La ciudadanía tiene derecho a escuchar y conocer lo que se está haciendo, especialmente en el tema que más preocupa a Tlaxcala: la inseguridad», declaró.
Una sombra opaca se cierne sobre el Congreso de Tlaxcala. No es la sombra de un debate intenso, ni siquiera del disenso político, que son savia de la democracia. Es la sombra más inquietante: la del silencio institucionalizado, la de la rendición de cuentas convertida en un estorbo.
Por segundo año consecutivo, la mayoría de Morena y sus aliados ha levantado un muro entre la ciudadanía y sus funcionarios. Un muro de excusas y de una interpretación caprichosa de la transparencia. Argumentan, a través de voces como las de los diputados Lorena Ruiz, Emilio de la Peña y Maribel León, que la comparecencia es un “espectáculo” y que distrae a los servidores públicos de sus labores. Este argumento no solo es débil; es profundamente antidemocrático.
En el otro lado de la tribuna, cuatro voces femeninas, procedentes de distintos partidos e incluso de la independencia, alzaron la voz con una claridad que corta la niebla de la complacencia. Miriam Martínez (PAN), Blanca Águila (Independiente), Sandy Aguilar (PRI) y Laura Flores (PRD) no protestan por un ritual vacío. Exigen lo esencial: saber qué se hace con el poder que el pueblo ha conferido, especialmente cuando ese pueblo vive con miedo. Su coincidencia trasciende colores partidistas y apunta a un principio universal: en democracia, el que gobierna, explica.
El contexto convierte esta negativa en una irresponsabilidad mayúscula. Tlaxcala no atraviesa una coyuntura de paz y bonanza. La inseguridad “ya no puede minimizarse”, como alertó Águila Lima. Los eventos violentos que han marcado el inicio del año, recordados por Sandy Aguilar, claman por respuestas, no por evasivas. Cuando la fiscal general y los secretarios, sobre todo el de Seguridad, se escudan tras el voto mayoritario para no comparecer, el mensaje a la ciudadanía es desolador: “Sus preguntas no son prioridad”.
“La ciudadanía tiene derecho a escuchar y conocer lo que se está haciendo, especialmente en el tema que más preocupa a Tlaxcala: la inseguridad», declaró Miriam Martínez desde el PAN.
Aquí es donde el debate trasciende lo procedimental y toca lo ético. Resulta particularmente elocuente el caso del diputado Emilio de la Peña, uno de los más fervientes defensores de este “derecho al silencio” oficial. Su padre, Rafael de la Peña Bernal, es titular de la Secretaría de Impulso Agropecuario. Esta coincidencia, legal pero incómoda, pone sobre la mesa un conflicto de interés perceptivo. ¿Puede un legislador juzgar con imparcialidad la necesidad de fiscalizar a un gobierno en el que un familiar directo ocupa un cargo clave? La sola duda erosiona la confianza y alimenta la percepción de que se protege a una clase política cerrada, ajena al escrutinio.
Las diputadas opositoras tienen razón en el fondo y en la forma. Laura Flores del PRD lo resumió con precisión: “A ningún servidor público que actúe con transparencia y seguridad debería incomodarle rendir cuentas”. Quien teme a la tribuna, ¿qué teme que se revele? Gobernar, como dijo, es servir. Y servir implica, necesariamente, dar la cara, explicar estrategias, responder a cuestionamientos y, sobre todo, reconocer fallas ante los representantes del pueblo.
La decisión de la mayoría morenista en Tlaxcala no es un simple triunfo parlamentario. Es un retroceso cívico. Debilita el contrapeso legislativo, desoye el clamor social y normaliza la opacidad en el peor momento posible. Convierte al Congreso, que debería ser la caja de resonancia de las angustias ciudadanas, en un auditorio vacío donde los únicos discursos permitidos son los que no se pronuncian.
Tlaxcala merece más. Merece un poder legislativo que fiscalice, no que encubra; que interrogue, no que acalle; que priorice el derecho a saber de la gente sobre la comodidad de los funcionarios. El muro del silencio que hoy construye la mayoría no es un símbolo de fortaleza, sino de temor. Y en una democracia viva, el único temor legítimo debe ser el de defraudar a la ciudadanía. Ese temor, precisamente, es el que parece brillar por su ausencia se lo digo hoy así, sin maquillaje ni retoques.
