Hay historias que incomodan. No porque sean difíciles de escuchar, sino porque nos obligan a mirar aquello que muchas veces las instituciones prefieren ignorar.

Esta semana tuve la oportunidad de entrevistar a Jessica Arelys González Sosa. No fue una entrevista sencilla. No por la dureza de sus palabras, sino porque detrás de cada una había miedo, impotencia y una pregunta que sigue sin respuesta: ¿qué pasa cuando una mujer denuncia una tentativa de feminicidio y, aun así, siente que la justicia nunca llega?

Jessica asegura que su carpeta de investigación está detenida por una serie de presuntas irregularidades. Afirma que las omisiones, los retrasos y las decisiones dentro del proceso han impedido que su caso avance. Su versión, como toda denuncia, deberá ser investigada y corroborada por las autoridades competentes, pero precisamente ahí radica el punto central: la obligación del Estado no es ignorar una denuncia, sino investigarla con seriedad, imparcialidad y prontitud.

Durante nuestra conversación relató episodios de violencia psicológica, económica, física, sexual y vicaria. Narró cómo, según su testimonio, durante años normalizó – por miedo – situaciones que jamás debieron ser consideradas normales.

Habló de relaciones sexuales impuestas bajo la idea de que era «su obligación como esposa». De recibir apenas 200 pesos para los alimentos durante una semana. De agresiones físicas que, asegura, estuvieron a punto de costarle la vida. «Si no fuera por una tercera persona, me habría matado», dijo con una serenidad que, lejos de transmitir tranquilidad, reflejaba el cansancio de quien ha repetido muchas veces la misma historia esperando que alguien la escuche.

Pero quizá uno de los momentos más preocupantes de la entrevista fue cuando aseguró sentirse revictimizada por las propias instituciones encargadas de protegerla. Esa sensación no es menor. Cuando una víctima pierde la confianza en quienes deben garantizarle justicia, el problema deja de ser únicamente un expediente y se convierte en un mensaje peligroso para todas las mujeres que aún dudan si denunciar o guardar silencio.

Jessica sostiene que su aún esposo, de profesión abogado, presume contar con influencias que han complicado el avance del procedimiento. Esa afirmación también debe ser esclarecida. Porque la justicia no puede depender del cargo, las relaciones o el poder de una de las partes. La ley pierde sentido cuando deja de ser igual para todos.

Por eso resulta significativo que, en su llamado, haya dirigido sus palabras a la fiscal general del estado, Ernestina Carro Roldán; a la presidenta del Tribunal Superior de Justicia del Estado, Fanny Margarita, y a la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros. No lo hizo únicamente porque ocupan cargos de enorme responsabilidad, sino porque apeló también a la sensibilidad que muchas mujeres esperan encontrar cuando otras mujeres llegan a espacios de poder. Sin embargo, la justicia no debería depender del género de quien gobierna o procura justicia; debería depender únicamente del compromiso institucional con la legalidad.

No corresponde a los medios condenar ni absolver. Esa tarea pertenece exclusivamente a las autoridades y a los tribunales. Pero sí corresponde al periodismo abrir espacios para que las voces que durante años fueron ignoradas puedan ser escuchadas. Porque el silencio también protege a los agresores cuando las instituciones no responden.

Jessica afirma que hoy su familia es su principal red de apoyo. Sin embargo, reconoce que el miedo sigue presente y que lo único que desea es recuperar su vida. Esa aspiración, tan sencilla como legítima, debería ser el objetivo de cualquier sistema de justicia.

Ojalá esta historia no tenga que convertirse en otra cifra, en otro expediente olvidado o en otra tragedia que solo despierte atención cuando ya sea demasiado tarde.

Porque cuando una mujer rompe el silencio, la responsabilidad ya no recae únicamente sobre ella. La responsabilidad cambia de manos. Ahora le corresponde a las autoridades demostrar, con hechos y no con discursos, que denunciar sí vale la pena se lo digo así, sin maquillaje ni retoques.

Gracias Jessica por compartir tu testimonio, eres ejemplo de valentía y resistencia.

Aquí puedes ver la entrevista completa:

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