En los últimos días, un comentario en redes sociales de la escritora Sabina Berman desató una ola de indignación que trascendió colores partidistas y puso en evidencia algo más profundo que una simple descalificación política. Al referirse a la senadora Lilly Téllez como “María Corina Machado tlaxcalteca”, Berman utilizó el gentilicio no como un dato, sino como un epíteto despectivo, cargado de un sentido histórico reduccionista y ofensivo.
La reacción no se hizo esperar, y en ella hay una lección clara: cuando se hiere la identidad de un pueblo, las trincheras políticas se diluyen. Desde el PRI, la senadora Anabell Ávalos Zempoalteca defendió con firmeza que “Tlaxcala no es un insulto: es raíz, identidad y una de las aportaciones más relevantes en la construcción de México”. La Panista Adriana Dávila aclaró con contundencia que “Tlaxcala no es insulto ni muletilla retórica”, y señaló además el error factual: Téllez no es tlaxcalteca, sino sonorense. Incluso la senadora morenista Ana Lilia Rivera se sumó al coro de rechazo, recordando la historia de autonomía, resistencia y contribución de Tlaxcala a la formación de México.
El alcalde de Tlaxcala, Alfonso Sánchez García, cerró filas: “Ser tlaxcalteca es un timbre de orgullo”. Miriam Martínez, diputada del PAN, también alzó la voz. Llama la atención, sin embargo, un silencio significativo: el de la gobernadora del estado. En un momento en que la dignidad colectiva es puesta en entredicho, la ausencia de una postura clara desde la máxima figura del Ejecutivo estatal deja un vacío difícil de ignorar. Mientras políticos de distintos signos se unen para defender el nombre de Tlaxcala, la falta de pronunciamiento oficial contrasta con la contundencia de las voces legislativas y municipales.
Berman, ante la presión, ofreció una disculpa parcial: reconoció haber herido la sensibilidad de los tlaxcaltecas actuales y pidió perdón por ello. Sin embargo, insistió en justificar el símil histórico: comparó a Téllez con los tlaxcaltecas que decidieron aliarse con los españoles en la Conquista. Con ello, no solo redujo una historia compleja a una caricatura, sino que perpetuó un estereotipo que por siglos ha estigmatizado a un pueblo entero. Como bien señaló Rivera, la “diáspora tlaxcalteca” fue fundamental para el poblamiento y desarrollo del norte del país, una contribución que va más allá de un relato simplista de traición.
Lo que está en juego aquí no es solo la susceptibilidad de un estado, sino el uso de la historia como arma arrojadiza en el debate político. Descalificar usando gentilicios no solo revela ignorancia, sino una pereza intelectual que sustituye el argumento por el prejuicio. Tlaxcala no es un término para insultar; es una entidad con historia propia, con orgullo y con un presente que merece respeto.
La polémica ha dejado en claro que, cuando se toca la identidad, los tlaxcaltecas responden unidos. Quizás lo que falta ahora es que quienes los gobiernan alcen la voz con la misma contundencia. La dignidad de un pueblo no se negocia, ni se relativiza, ni se guarda en silencio. Tlaxcala, una vez más, ha tenido que salir a defenderse a sí misma. Y lo ha hecho, esta vez, con varias voces, pero sin la que más debería resonar en momentos como este, se lo digo así, sin maquillaje, ni retoques.
