Omar G. Tlachi | Hoy empieza el Mundial en nuestra casa. Para quienes amamos este deporte, la fecha desata inevitablemente una oleada de nostalgia, una especie de búnker de la memoria que nos hace repasar lo que fuimos y dónde estábamos cada cuatro años. Yo nací en 1983; por ende, del Mundial de México 86 no tengo un solo recuerdo. Mi verdadera memoria futbolera despertó en Estados Unidos 94, cuando era un niño de primaria de escasos 11 años, emocionado con aquel partido contra Bulgaria y la mítica final entre Brasil e Italia.
Para Francia 98, el mundial me atrapó en la preparatoria, viviendo esa adolescencia donde se construyen los pocos pero verdaderos amigos de la vida. En mi casa, mientras tanto, la política era el pan de cada día; mi madre la discutía a todas horas. Aquel año mundialista coincidió de manera exacta con el histórico sismo político de Tlaxcala: el PRI perdió por primera vez la gubernatura frente a Alfonso Sánchez Anaya. Para mi familia el golpe fue doblemente duro: mi padre pertenecía al grupo cercano del candidato priista Joaquín Cisneros, y en medio de esa dolorosa derrota política, sufrimos la pérdida de mi abuela y de gente entrañable. Fue un año de rupturas.
Después vendría el preámbulo de otra gran transición en las elecciones de 2004, que prepararían el terreno para que el estado se pintara de azul con la llegada de Héctor Ortiz al gobierno a principios de 2005. Para el Mundial de Alemania 2006, a mis 23 años, yo ya llevaba un año picando piedra en el mundo laboral; mis pininos en Coracyt grabando programas de terror y metiéndome al ruedo de la organización de eventos masivos como el Grito de Independencia o la logística de los contingentes tlaxcaltecas en Puebla.
Sin embargo, el mundial que partió mi historia en dos fue Sudáfrica 2010. Políticamente se cocinaba el regreso del PRI con Mariano González Zarur como gobernador electo, pero en lo personal, ese año llegó a mi vida mi único y verdadero amor: el nacimiento de mi hijo. Por eso, Brasil 2014 fue mágico; fue el primer torneo que disfruté a su lado, viéndolo emocionarse con apenas cuatro años. Para Rusia 2018, mi vida profesional dio otro giro al incorporararme como subdirector académico en el Cecyte de Nopalucan, cerrando aquella larga etapa de productor de eventos que inicié desde la universidad. Y el último, Qatar 2022, nos recibió con una nostalgia densa, pesada, saliendo de una pandemia global que nos arrebató a demasiadas personas queridas en el camino.
Hoy, en este jueves de inauguración, regresamos al punto de partida. Pero el México de 2026 no es el de antes. Hoy el balón rueda en un país roto. Nos quieren recetar la fórmula de negar, negar y negar que hay violencia, pero los datos duros del propio gobierno, los desmienten por completo: la escala de la violencia se ha elevado a niveles alarmantes. Tlaxcala también está roto. Vivimos en una nación con la economía estancada, la deuda asfixiando el futuro y la herida sangrante de más de 130,000 personas desaparecidas.
Este Mundial ya no es el de la gente; se ha convertido en un espectáculo de élite para unos cuantos. El fútbol, por cuestiones puramente económicas, dejó de ser accesible para el pueblo. La gran mayoría de los mexicanos, los que tenemos que salir a corretear la chuleta en el día a día, no estaremos en un palco; lo sintonizaremos desde la pequeña pantalla de un celular o de reojo en alguna televisión pública mientras trabajamos.
A pesar de todo, nos emociona. Sí, nos emociona y nos aferramos a esa vieja fantasía infantil de ver a la Selección Mexicana levantar la copa en nuestra propia tierra. El debut de la selección hoy nos regalará, si ganamos, una pequeña e indispensable dosis de alegría. Un bálsamo de noventa minutos. Pero seamos realistas: cuando el árbitro pite el final y las luces del estadio se apaguen, la fantasía habrá terminado. Un gol no va a borrar los muertos, ni va a regresar a los desaparecidos, ni va a arreglar la economía. El triunfo de hoy nos dará un respiro, pero mañana nos despertaremos exactamente en el mismo México y en el mismo Tlaxcala que hoy siguen rotos.
Perdonen si soy inoportuno, pero que la fiesta del balón no nos vuelva ciegos ante la realidad. Que ruede la pelota, pero que no se nos olvide el país.