Dra. Elsa Martínez Flores | En las redes sociales, los fraudes han encontrado un terreno fértil para multiplicarse. Un grupo vulnerable son los viajeros, quienes comparten en plataformas recomendaciones, rutas y ofertas para conocer otros destinos. Sin embargo, también aparecen personas que ofrecen paquetes turísticos y convierten la confianza en una trampa.

Hubo un caso que llamó la atención en las redes: una víctima de fraude publicó la fotografía de la credencial del INE de la persona que supuestamente le había vendido un viaje y advirtió que debían tener cuidado con ese hombre, pues, una vez que recibió el depósito, dejó de contestar el teléfono.

Sin embargo, alguien reconoció la fotografía y advirtió que el rostro del documento no correspondía con el de la persona que aparecía en la publicación. La identificación pertenecía a alguien más: el defraudador había utilizado la identidad de un tercero para ocultar la suya y desviar las sospechas hacia una persona ajena al delito.

La pregunta que surgió entre los integrantes del grupo fue inevitable: ¿de dónde obtienen los defraudadores estas credenciales? Una posibilidad es que las consigan durante el propio proceso de contratación.

Para reservar un viaje, rentar un alojamiento o realizar ciertos trámites, algunas personas solicitan identificaciones como parte de sus protocolos. Un documento entregado para acreditar la identidad puede terminar en manos equivocadas si quien lo recibe actúa de manera fraudulenta.

Pero no es la única vía. Las credenciales también pueden circular a partir de filtraciones de datos, engaños mediante los cuales las víctimas entregan información personal, accesos indebidos a archivos o la reutilización de documentos compartidos en otros contextos.

No siempre es posible conocer el origen de una identificación utilizada en una estafa; precisamente por eso, presentar el INE como prueba de confianza puede resultar engañoso. El problema va más allá del dinero perdido en una reservación.

Cuando un defraudador utiliza la fotografía y los datos de otra persona, no solo perjudica a quien entrega su dinero: también involucra al titular legítimo de la credencial, quien puede quedar expuesto a sospechas, reclamaciones y situaciones que nunca provocó.

Mientras el responsable permanece oculto detrás de un perfil falso, la persona cuya identidad fue usurpada puede tener que demostrar que no ofreció el servicio ni recibió el dinero. En este escenario, la confianza digital exige algo más que una fotografía de una credencial.

Conviene verificar la trayectoria de quien ofrece el servicio, buscar referencias independientes, desconfiar de los pagos urgentes y evitar enviar documentos completos cuando no sean indispensables. Si es necesario compartir una identificación, hay que comprobar quién la solicita, para qué la utilizará y qué medidas ofrece para proteger los datos.

La tecnología facilita los viajes, las compras y las relaciones entre desconocidos, pero también permite que la suplantación de identidad se convierta en una herramienta del fraude.

El desafío no consiste en dejar de confiar, sino en aprender a verificar antes de entregar dinero o información personal. Porque, en la era digital, el rostro que aparece en una credencial puede ser real, sus datos pueden ser auténticos y, aun así, quien los exhibe puede estar mintiendo.

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