Omar G. Tlachi
Hace tres años, mientras manejaba para ganarme la vida en la plataforma Didi, me robaron el carro y me tuvieron secuestrado durante dos agónicas horas. Tuve la bendita fortuna de sobrevivir para contarlo. Lamentablemente, una compañera conductora que llevaba días desaparecida en Tlaxcala no tuvo la misma suerte: hace unas horas fue hallada asesinada. La diferencia entre ella y yo es que yo sí estoy vivo para escribir esto; la trágica coincidencia es que a ambos nos tocó un gobierno incapaz de garantizarnos regresar a casa. Pero claro, en el Palacio de Gobierno se sigue respirando un aire de paz ficticia, ideal para que los funcionarios no se despeinen mientras cobran su quincena, viajan con escoltas, camionetas blindadas y celebran que de 10 tlaxcaltecas 5 aprueban a este Gobierno (Según sus encuentas)
Viendo este panorama criminal y el cínico desinterés de nuestras autoridades, me topé en TikTok con una reflexión del usuario El Profe MX que desarma por completo el circo actual: «Entre más veo la política, más claro me queda que muchas veces no consiste en gobernar bien, sino en manipular mejor, en sacarle dinero a unos, votos a otros y hacerles creer a todos que los estás protegiendo». Y es que la política tiene algo muy peligroso: permite que gente sin preparación real, sin carácter y sin moral termine decidiendo sobre la vida de millones. El poder absoluto pudre, y en Tlaxcala ya se convencieron de que están para mandar, no para servir.
Ahí es donde la política se vuelve un asqueroso negocio de simulación. Nos llenan de leyes, de burocracia, de discursos de «abrazos» y de autoridades electorales que andan más ocupadas censurando notas periodísticas que vigilando la ley. Como bien dice El Profe MX, la política nos da asco porque nunca se presenta como abuso, sino como salvación. Te promete orden, te vende protección, te pide el voto y luego te divide, te usa y hasta espera que le des las gracias en la siguiente encuesta de Facebook. ¡Vaya descaro!
Perdonen si soy inoportuno, pero hay que recordarles algo muy simple a los parásitos del presupuesto: los políticos, del color que sean, no son divinidades, son empleados temporales de la gente. El día que se nos olvida eso, dejamos de ser ciudadanos y pasamos a ser sus súbditos. Mientras la oposición juega a las herencias familiares de alcoba y el oficialismo inventa complots extranjeros para tapar sus porquerías con el narco, en la calle nos siguen matando. Si no pueden con el paquete, bájense del carro, que los ciudadanos ya estamos hasta la madre de pagarles el viaje.