Por Israel Lara García

Estimada comunidad lectora, amanecimos 2026 con mucha actividad, sísmica y geopolítica, y precisamente en este rubro de la geopolítica latinoamericana, los hechos observados en las últimas horas nos obligan a deducir un patrón claro y calculado: la captura de Nicolás Maduro no fue un asalto improvisado de fuerzas externas, sino un producto de infiltración meticulosa y traiciones internas que allanaron el camino para un cambio de régimen disfrazado de justicia internacional. Con toda la información que vuela en la red y con análisis de internacionalistas serios, podemos reconstruir un escenario donde la lealtad chavista se desmoronó desde adentro, facilitando la entrada de Delta Force sin resistencia significativa.

La especulación nos lleva a deducir un operativo quirúrgico, y tuvo ayuda interna, que además es punto de coincidencia en la opinión pública; quizá con eso se evitó una guerra entre naciones que pudo haber afectado a la población civil, y ciertamente estados unidos ha priorizado el control del petróleo sobre el caos.

Como antecedente clave, esta operación revive la Doctrina Monroe en su versión renovada bajo Trump, ahora apodada «Donroe Doctrine» o «Trump Corollary». Originalmente proclamada en 1823 para afirmar la hegemonía estadounidense en el hemisferio occidental, esta doctrina ha sido explícitamente invocada por la administración Trump en su Estrategia de Seguridad Nacional de diciembre 2025, con énfasis en contrarrestar influencias chinas, rusas e iraníes en la región. En el caso venezolano, se traduce en una intervención justificada por «seguridad nacional» – narcoterrorismo y control de recursos estratégicos como el petróleo – recordándonos que Washington ve a América Latina como su «patio trasero», donde el respeto a la soberanía es condicional a los intereses norteamericanos.

Los detalles observados de la operación, bautizada como «Operation Absolute Resolve», revelan una ejecución meticulosa desarrollada durante meses. Desde agosto 2025, la CIA instaló un equipo encubierto en Venezuela para rastrear patrones de movimiento de Maduro, culminando en un asalto nocturno el 3 de enero con dos escuadrones de Delta Force, apoyados, por una flota aérea, compuesta por drones, helicópteros y aviones, como todos los que vimos los videos en las redes sociales, pudimos atestiguarlo. un despliegue regional de tropas cuyo desarrollo total que de acuerdo con declaraciones del mandatario Estadounidense Donald Trump, abarcó al menos cinco meses de inteligencia y logística, con el operativo en sí durando apenas tres horas: Delta Force irrumpió en el Palacio de Miraflores bajo fuego esporádico, capturó a Maduro y su esposa Cilia Flores sin bajas estadounidenses reportadas, y los trasladó a bordo del USS Iwo Jima en el Caribe antes de volar a la Estación Naval de Norfolk y luego a Nueva York para su arraigo. Sin embargo, actualizaciones recientes de a información confirman que el costo humano fue significativo en el lado venezolano: reportes iniciales indican varias bajas entre militares y civiles según fuentes diversas de medios internacionales, entre ellos se encuentran los 32 militares cubanos que el mismo Miguel Diaz Canel, presidente cubano, informo a la comunidad internacional.

Asi, apreciable lector, lectora; En Nueva York, Maduro Nicolás ha proclamado su inocencia en corte, declarándose un «prisionero de guerra» secuestrado y aún presidente legítimo, un argumento que busca apelar a tratados internacionales como la Convención de Ginebra. Sin embargo, Estados Unidos lo trata no como un Jefe de Estado, sino como un jefe de cartel del narcotráfico, es decir, como un criminal común, procesándolo por narco-terrorismo y tráfico de drogas bajo cargos pendientes desde 2020, sin reconocer estatus de prisionero de guerra al que aludió Maduro. Esta discrepancia – Maduro como mártir soberano vs. Washington como cazador de narcos – refuerza la deducción de que el operativo fue diseñado no solo para capturar, sino para deslegitimar cualquier narrativa de intervención ilegal.

Aquí entran los sospechosos clave, cuya coordinación especulativa encaja como piezas de un rompecabezas. Vladimir Padrino López, el ministro de Defensa y jefe de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB), emerge como el arquitecto militar de la traición. Observemos: pese a declarar un «estado de emergencia», no movilizó tanques ni artillería para defender Fuerte Tiuna o La Carlota. ¿Coincidencia? Deducción: Padrino pactó con Washington para garantizar obediencia castrense, evitando un baño de sangre que lo habría convertido en objetivo primario. A cambio, negocia su pellejo: inmunidad temporal y un retiro dorado, posiblemente en un tercer país, con fortunas intactas. Pero los estadounidenses, astutos en su doctrina Monroe actualizada, no aceptaron un régimen militar puro – eso evocaría juntas golpistas del pasado, condenadas en foros internacionales.

Por ello, la dupla se completa con Delcy Rodríguez, la vicepresidenta convertida en presidenta Interina. La eterna militante del chavismo, juramentó con rapidez sospechosa, respaldada por un Tribunal Supremo de Justicia que olía a acuerdo previo. Por si fuera poco, Jorge Rodríguez, hermano de la actual presidenta de la Republica Bolivariana de Venezuela, es presidente de la Asamblea Nacional del Poder Legislativo Venezolano. De tal suerte que no es descabellada la especulación con base en observaciones: sus viajes diplomáticos recientes (a Rusia y Turquía) podrían haber servido de tapadera para contactos con la CIA. Rodríguez, pragmática y con experiencia en foros globales, actúa como la fachada civil que Washington necesita: abre las puertas al petróleo permitiendo que Chevron y Exxon reactiven campos bloqueados, recibiendo miles de millones de dólares en esta tarea. Permaneciendo en el poder la estructura chavista ya mencionada, la cual, curiosamente no esta involucrada en el cartel de los soles. Solo la familia Maduro-Flores, es decir matrimonio e hijo. Son los responsables. Por ello, los Rodríguez, así como López, y Cabello, al menos hasta ahora, ganan inmunidad temporal y tiempo para lavar su imagen ante el mundo. La deducción es clara: Padrino proporciona el músculo militar para evitar resistencia interna, mientras Rodríguez vende la «transición pacífica» al exterior. Juntos, forman una dupla temporal, un puente hacia un protectorado suave donde el petróleo fluye barato hacia el norte – aunque Estados Unidos mantiene la «cuarentena petrolera» existente sobre buques sancionados, como confirmó Marco Rubio, para presionar cambios sin gobernar directamente.

Y en esta ecuación, Diosdado Cabello, el ministro del Interior y figura dura del chavismo, a la expectativa, si bien permanece en la estructura del gobierno venezolana: la Triada Rodríguez-López. ya lo aisló, sabiendo que no lo necesitan. Cabello controla redes de inteligencia y paramilitares, pero sin el respaldo de la FANB (ahora leal a Padrino y, por extensión, a Washington), es un tigre sin dientes. Su próximo destino: el desecho. En un tiempo relativamente corto, podría ser arrestado por el gobierno de EU, que lo tiene catalogado como un operador importante para el Cartel de los Soles y con cargos pendientes por narcotráfico. Esto limpia el camino a la triada Chavista, evitando que Cabello arme un contragolpe aprovechando el anuncio de no establecer tropas en norteamericanas en Venezuela, más allá de algunos elementos que acompañen las inversiones petroleras; atentando contra la «gestión temporal» que anunció Donald Trump para organizar Venezuela hasta «arreglar el país”.

La captura de Nicolás Maduro pues, marca el retorno explícito de un realismo geopolítico sin disfraces. Los discursos sobre democracia, derechos humanos y autodeterminación siguen presentes, pero subordinados a una lógica más antigua y más brutal: estabilidad, control y recursos. Podemos dilucidar, que Maduro Mora no cayó por una invasión. Cayó porque su propio poder decidió que el presidente era prescindible. Y esa es, quizá, la lección más inquietante para la región: los regímenes no siempre mueren por el enemigo externo, sino por las traiciones que incuban en casa.

De tal forma estimadas y estimados lectoras y lectores, que lo ocurrido en Venezuela no es un episodio aislado. Es una advertencia directa para otros regímenes que orbitan en la periferia de Washington. Cuba, privada del oxígeno petrolero venezolano, enfrenta un escenario de asfixia económica creciente. Nicaragua, con su modelo de copresidencia familiar, se convierte en un caso incómodo difícil de defender. Colombia, en pleno ciclo electoral, observa cómo la tolerancia internacional frente a gobiernos de izquierda tiene límites precisos cuando el narcotráfico entra en la ecuación.

¿Y México?