La falta de límites en la política mexicana no conoce tregua, ni siquiera cuando el país entero se paraliza para celebrar el futbol. Lo que comenzó como una estrategia de bardas pintadas en al menos 30 municipios de Tlaxcala —con la leyenda “[Municipio] va con él ❤️ y él es Alfonso Sánchez”— ahora mutó a un formato más creativo y, a la vez, más cínico: playeras pirata de la Selección Mexicana con el nombre “Alfonso” y los números 20-27 en la espalda.
Durante la transmisión del partido inaugural del Mundial 2026 entre México y Sudáfrica, en la Plaza de la Constitución de Tlaxcala, funcionarios del gobierno municipal y estatal aparecieron vistiendo estas prendas no oficiales. Ni siquiera la FIFA —que ha advertido sanciones rigurosas contra quien promueva productos no autorizados— fue un disuasivo para el presidente municipal de Tlaxcala, Alfonso Sánchez García, quien utilizó un evento deportivo global como escaparate de sus aspiraciones a la gubernatura por Morena en 2027.
El mensaje es claro: primero fueron bardas, ahora son playeras. ¿Mañana serán calcomanías en los parabrisas de los camiones de basura? ¿Servilletas en los puestos de tacos? La imaginación del alcalde para burlar los límites legales parece tan fértil como su necesidad de aparecer en cada rincón del estado.
Pero el problema no es solo estético ni meramente simbólico. El Instituto Tlaxcalteca de Elecciones (ITE) ya había ordenado, tras una resolución del Tribunal Electoral local, el retiro inmediato de decenas de bardas y espectaculares por constituir actos de promoción personalizada y posicionamiento anticipado. Sánchez García, por supuesto, se deslindó: aseguró que ni él ni su equipo financiaron o promovieron esas pintas, que todo fue obra de “terceros” o “expresiones espontáneas”. La misma cantaleta de siempre.
Ahora, con las playeras, ocurre algo similar. El edil no las portó —usó una sin su nombre—, pero sus colaboradores, funcionarios estatales y el propio esposo de la gobernadora Lorena Cuéllar sí las lucieron. Y la mandataria estatal, al ser cuestionada, respondió con una frase que merece guardarse en el museo de la evasión política: “Cualquiera puede expresar apoyo”. Claro, siempre y cuando ese “apoyo” no cueste millones en bardas, lonas, espectaculares y playeras que, casualmente, nadie financió y nadie mandó hacer.
El timing no es inocente. El Tribunal Electoral obligó a reponer el procedimiento contra Sánchez García tras anular un acuerdo del ITE que, en abril pasado, había desechado las medidas cautelares. El presidente del organismo, Emmanuel Ávila González, argumentó entonces que no había elementos suficientes para acreditar autoría. La ciudadanía, mientras tanto, veía las bardas con sus propios ojos. Ahora, con el Mundial de fondo, la estrategia se viste de verde y se esconde detrás del rugido de la afición.
Hay algo profundamente indignante en esta forma de hacer política: la simulación permanente. Simular que no hay campaña anticipada cuando todo indica lo contrario. Simular que las playeras son solo simpatía ciudadana o un gesto de afición futbolera cuando el nombre y el año de la elección están estampados como una declaración de intenciones. Simular que se respeta a la autoridad electoral mientras se le desafía con actos que, por su sistematicidad y extensión territorial, no pueden ser más que operaciones orquestadas.
La ley es clara. La equidad, la legalidad y la certeza que exige cualquier proceso electoral no pueden ser vulneradas bajo el disfraz del fervor deportivo. La FIFA no es el único organismo que debería aplicar sanciones; el ITE y el Tribunal Electoral tienen la obligación de actuar con firmeza, no solo ordenando retiros a posteriori, sino evitando que estos actos de promoción encubierta siquiera ocurran.
Porque en Tlaxcala ya no es noticia que un político quiera ser gobernador. Lo grave es que quiera serlo violando las reglas, escondiéndose en el futbol y tratando a la ciudadanía como una tribuna más de su campaña perpetua. Ya eran bardas, ahora son playeras. La pregunta es: ¿hasta dónde llegará la siguiente ocurrencia? Y más importante aún: ¿quién lo va a detener?
Y al vocero municipal, que cree que puede mandar las invitaciones a la prensa según sus afinidades personales, un recordatorio: la investidura se respeta en ambos sentidos. Quien escribe esta columna, directora de este medio, no necesita invitaciones condescendientes, ni comentarios burlones, sólo verdad y transparencia. Deje a un lado sus diferencias, y también si le caigo bien o no… se lo digo así, sin maquillaje ni retoques.