📝 Gabriela Aranda | Mariana Lovera
Este día, Tlaxco no amaneció como siempre. No hubo el bullicio habitual. Amaneció en silencio… un silencio profundo, pesado, que parecía envolver cada calle. Un silencio roto solo por el viento, como si llevara consigo el lamento de todo un pueblo. Tlaxco amaneció de luto.
Porque la noche del domingo, en la carretera hacia La Nueva Herradura, la violencia arrebató una vida. No la de un desconocido. La de un oficial. La de un hombre que durante más de 20 años decidió servir y proteger. Se llevó a Mario Hernández Gómez.
Veinte años. Dos décadas de servicio. De madrugadas frías, de desvelos, de perderse momentos con su familia porque el deber llamaba. Veinte años saliendo de casa sin la certeza de volver. Eso no es solo un trabajo. Es vocación. Es entrega. Es vida.
Mario no era solo un policía. Era el rostro conocido en las calles, el vecino, el compañero, el amigo. Su segunda piel fue el uniforme. Su segunda casa, la Presidencia Municipal, que hoy le abrió sus puertas por última vez.
Ahí, en una ceremonia que estremeció a todos, su féretro fue cubierto con la bandera de México. La misma que juró defender. Pero ni ese símbolo alcanza para cubrir el dolor de una familia ni el vacío que deja en toda una comunidad.
El silencio se hizo absoluto. Nadie respiraba. Nadie se movía.
—“Mario Hernández Gómez”
—“¡Presente!”
Una vez…
Dos veces…
Tres veces…
Cuatro veces…
Su nombre fue llamado cuatro veces, y cuatro veces sus compañeros respondieron con fuerza, con lealtad, con el corazón roto. No fue solo un pase de lista. Fue un juramento. Fue la promesa de que no será olvidado.
Porque ese “presente” hoy no solo significa “aquí estoy”… significa que sigue vivo en la memoria, en el deber, en el honor.
La noche del ataque, Mario hizo lo que sabía hacer: cumplir. Durante un recorrido de seguridad, elementos de la Policía Municipal detectaron un vehículo sospechoso y marcaron el alto. La respuesta fue el fuego.
Se desató un enfrentamiento armado. Los oficiales repelieron la agresión, logrando abatir a uno de los presuntos delincuentes, mientras otro logró huir.
Mario resultó gravemente herido.
Fue trasladado por paramédicos de la Cruz Roja Mexicana al Hospital Comunitario de Tlaxco, donde perdió la vida poco después debido a la gravedad de sus lesiones.
Tras los hechos, la Fiscalía General de Justicia del Estado de Tlaxcala inició las investigaciones correspondientes para esclarecer lo ocurrido y dar con el responsable que logró escapar.
El gobierno municipal, encabezado por Diana Torrejón Rodríguez, lamentó profundamente el fallecimiento del oficial, reconoció su valentía y confirmó que se brindará apoyo a su familia, además de hacer válido el seguro correspondiente.
Pero hoy, más allá de los protocolos, hay una exigencia clara:
Justicia.
Porque no llora solo una familia.
Llora Tlaxco entero.
Y en medio del dolor, cuando el féretro emprendió su último camino, quedó una certeza entre todos los presentes:
Mario Hernández Gómez se ha ido en cuerpo… pero no en espíritu.
Su espíritu se queda.
En las calles que patrulló.
En el valor de sus compañeros que seguirán de pie.
En el orgullo de su familia.
En la memoria de un pueblo que no lo olvidará.
Descansa en paz, oficial.
Descansa en paz, Mario.
Tu guardia en los corazones de Tlaxco… será eterna.