Adriana Dávila Fernández

Política y activista

En Tlaxcala, la lucha por la sucesión gubernamental ha alcanzado niveles tan pintorescos que uno ya no sabe si está viendo política o una tragicomedia escrita por un guionista con demasiado tiempo libre.

La “unidad” oficialista —esa que el oficialismo presume en fotos, discursos y abrazos de utilería— terminó revelándose como lo que siempre fue: una coreografía de simulación donde todos sonríen mientras afilan el cuchillo detrás del escenario.

Y en medio de esta disputa, emergió el verdadero talante de algunos que dicen estar listos para “dirigir el destino del estado”. Porque nada dice “vocación democrática” como perder la paciencia, ante cuestionamientos sobre el ejercicio público, mientras se pregona humildad y se acude a la victimización frente a una supuesta humillación.

Ahí está el episodio de la senadora Ana Lilia Rivera, quien en una entrevista y luego de que algunos medios cuestionaran su trabajo político, decidió inaugurar la temporada de definiciones filosóficas con una frase que ya es patrimonio del folclor político del estado:

“¿Quién es el estúpido que lo pregunta?”

¡Vaya con la humildad selectiva y la indignación estratégica!

La expresión, por supuesto, se viralizó. Y como suele ocurrir, la explicación fue todavía más descriptiva que la frase original.

La senadora morenista, aseguró que no insultó a nadie, que “estúpido” no es ofensa, sino una descripción técnica para quienes “conociendo la verdad la niegan”. ¡Sin duda, un aporte invaluable a la lingüística contemporánea!

Pero la segunda pregunta que ella misma lanzó —“si tú conoces la información y la niegas, ¿qué eres?”— merece ampliarse.

Porque si alguien se presenta como “constructora de la transformación en México”, conviene preguntarle si conoce, por ejemplo:

• Que durante los gobiernos morenistas han asesinado a más de ciento cuarenta periodistas, cifra que supera a las administraciones anteriores.

• Que el sistema de salud vive una crisis en el abasto de medicamentos, equipo médico y acceso a los servicios que dejó a millones de mexicanos en el desamparo.

• Que la corrupción morenista, permitió que varios de sus compañeros de partido ocuparán gubernaturas, financiadas por el huachicol fiscal y con vínculos con los grupos delictivos más peligrosos del país.

• Que, pese a “la defensa” épica del maíz nacional, México terminó comprando 313% más grano importado y que los sectores agrícola y ganadero, están abandonados por “la transformación”.

• Que, en el segundo piso de la transformación, se continúa con la destrucción de las instituciones autónomas, poniendo en riesgo, la democracia, el estado de derecho, la gobernabilidad, la transparencia y la rendición de cuentas.

Si ella y todos sus compañeros de partido hoy en el gobierno, conocen esto y lo niegan, ¿qué son?… la respuesta está en su propio diccionario.

Así mientras discutimos semántica, Tlaxcala enfrenta un problema mucho más profundo que un exabrupto verbal: Lo señalamos en la columna anterior: La sucesión de 2027 se juega en un tablero donde el poder no se disputa, se hereda.

Porque aquí, la política no es un espacio público: es un árbol genealógico.

Los Sánchez Anaya, los Cuéllar, los Cisneros, los González, los Mena, los Ortiz…

• Distintos apellidos, misma clase política

• Distintos colores, misma herencia.

• Distintas elecciones, mismo resultado.

Así es que lo verdaderamente estúpido, sería permitir que las mismas familias, los mismos pactos y las mismas inercias sigan decidiendo el futuro de un estado que merece infinitamente más de lo que hoy tiene.

Rumbo a 2027, Tlaxcala enfrenta una disyuntiva que ya no admite eufemismos:

seguir sometida a las familias que hoy impulsan a Alfonso Sánchez García y que han tratado al estado como herencia privada, o entregarse a personajes que, como Ana Lilia Rivera, también han contribuido a la debacle nacional desde el poder federal.

La pregunta no es “¿quién es el “estúpido?”.

La pregunta es cuánto tiempo más permitiremos que nos mal gobiernen como si no tuviéramos memoria.

Apuntes para la verdad:

A propósito de una supuesta anécdota que un entusiasta exgobernador, contó en reciente entrevista sobre el proceso electoral 2010, comparto la letra de una canción que fue respuesta al cantautor español Joaquín Sabina: “19 días y 500 noches después”: “Todo lo que se vuelve a contar ya es otra historia, todo lo que se rompe, inventa su enemigo y la misma canción, al cambiar de persona no dice lo de siempre cuando dice lo mismo”.