Lunes 2 de febrero de 2026|

Hay frases que se dicen en voz alta y quedan flotando en el aire, esperando que el tiempo las confirme.

En enero de 2025, en Washington, durante una reunión organizada por la asociación Araucaria con la OEA, lo dije frente a Luis Almagro sin rodeos: Estados Unidos no representaba ningún ejemplo ni era un faro para el mundo, mucho menos en materia educativa.

Lo afirmé justo en los días en que Donald Trump asumía nuevamente la presidencia de ese imperio que insiste decadente.

Un año después, tristemente, la realidad confirma aquella advertencia. El discurso del odio, el autoritarismo disfrazado de orden y la exclusión convertida en política pública se han normalizado.

Trump no es una anomalía; es el síntoma más evidente de un modelo que agotó su legitimidad moral y política. Un sistema que dejó de creer en la dignidad humana y decidió administrar el miedo como método de gobierno.

Ante ese panorama, la pregunta es inevitable: ¿qué nos queda a quienes seguimos creyendo en la bondad de las personas por el simple hecho de serlo? La respuesta no es nueva, pero sí urgente. Nos queda la educación, la cultura y el activismo consciente. Nos queda la organización paciente, la pedagogía social y la convicción profunda de que ninguna barbarie es eterna.

Frente al autoritarismo que obliga y presiona, no podemos levantar las armas sin traicionarnos a nosotros mismos. Convertirnos en lo que combatimos tendría un costo altísimo en vidas, en bienestar y en futuro para nuestro pueblo.

La historia latinoamericana ya nos enseñó ese camino y sus cicatrices siguen abiertas.

Hoy toca resistir estos tiempos oscuros desde abajo, caminando más despacio pero más profundo. Calle por calle, casa por casa, escuela por escuela. Explicando, dialogando, organizando. Como lo ha planteado la presidenta Claudia Sheinbaum, la transformación verdadera no se impone, se construye con conciencia, con ciencia, con humanismo y con pueblo.

Porque la oscuridad puede ser ruidosa, pero la esperanza, cuando se educa y se organiza, siempre termina por abrirse paso.

Con afecto en resistencia,

Homero Meneses Hernández