Ser joven en México hoy no es sencillo. Lo sé porque lo escucho cuando platico con ellas y con ellos, cuando visito escuelas, cuando recorro comunidades y conozco sus preocupaciones.

Hay jóvenes que quieren estudiar y no encuentran cómo hacerlo. Quienes terminan una carrera y enfrentan empleos precarios. Quienes quieren independizarse, pero descubren que comprar o rentar una vivienda está fuera de sus posibilidades. Hay quienes viven con miedo por la violencia y quienes enfrentan problemas de salud emocional o están en riesgo de caer en las adicciones.

No podemos pedirle a una generación que construya el futuro si hoy no le damos condiciones para construir su propia vida.

Hablar de las y los jóvenes como “el futuro de México” puede sonar bonito, pero también puede ser una manera de aplazar sus derechos. Sí, son el futuro, pero, sobre todo, son el presente de nuestro estado y de nuestro país. Y las decisiones que tomemos hoy determinarán el México en el que van a vivir durante las próximas décadas.

Por eso, uno de los retos de nuestra transformación es que las y los jóvenes no sean solamente beneficiarios de las decisiones públicas, sino también protagonistas de ellas.

El Estado tiene obligaciones y no podemos eludirlas. La política debe servir para ampliar derechos y oportunidades, reducir desigualdades y enfrentar las causas de la violencia, no sólo sus consecuencias. Pero también hay que decirlo claro: ningún gobierno puede vivir la vida por la juventud de hoy.

No se trata de decirles “échale ganas”. Se trata de reconocer que, cuando existen condiciones y oportunidades, también hay jóvenes dispuestos a aprovecharlas, prepararse, trabajar, cuestionar, participar y hacerse cargo de sus decisiones.

México necesita una juventud que no permanezca al margen de la vida pública. No jóvenes que sólo voten cuando hay elecciones, sino jóvenes que conozcan cómo funciona su municipio, que sepan qué hace un Congreso, que exijan cuentas a sus autoridades, que defiendan su comunidad, que participen en las decisiones que les afectan y que se atrevan a entrar en la política sin renunciar a sus principios.

También necesitamos que aprendan a defenderse de nuevas formas de manipulación. Las redes sociales pueden informarnos y acercarnos, pero también pueden convertir la mentira en tendencia. La inteligencia artificial puede ayudarnos a aprender, crear y trabajar, pero también puede utilizarse para engañar, manipular o sustituir nuestro propio criterio. Debemos usar la tecnología, pero no permitir que piense por nosotros. Necesitamos ciudadanos capaces de cuestionar, contrastar y pensar por sí mismos.

Entre tantos problemas existentes, tenemos que construir comunidades donde existan alternativas: educación, deporte, cultura, empleo, espacios públicos y proyectos de vida. No basta con decirle a un joven que se aleje de la violencia o de las adicciones si no construimos a su alrededor condiciones que le permitan encontrar otro camino.

En todo esto, sin embargo, hay una institución que ninguna política pública puede sustituir completamente: la familia.

No hablo de familias perfectas. No existen. Hablo de ese primer lugar donde aprendemos a convivir, a respetar, a poner límites, a enfrentar una dificultad y a entender que nuestras decisiones tienen consecuencias. Una familia que acompaña puede hacer una diferencia enorme en la vida de un joven.

México necesita una generación preparada para ejercer sus derechos, pero también para asumir sus decisiones. Una generación que no acepte la desigualdad como destino, que no normalice la violencia, que no entregue su criterio a las redes sociales y que entienda que la política no es asunto exclusivo de los políticos.

La transformación de un país no puede hacerse solamente desde las instituciones. Necesita ciudadanos que participen, que cuestionen, que propongan y que asuman su responsabilidad con los demás. Y las y los jóvenes tienen que ocupar un lugar central en esa tarea.

El país que las y los jóvenes quieren no va a construirse solo.

Por eso, quizá la pregunta que más vale la pena hacerse no es solamente qué México quieren recibir, sino qué están dispuestos a hacer para construirlo.

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