La operación cicatriz en Morena sigue sin consolidarse.

Todavía no está claro si el equipo de la gobernadora Lorena Cuéllar y el grupo de Ana Lilia Rivera lograrán transitar juntos la nueva etapa del partido. Lo que ahora comienza a conocerse es que, de acuerdo con versiones surgidas de los acercamientos internos, ambas, Lorena y Ana Lilia sostuvieron una reunión al menos dos semanas antes de la designación de Rivera como coordinadora estatal.

La intención era simple: acordar que, independientemente del resultado, prevalecerían los compromisos políticos y el respeto entre los grupos. Sin embargo, las resistencias que aún persisten dentro del Lorenismo muestran que una cosa es alcanzar acuerdos en vísperas de una decisión y otra muy distinta respetarlos cuando el desenlace favorece a otra corriente.

La fotografía de unidad tampoco termina de construirse con Alfonso Sánchez García. Según las mismas versiones, el encuentro con Ana Lilia Rivera podría concretarse esta semana, siempre que no surjan nuevos ajustes de última hora.

En los corrillos morenistas se comenta que sobre la mesa estaría la posibilidad de respaldar una candidatura de unidad para que el alcalde capitalino con licencia busque la reelección en el municipio de Tlaxcala, la cual ya se tendría que haber dado hace semanas,  opción que no habría prosperado por desacuerdos relacionados con los espacios para su equipo político, los cuales según no eran suficientes.

La disputa por la unidad parece avanzar más lento que la disputa por los espacios.

Dentro de las conversaciones también aparece otra alternativa: la posible designación de un delegado con funciones de presidente estatal que sirva como puente entre las distintas corrientes de Morena en Tlaxcala.

Quienes impulsan esa versión hablan de un perfil conocido en la política local, habituado al debate público y con capacidad para darle dinamismo a una dirigencia estatal que hoy luce rebasada por las tensiones internas. La única pista que dejan quienes alimentan esta versión es que se trata de alguien acostumbrado a dialogar y confrontar ideas frente a medios y reporteros.

Por ahora no pasa de ser una especulación. Sin embargo, su sola circulación refleja la dimensión del problema: Morena ya definió una coordinación política, pero sigue buscando quién podrá sentar en una misma mesa a todos los grupos.

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LA CAMINERA...Y entonces apareció Ariadna…La visita de Ariadna Montiel y la reunión que sostuvo el viernes 23 de octubre con Ana Lilia Rivera y las estructuras territoriales del partido enviaron una señal política difícil de ignorar. El mensaje fue claro: la dirigencia nacional respalda la ruta organizativa encabezada por la coordinadora estatal.

El encuentro fue presentado como parte de los trabajos para fortalecer y unificar la operación territorial de Morena, pero en política los mensajes también se leen por lo que representan. Y lo que significó fue el respaldo explícito del centro del partido a la conducción que ahora encabeza Rivera.

El nombramiento ya está hecho. Lo que falta por comprobar es cuántos están dispuestos a seguir la nueva conducción más allá de los discursos públicos.

Porque el verdadero problema no está en las reuniones ni en las fotografías. Está en una estructura política que escucha llamados a la unidad mientras calcula de dónde vendrán las próximas instrucciones, las candidaturas y los espacios de poder.

Ahí permanece el nudo.

Muchos operadores pueden aplaudir en una reunión y salir de ella para consultar decisiones con sus liderazgos tradicionales. Pueden aparecer en una fotografía junto a la coordinadora y, al mismo tiempo, mantener intactas las lealtades que los llevaron hasta donde están.

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AHORA SÍ, LA ÚLTIMA Y NOS VAMOS...Lo que viene y los dilemas…El impacto real de la visita de Ariadna Montiel comenzará a medirse después de los actos públicos. Se verá cuando sea momento de cumplir convocatorias, recorrer comunidades, integrar equipos territoriales y respaldar decisiones que no necesariamente favorezcan a todos.

Es ahí donde suele ponerse a prueba la disciplina partidista.

Para Ana Lilia Rivera, el respaldo nacional implica también una responsabilidad mayor. Conforme asuma espacios de conducción, disminuirá el margen para atribuir los tropiezos únicamente a las resistencias internas. Tendrá que organizar, negociar y producir resultados incluso con aquellos que nunca celebraron su llegada a la coordinación.

Para el lorenismo, el dilema también es evidente. Acompañar la nueva etapa supone reconocer que la sucesión comienza a construir otros centros de gravitación política. Resistirse puede preservar posiciones durante algún tiempo, pero también generar costos en la relación con la dirigencia nacional.

Y para Alfonso Sánchez García, una eventual fotografía de unidad abrirá una pregunta inevitable: si representa el inicio de un trabajo político coordinado o simplemente una tregua temporal mientras continúan las negociaciones de fondo.

Porque los conflictos políticos rara vez concluyen con una fotografía.

Mientras tanto, la discusión sobre un posible relevo en la dirigencia estatal exhibe otra debilidad. Si aún se busca una figura capaz de conectar a los grupos, es porque los mecanismos actuales no han logrado procesar el conflicto interno.

Morena corre el riesgo de pasar los próximos meses administrando una unidad de aparador: reuniones multitudinarias, abrazos protocolarios y cada corriente elaborando en privado sus propias listas de aspirantes.

Afuera siguen acumulándose los problemas de Tlaxcala.

Adentro, buena parte de la conversación amenaza con concentrarse en quién hereda la estructura, quién conserva los espacios conquistados y quién tendrá la facultad de abrir o cerrar la puerta del siguiente reparto político.

Ariadna Montiel dejó visible el respaldo nacional. Ana Lilia Rivera deberá traducirlo en organización y operación política. El grupo de la gobernadora, por su parte, tendrá que demostrar hasta dónde está dispuesto a acompañar ese proceso.

La operación cicatriz continúa pendiente.

Y las heridas políticas difícilmente cierran cuando quienes dicen querer sanarlas siguen calculando, al mismo tiempo, qué parte de la mesa les tocará conservar.

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