarlo y destruir su f\u00e1brica. El horror contempor\u00e1neo parece m\u00e1s impersonal: organizaciones, plataformas y procedimientos que producen efectos sobre individuos a quienes nunca necesitaron conocer personalmente. No hace falta que alguien nos odie. En determinadas circunstancias, basta con que una operaci\u00f3n contin\u00fae ejecut\u00e1ndose.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El desenlace de Halloween III conserva por ello una actualidad perturbadora. Challis consigue destruir la f\u00e1brica, pero descubre que el anuncio todav\u00eda se transmite. Llama desesperadamente a las cadenas televisivas. Algunas interrumpen la se\u00f1al. Otra contin\u00faa. El protagonista grita. La pel\u00edcula termina.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La amenaza ha sobrevivido a su creador.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Quiz\u00e1 Lovecraft habr\u00eda encontrado cierta satisfacci\u00f3n ante semejante escenario. Despu\u00e9s de siglos combatiendo supersticiones, comenzamos a depositar una confianza casi oracular en sistemas que nosotros mismos construimos. Confundimos correlaciones con explicaciones, clasificaciones con identidades y predicciones con destinos. Los antiguos dioses han sido reemplazados por arquitecturas de datos. No necesitamos atribuirles conciencia para que sus efectos resulten inquietantes.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">A veces extra\u00f1o aquellos moteles cinematogr\u00e1ficos. Sus peligros eran bastante concretos. Una cerradura defectuosa, una c\u00e1mara escondida, un propietario perturbado. Pod\u00edamos subir al autom\u00f3vil y escapar por la carretera.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Hoy seguimos viajando. Reservamos habitaciones, compartimos fotograf\u00edas, registramos desplazamientos y entregamos peque\u00f1os fragmentos de nuestra existencia a sistemas cuya operaci\u00f3n apenas comprendemos. La mayor\u00eda de las veces, nada extraordinario sucede. Precisamente por eso el mecanismo resulta tan dif\u00edcil de advertir.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Norman Bates necesitaba una abertura en la pared.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>Cochran, una se\u00f1al televisiva.<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Nosotros llevamos el dispositivo en el bolsillo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Y acaso lo m\u00e1s perturbador sea que, cuando alguien nos pregunte por qu\u00e9 seguimos utiliz\u00e1ndolo, responderemos que nos hace la vida m\u00e1s sencilla.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>No Vacancy.<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El horror del siglo XX consist\u00eda en descubrir que alguien hab\u00eda entrado en nuestra habitaci\u00f3n. El del XXI, en sospechar que nunca conseguimos abandonarla.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Halloween III, Palantir y el horror de una humanidad que ya no puede esconderse Hay algo m\u00e1s aterrador que descubrir que alguien nos observa desde el otro lado de la pared: descubrir que ya no necesita hacerlo. Por Arturo J. 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