Omar G. Tlachi | La Selección Mexicana sigue moviendo el balón en la cancha mundialista y, para quienes disfrutan el juego, el marcador regala un respiro, un pretexto para el festejo. Pero seamos claros: el fútbol, en el fondo, opera de nuevo como esa anestesia social de cada cuatro años. Mientras todo el país tiene la cabeza metida en la pantalla grande o en el celular siguiendo el partido, la cruda realidad nos espera a la vuelta de la esquina.
Pasando la euforia de los noventa minutos, lo que le espera a millones de familias es el cobro de factura de una economía que ya no aguanta más.
Detrás de los discursos oficiales de que «vamos requetebién», los números del Banco de México revelan una verdad dolorosa: los mexicanos ya no pueden pagar lo que deben. No es un tema de falta de voluntad, sino de asfixia. Durante el año pasado, ante la falta de ingresos reales, la salida de emergencia para miles fue el tarjetazo para completar la despensa o pagar la luz. Hoy, esa bomba de tiempo ya estalló, alcanzando una cifra récord de más de 62,000 millones de pesos en cartera vencida de créditos al consumo que llevan más de 90 días en el limbo sin recibir un solo peso; de los cuales, más de 24,000 millones corresponden estrictamente a puras tarjetas de crédito.
Esta crisis no son solo gráficas financieras; tiene rostro y se siente en el día a día. Se nota en el conductor de plataforma que pasa más horas al volante para sacar lo mismo que antes, en la tiendita de la esquina que ve cómo bajan sus ventas, y en los pequeños comercios locales que hoy lucen vacíos. En Tlaxcala, el golpe es idéntico: el dinero dejó de circular en los restaurantes, hoteles y negocios de comida, registrando una caída del 2% en sus ingresos, mientras el INEGI confirma el drama de unas 20,000 personas que perdieron su ocupación en el último año. Cuando el empleo se reduce (con 194,000 puestos eliminados mes con mes a nivel nacional) y los alimentos básicos se encarecen a ritmos de miedo superando el 50% de aumento, el margen de maniobra desaparece.
La lección que nos deja este panorama, con expectativas de crecimiento frenadas en un raquítico 1.4% y un presupuesto federal que prefiere rescatar los errores de Pemex antes que inyectar vida a la economía familiar, es que no podemos esperar a que la solución venga de arriba. Este año no será de un colapso de golpe, pero sí de una lenta asfixia donde sobrevivir financieramente va a depender estrictamente de la conciencia que tengamos en casa.
Perdonen si soy inoportuno. Celebremos los goles, pero cuidemos el dinero. Es momento de amarrarse el cinturón, de priorizar el gasto real sobre el deseo, de congelar las tarjetas y entender que el bienestar de los nuestros va a depender de lo que hagamos con nuestro propio presupuesto, y nunca de los cuentos de hadas que nos platiquen desde el gobierno.