Dra. Elsa Martínez Flores | Las redes sociales llegaron a los reality shows para cambiar las reglas del juego. Hoy un participante no solamente compite frente a un jurado: también construye una comunidad digital que lo defiende, lo impulsa y puede convertirlo en tendencia.

El fandom dejó de ser espectador para convertirse en un actor con capacidad de presión. Sin embargo, no todos los realities funcionan igual, y ahí está la discusión. En programas como La Casa de los Famosos, donde el público participa directamente con su voto, la popularidad digital puede convertirse en una herramienta decisiva.

Un participante puede sobrevivir gracias a una comunidad capaz de votar, organizarse y movilizarse en redes. La lógica cambia cuando hablamos de MasterChef. Ahí puede existir un participante con miles de seguidores, convertirse en favorito y generar una enorme conversación digital, pero existe una condición que las redes no pueden resolver: hay que cocinar.

El fandom puede defender a su favorito, pero no puede sustituir el platillo que llega al jurado. El caso reciente de Daniela Parra, quien no pudo llegar a la eliminatoria, permite observar precisamente esa tensión entre popularidad y desempeño, aunque su público fiel mostrara su indignación a través de las redes sociales.

Las redes pueden construir simpatías, generar conversación y convertir a alguien en protagonista de la conversación pública, pero una competencia culinaria necesita conservar un criterio que no dependa exclusivamente de cuántas personas siguen a un participante.

Aquí resulta útil la mirada de Pierre Bourdieu sobre el capital social y el capital simbólico. Un participante puede acumular una enorme red de seguidores, reconocimiento y visibilidad, pero ese capital no necesariamente se traduce en la habilidad específica que exige una competencia.

En MasterChef, el fandom puede hacer ruido, defender a su favorito y mantenerlo presente en redes, pero al final existe otro capital que pesa: lo que ocurre frente a los fogones.

Las productoras ya no pueden ignorar ese poder. Las redes generan audiencia, conversación, tendencias y fidelidad; incluso pueden mantener vivo un programa entre una emisión y otra. Pero precisamente por eso deben establecer con claridad dónde termina el voto del público y dónde comienza el criterio del formato.

Las redes sociales pueden decidir quién es popular, pero no necesariamente quién es el mejor. El fandom puede empujar, defender y hacer ruido; lo que no puede hacer es cocinar por su favorito, sin embargo, es necesario precisar que, las reglas de MasterChef debieron ser claras desde un inicio, para no generar confusión en la audiencia.

Porque hay competencias en las que la audiencia debe tener la última palabra, pero también hay otras en las que, aunque duela al fandom, el platillo tiene que hablar por sí mismo.

 

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