José Herrera// En política, las presencias importan, pero las ausencias suelen comunicar mucho más, basta un ejemplo reciente para observarlo. En días pasados se llevó a cabo la primera paella organizada por el Consejo de Medios de Comunicación o Comecot no fue únicamente un encuentro gastronómico.

Representó un espacio de convivencia entre periodistas y actores políticos en un momento en que Tlaxcala comienza a perfilar la sucesión gubernamental. Al evento acudieron Manuel Cambrón, del PRD; Anabell Ávalos, del PRI; Danae Figueroa, de MC y Miriam Martínez, del PAN, quienes aprovecharon la oportunidad para dialogar con integrantes de la prensa.

Los grandes ausentes fueron Ana Lilia Rivera y Alfonso Sánchez, los principales perfiles de Morena rumbo a la gubernatura. Su decisión de no asistir dejó una lectura política difícil de ignorar.

Ambos personajes han mantenido una relación complicada con un sector de periodistas que integra la Comecot quienes han documentado errores, cuestionado decisiones y ejercido una crítica constante sobre su desempeño.

Esa ausencia puede interpretarse como una señal de la escasa disposición para acercarse a quienes no siempre coinciden con su visión, alimentando una percepción de soberbia y de poca apertura al escrutinio público.

La democracia no exige que exista coincidencia entre políticos y periodistas. Lo que sí demanda es disposición al diálogo. Quien aspira a gobernar debe entender que la crítica forma parte del ejercicio democrático y que evitar determinados espacios no elimina las preguntas ni las opiniones críticas.

Pero la ausencia de dos personajes de Morena dejó un mensaje todavía más profundo. En un momento en que el partido enfrenta visibles tensiones internas y una clara fractura, la decisión de sus principales aspirantes de no acudir a este encuentro no contribuye a proyectar fortaleza, sino todo lo contrario: evidencia una falta de cohesión que comienza a reflejarse en cada espacio público.

En política, las campañas no sólo se construyen con discursos y espectaculares; también con símbolos. Y pocas imágenes son tan elocuentes como dos sillas vacías frente a quienes tienen la responsabilidad de cuestionar al poder.

Porque gobernar no significa rodearse únicamente de quienes aplauden. Significa escuchar incluso a quienes incomodan. Ahí comienza la verdadera democracia. Al final, la unidad que Tlaxcala necesita no es la de un partido político ni la de un grupo cerrado. Es la unidad que nace de la pluralidad de ideas, del respeto a las diferencias y de la capacidad de dialogar con todos, incluso con quienes piensan distinto.

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