- Presentado en la UATx, el libro autobiográfico de la exgobernadora de Tlaxcala funciona como memoria política, pero también como advertencia para el presente: gobernar exige trayectoria, oficio, diagnóstico y capacidad de diálogo.
Mariana LOVERA// En medio de un ambiente político adelantado, con aspirantes que ya se mueven entre bardas, reuniones, pasarelas y señales rumbo a la sucesión de 2027, el libro El valor de las palabras. La fuerza de los hechos, de Beatriz Paredes Rangel, llegó a Tlaxcala como algo más que una autobiografía: como un manual de poder escrito desde la experiencia.
La obra fue presentada la semana pasada en el Teatrode la Universidad Autónoma de Tlaxcala, donde participaron como comentaristas Serafín Ortiz Ortiz, Dulce María Sauri Riancho y Eligio Chamorro, con Elsa Romero García como moderadora y se trata del tercer tomo de la Colección Gobernadores.
El libro está organizado en diez capítulos, desde el proceso para alcanzar la candidatura hasta la licencia al Gobierno del Estado, además de anexos con mensajes políticos, discursos y fragmentos de informes. La estructura permite leer la trayectoria de Paredes no sólo como relato personal, sino como una explicación de cómo se construyó una forma de gobernar en Tlaxcala.
Capítulo I: Cómo se alcanza la candidatura
El primer capítulo es, quizá, el más político de todos. Paredes inicia con una escena íntima junto a Griselda Álvarez, entonces gobernadora de Colima, quien le plantea la posibilidad de convertirse en la siguiente mujer gobernadora del país. A partir de ese diálogo, la autora reconstruye el tablero que la llevó a ser candidata: trayectoria, territorio, estructura partidista, vínculos nacionales, grupos locales y capacidad para no cometer errores.
Ahí está una de las claves para leer el presente tlaxcalteca. Frente a la actual rebatinga por Tlaxcala, donde varios actores parecen confiar más en la pinta de bardas, el placeo anticipado o la cercanía con grupos de poder, Paredes describe una ruta distinta: una candidatura no nace de la ocurrencia ni de la ansiedad, sino de una acumulación de legitimidad.
La exgobernadora explica que su fortaleza local venía de su pertenencia al equipo de Emilio Sánchez Piedras y de su trabajo en Tlaxcala como diputada local, lideresa del Congreso, dirigente campesina y diputada federal. Su respaldo nacional, en cambio, provenía de su militancia en la Confederación Nacional Campesina y de su participación en la política federal. Es decir, no se trataba sólo de querer ser candidata, sino de tener con qué sostener esa aspiración.
El capítulo también retrata las tensiones internas del PRI de aquella época. La lucha real, reconoce la autora, ocurría dentro del partido hegemónico, con corrientes, regiones, grupos políticos y liderazgos que buscaban incidir en la sucesión. En ese escenario aparecen nombres como Héctor Vázquez Paredes y Mariano González Zarur, quienes también tenían peso político. La candidatura, entonces, no fue una coronación tersa, sino una operación de lectura fina del poder.
La parte más vigente es su reflexión sobre el sector empresarial. Paredes admite que algunos inversionistas desconfiaban de ella por su pasado agrarista y sus posiciones sociales. Su respuesta no fue negar su historia, sino asumir que gobernar implicaba pasar del liderazgo sectorial a una visión de Estado: representar al conjunto social, hacer cumplir la ley y gobernar para todos. En tiempos donde muchos aspirantes buscan quedar bien con todos sin definir de dónde vienen ni qué representan, esa confesión adquiere peso propio.
Capítulo II: La campaña
El segundo capítulo relata el momento formal de la postulación y el arranque de la campaña. Paredes recuerda que el 3 de julio de 1986 fue convocada por la dirigencia nacional del PRI y que, tras confirmarle que las organizaciones del partido se habían pronunciado a su favor, aceptó competir por la gubernatura.
Pero el punto central no es la nominación, sino lo que vino después: reconciliar al priismo, sumar a quienes no le eran afines, negociar con corrientes internas y abrir la campaña a sectores sociales que no militaban en ningún partido. La autora subraya que no quería ser candidata sólo de quienes ya simpatizaban con ella, sino convertirse en una expresión amplia de la sociedad tlaxcalteca.
El diseño fue territorial, con recorridos diarios, énfasis en fines de semana y una estructura que diferenciaba claramente el papel de la candidata del trabajo operativo del equipo. El mensaje para el presente es directo: una campaña no se improvisa con reflectores; requiere organización, disciplina, lectura del territorio y capacidad para integrar equipos que comuniquen alianzas reales.
Capítulo III: La consolidación de la campaña
En este apartado, Paredes describe una campaña que ella misma define como “antropológica”: visitar comunidades, escuchar a autoridades formales, comités de agua, padres de familia, representantes agrarios, organizaciones comunitarias y actores sociales.
La campaña no giraba alrededor de vender una figura carismática, sino de presentar compromisos. Entre ellos: empleo permanente, preservación ecológica, educación vinculada al desarrollo regional, salud, niñez, honestidad administrativa, comunicación con la sociedad y participación democrática en la planeación.
Uno de los pasajes más poderosos ocurre en una comunidad de la Malinche, cuando una autoridad local, después de llegar tarde y empulcada a un evento, toma el micrófono y le dice: “Señora Beatriz, no queremos milagros, queremos trabajo”. Paredes reconoce que esa frase se convirtió en eje de su gobierno: poner los instrumentos del Estado al servicio de la generación de empleo.
El capítulo cierra con el triunfo electoral del 16 de noviembre de 1986, cuando obtuvo el 71.4 por ciento de la votación. A partir de ahí, la campaña se convierte en insumo de gobierno: las peticiones ciudadanas, los foros técnicos y las reuniones comunitarias alimentaron el programa gubernamental.
Capítulo IV: La toma de posesión como gobernadora
El cuarto capítulo aborda la toma de posesión del 15 de enero de 1987. Paredes relata la planeación de un acto multitudinario, con más de ocho mil invitados, pensado no sólo como ceremonia protocolaria, sino como mensaje político.
La decisión de realizarlo en una escuela pública fue simbólica: honrar la educación y, al mismo tiempo, construir un acto sobrio, institucional y representativo. La presencia del presidente Miguel de la Madrid reforzó la relevancia del momento.
En su discurso de toma de protesta, Paredes planteó las líneas que marcarían su gobierno: empleo, desarrollo regional, educación, salud, niñez, honestidad administrativa, trato respetuoso entre autoridades y sociedad, y participación social. La toma de posesión no fue presentada como fiesta de triunfo, sino como arranque de responsabilidades.
Capítulo V: El equipo de gobierno y el estilo de gobernar
Aquí aparece una de las obsesiones centrales de Paredes: gobernar con equipo. La autora reconoce que, por ser mujer y joven —tenía 32 años—, necesitaba integrar un gabinete sólido, con perfiles experimentados, capaces de complementar sus capacidades.
El capítulo permite observar su estilo: incluir corrientes políticas, reconocer liderazgos regionales, incorporar perfiles técnicos y mantener el mando bajo la autoridad de la gobernadora. También destaca su decisión de impulsar la participación de mujeres, no sólo mediante cargos simbólicos, sino en políticas públicas dirigidas a campesinas, obreras y mujeres de menores recursos.
Otro eje es la planeación democrática. Paredes explica la creación y operación del Sistema Estatal de Planeación, el papel del COPLADET, los convenios únicos de desarrollo municipal y las audiencias públicas como mecanismos de cercanía con la ciudadanía. Su idea era evitar ocurrencias, improvisaciones y caprichos sexenales.
Capítulo VI: Las políticas sectoriales
El sexto capítulo es el más amplio y funciona como balance de gobierno. Paredes recorre las políticas de empleo, educación, campo, ecología, carreteras, turismo, agua potable, salud, vivienda y cultura.
En empleo, coloca la generación de trabajo digno como eje articulador del gobierno. Relata la apuesta por atraer inversión privada, fortalecer la industria y cuidar derechos laborales. En educación, destaca programas de infraestructura básica, combate al ausentismo magisterial, lectura, matemáticas y prevención del cólera, con una movilización social que capacitó a más de 105 mil madres de familia y mereció reconocimiento de UNICEF.
En el campo, reconoce su compromiso histórico con el sector campesino, pero también hace autocrítica: admite que tardó en diseñar una estrategia integral y que el problema del agua y las heladas exigía soluciones como invernaderos. En ecología y medio ambiente, aparece la preocupación por proteger recursos naturales; en infraestructura carretera, la conexión regional; en turismo, la promoción de la identidad cultural; en agua potable, una política de bienestar especialmente importante para las mujeres rurales; en salud, el fortalecimiento de servicios; en vivienda, la crítica a unidades habitacionales deshumanizadas; y en cultura, la creación de instituciones y medios públicos como CORACYT.
Papalotla: diálogo, autoridad y conflicto social
Dentro del capítulo VI está uno de los episodios más relevantes para leer el Tlaxcala actual: el caso Papalotla y la fábrica de acumuladores.
Paredes relata que vecinos de Papalotla tomaron una pipa de gas y la colocaron frente a la empresa Acumuladores Mexicanos, amenazando con hacerla explotar mientras entre 40 y 60 personas permanecían dentro de la fábrica. La protesta tenía como fondo una demanda ambiental: comuneros acusaban contaminación de sus tierras por ácido de acumuladores.
La salida aparentemente más rápida era enviar fuerza pública. De hecho, el gerente de la empresa la exigía. Pero Paredes consideró que esa opción era falsa y extremadamente riesgosa: la llegada de policías o militares podía detonar una tragedia, extender un incendio por la zona industrial y provocar una convulsión social en Papalotla.
La estrategia fue otra: verificar información, identificar liderazgos, conocer las motivaciones reales, establecer comunicación directa con los inconformes, hablar con los propietarios de la empresa, preparar condiciones de seguridad por si la fuerza era inevitable, pero privilegiar el diálogo. Tras horas de negociación, se logró la liberación de los rehenes, el retiro de la pipa, la entrega de la fábrica a las autoridades, un convenio de indemnización por daños ecológicos y procesos jurídicos contra quienes participaron en el secuestro.
El episodio deja una lección incómoda para el presente: diálogo no significa debilidad. En Papalotla hubo autoridad, pero no precipitación. Hubo Estado de derecho, pero también lectura social. Hubo contención, pero no cerrazón.
En el contexto actual, donde Tlaxcala ha registrado conflictos sociales que han escalado hacia operativos policiales, el contraste pesa. En abril de 2026, se registraron denuncias de detenciones y lesionados tras un operativo para disolver bloqueos en la carretera México-Veracruz y el Arco Norte. También se han registrado episodios recientes en comunidades como San Pedro Ecatepec y Guadalupe Ixcotla, donde las protestas derivaron en gases lacrimógenos, toletes, escudos y confrontación.
La diferencia está en el método: Paredes no romantiza la protesta ni justifica la acción directa; de hecho, sostiene que también se debe mantener la autoridad frente a grupos que violentan la ley. Pero advierte que cuando una demanda sentida no se atiende durante años, la población tlaxcalteca puede recurrir a acciones de alta intensidad. Esa lectura, hoy, resulta plenamente vigente.
Capítulo VII: Seguridad pública y procuración de justicia
El séptimo capítulo aborda la seguridad desde una perspectiva de autoridad y prevención. Paredes reconoce que, por ser mujer y joven, se preguntaba si lograría ejercer mando sobre corporaciones integradas por varones adultos, acostumbrados al liderazgo masculino.
El diagnóstico de seguridad de su época era distinto al actual: robo de autos, zonas con tradición de pistolerismo, delitos comunes y episodios de violencia colectiva vinculados al linchamiento o la justicia por propia mano. Su prioridad fue contar con información oportuna, prevenir conflictos, capacitar policías, rechazar la tortura y respetar derechos humanos en centros de reclusión.
También relata que tuvo que cesar e inhabilitar funcionarios tras un incidente grave, decisión que marcó su estilo: si había negligencia o abuso de confianza, actuaría con firmeza, aun contra colaboradores cercanos.
Capítulo VIII: Los informes de gobierno
El octavo capítulo muestra los informes como ejercicios de poder, rendición de cuentas y proyección territorial. Paredes decidió descentralizarlos: el primero fue en Tlaxcala capital; el segundo, en Huamantla; el tercero, en Cacaxtla; el cuarto, en Santa Ana Chiautempan; y el quinto volvió a la capital.
Cada sede tuvo sentido político. Huamantla representaba sus raíces y el turismo cultural; Cacaxtla proyectaba el patrimonio arqueológico; Chiautempan simbolizaba la industrialización y la complejidad política del corredor textil. Para Paredes, el informe no era trámite administrativo, sino conversación pública con el Congreso, la Federación y la sociedad.
Capítulo IX: El Quinto Informe de Gobierno
El noveno capítulo es una reflexión de fondo sobre identidad política, convicciones y responsabilidad institucional. Paredes aborda la reforma al artículo 27 constitucional y el cierre de una etapa histórica de la reforma agraria.
La tensión es evidente: ella venía del movimiento campesino, creía en el ejido y conocía la lucha agraria; pero como gobernadora debía asumir una visión de Estado. No renuncia a sus convicciones, pero reconoce que la realidad del campo exigía nuevas respuestas.
El capítulo también muestra una idea central: gobernar implica tomar posiciones difíciles, incluso cuando duelen en la propia biografía. Para los aspirantes actuales, el mensaje es fuerte: no basta con repetir consignas; tarde o temprano, el poder obliga a decidir entre la comodidad del discurso y la complejidad de la realidad.
Capítulo X: Licencia al Gobierno del Estado
El último capítulo narra la decisión de solicitar licencia el 11 de abril de 1992, tras ser convocada a ocupar la Secretaría General del PRI. Paredes explica que antes había rechazado invitaciones al gabinete federal porque consideraba que su gobierno en Tlaxcala aún estaba en proceso de maduración.
Cuando aceptó salir, lo hizo tras cinco años y tres meses de gestión, convencida de que había cumplido las grandes metas de su administración y de que su nueva responsabilidad tenía relevancia nacional. También subraya que respetó el proceso de nombramiento del gobernador interino por parte del Congreso local.
Una lectura para 2027
Leído desde el presente, el libro de Beatriz Paredes no sólo reconstruye un gobierno; también coloca preguntas incómodas para la clase política tlaxcalteca.
¿Qué pesa más: la barda o la trayectoria? ¿La cercanía con el poder o la capacidad de gobernar? ¿La candidatura como premio o como consecuencia de una acumulación política real? ¿El uso inmediato de la fuerza pública o la lectura profunda de los conflictos sociales?
La autobiografía de Paredes deja una respuesta clara: las palabras importan, pero sólo cuando se sostienen con hechos. Y en una Tlaxcala donde la sucesión ya empezó antes de tiempo, esa frase parece escrita no sólo para recordar el pasado, sino para incomodar al presente.