Por Mariana LOVERA
- Claudia Sheinbaum vino a Tlaxcala a hablar de gobierno.
Pero, inevitablemente, buena parte de la clase política terminó mirando hacia otro lado: la sucesión de 2027.
Y no es para menos.
La visita de la presidenta de México ocurrió justo cuando Morena atraviesa uno de sus momentos internos más delicados e interesantes en Tlaxcala: la definición de quién encabezará la Coordinación Estatal de Defensa de la Transformación y la Soberanía, una posición que tendrá un peso evidente en la ruta hacia la gubernatura.
Oficialmente, Sheinbaum llegó para continuar con la rendición de cuentas que realiza por las entidades del país con motivo de su Segundo Informe de Gobierno. La gira no nació en Tlaxcala ni tiene, formalmente, el propósito de resolver candidaturas.
En la entidad habló de programas sociales, vivienda, salud, infraestructura y de la relación entre los gobiernos federal y estatal. Informó que más de 460 mil tlaxcaltecas reciben al menos un Programa para el Bienestar y anunció, entre otras acciones, 17 mil 330 viviendas y 118 nuevos consultorios de atención primaria con farmacia.
Hasta ahí, el informe.
Porque alrededor del escenario se estaba contando otra historia.
Mientras Claudia hablaba de los resultados de su administración, buena parte de la clase política tlaxcalteca parecía concentrada en interpretar quién estaba, quién no estaba, quién logró acercarse, quién consiguió la fotografía y hasta quién recibió un abrazo.
Así es la política.
Cuando una sucesión está abierta, hasta una silla puede convertirse en mensaje.
Los que fueron y los que no.
La intención alrededor del encuentro era evitar que la visita presidencial terminara convertida en una pasarela de aspirantes.
Y algunos de quienes participan en el proceso interno optaron por mantener un perfil distinto.
Alfonso Sánchez García no apareció buscando la fotografía presidencial.
Carlos Augusto Pérez Hernández tampoco convirtió el evento en una demostración personal. Horas después destacó públicamente la visita y la cercanía de Sheinbaum con Tlaxcala, pero concentró su posicionamiento en los resultados del Gobierno Federal.
Quienes sí decidieron aparecer fueron dos personajes que hoy tienen mucho que jugar:
Ana Lilia Rivera Rivera y Raymundo Vázquez Conchas.
Y aquí empieza lo interesante.
Ana Lilia consiguió algo que políticamente tiene valor: la fotografía con Claudia.
El encuentro quedó registrado en imágenes difundidas posteriormente. Hubo saludo y abrazo entre la presidenta y la senadora con licencia. Rivera Rivera aprovechó después sus redes sociales para reconocer el Segundo Informe y reiterar su respaldo al proyecto encabezado por Sheinbaum.
Pero apareció otro video.
Uno que no fue difundido originalmente por el equipo de Ana Lilia y que provocó una lectura completamente distinta entre algunos observadores: la interacción pareció mucho más breve y fría de lo que sugerían las imágenes seleccionadas para redes.
¿Desdén?
¿Prisa?
¿Una interacción absolutamente normal dentro de un evento multitudinario?
Juzgue usted.
Porque ahí entramos ya en el terreno de las interpretaciones.
Y las fotografías en política tienen esa extraña cualidad: no necesariamente cuentan toda la historia, pero rara vez pasan inadvertidas.
Raymundo Vázquez Conchas también acudió y aprovechó el momento para refrendar públicamente su respaldo a Sheinbaum. Horas después difundió su fotografía y un posicionamiento destacando los resultados de la administración federal.
Y entonces aparece la primera pregunta incómoda:
¿por qué algunos aspirantes prefirieron mantenerse alejados y otros consideraron necesario hacerse presentes?
Quizá cada equipo interpretó de manera diferente el momento político.
Quizá unos consideraron que no era conveniente mezclar el informe presidencial con la competencia interna.
O quizá otros pensaron algo mucho más sencillo:
cuando una candidatura está en juego, nadie quiere correr el riesgo de quedarse fuera de la fotografía, aunque eso signifique desobedecer las instrucciones de Palacio Nacional.
Marcela, en primera fila.
Hubo otra presencia que llamó poderosamente la atención.
Marcela González Castillo, esposa de Alfonso Sánchez García y figura relevante dentro de Morena en Tlaxcala, estuvo en primera línea.
Y claro que eso alimentará interpretaciones.
Porque si Alfonso decidió no aparecer personalmente en busca de reflectores, la presencia de Marcela inevitablemente abre otra pregunta:
¿ausencia calculada de Alfonso con presencia política de su grupo?
Puede ser.
También puede no significar absolutamente nada.
Pero estamos hablando de una sucesión y, en una sucesión, hasta los silencios generan versiones.
Más aún porque la disputa interna entre los grupos de Alfonso Sánchez, Ana Lilia Rivera y Raymundo Vázquez lleva meses acumulando señalamientos.
Raymundo, por ejemplo, ha acusado que Morena en Tlaxcala se encuentra “secuestrado” para favorecer políticamente a Alfonso Sánchez y ha llevado sus inconformidades ante instancias internas del partido por un supuesto intervencionismo estatal.
Son acusaciones de Vázquez, no hechos acreditados por sí mismos.
Pero muestran el nivel de confrontación existente.
Carlos Augusto Pérez Hernández también ha cuestionado actos partidistas que, desde su perspectiva, han terminado favoreciendo al proyecto de Alfonso.
Con ese contexto, era prácticamente imposible que la visita presidencial escapara de las lecturas sucesorias.
¿Claudia habló con Lorena?
Y aquí viene la pregunta que probablemente comenzará a recorrer las mesas políticas de Tlaxcala:
¿Claudia Sheinbaum y Lorena Cuéllar hablaron de la sucesión?
Hasta ahora no existe información pública que permita asegurarlo.
Y cualquier versión presentada como certeza sería simplemente especulación.
Pero también resulta evidente que el proceso político de Tlaxcala no ocurre en el vacío.
La competencia está abierta, las diferencias entre los grupos son públicas y las encuestas forman parte del mecanismo anunciado para la definición.
De hecho, José Antonio Álvarez Lima, entrevistado antes del evento presidencial, volvió a poner el tema sobre la mesa: serán las encuestas las que definan al coordinador o coordinadora y quienes participan deberán tener la madurez suficiente para aceptar el resultado.
Entonces las preguntas aparecen solas.
¿Hubo conversación privada entre Claudia y Lorena?
¿La gobernadora expresó alguna opinión sobre el proceso?
¿Sheinbaum preguntó cómo está realmente Morena en Tlaxcala?
¿Hablaron de Ana Lilia?
¿De Alfonso?
¿De Raymundo?
¿De Carlos Augusto?
¿De los demás aspirantes?
No lo sabemos.
Y decir que ocurrió sin tener elementos para demostrarlo sería convertir el rumor en información.
Pero que no podamos responder esas preguntas no significa que políticamente hayan dejado de existir.
Al contrario.
Todos quieren saber qué piensa Palacio Nacional.
Y todos quieren saber qué piensa Lorena Cuéllar.
Porque la gobernadora sigue siendo una pieza imposible de sacar del tablero cuando se intenta entender la sucesión tlaxcalteca.
La señal que quizá no existió.
Aquí hay algo todavía más interesante.
Mientras todos buscaban mensajes escondidos en saludos, lugares, abrazos y fotografías, públicamente Claudia Sheinbaum no dio una señal sucesoria inequívoca.
Y quizá eso sea lo más relevante.
No hubo destape.
No hubo una frase pública que inclinara abiertamente el proceso hacia alguno de los aspirantes.
No hubo humo blanco.
Por el contrario, el discurso público alrededor del proceso continúa apuntando hacia los mecanismos internos de Morena.
Álvarez Lima lo resumió horas antes:
que decidan las encuestas.
Entonces quizá el mensaje más importante de Claudia no estuvo en algún abrazo.
Quizá estuvo precisamente en no enviar públicamente ningún mensaje sucesorio.
Claudia se llevó otra fotografía.
Porque si hubo algo indiscutible durante la visita presidencial fue la recepción de la gente.
Al terminar el evento, cientos de personas buscaron acercarse a Sheinbaum para conseguir una fotografía, un video, un saludo o simplemente unos segundos junto a la presidenta.
Su salida se volvió lenta entre quienes intentaban acercarse.
Y esa terminó siendo otra de las imágenes políticas del día.
Mientras dirigentes, aspirantes, operadores y periodistas trataban de descifrar las señales de 2027, muchos ciudadanos tenían una preocupación bastante más sencilla:
tomarse una selfie con Claudia.
Unos buscaban la señal.
Otros, la fotografía.
¿Y ahora qué?
Claudia ya se fue de Tlaxcala.
Las preguntas se quedaron.
¿Qué conversó realmente con Lorena Cuéllar?
¿Hubo alguna conversación sobre el proceso interno?
¿Qué lectura hará la dirigencia nacional de Morena sobre quienes decidieron hacerse presentes?
¿Qué significa —si es que significa algo— que Alfonso Sánchez García no buscara protagonismo personal mientras Marcela González estuvo en primera línea?
¿La fotografía de Ana Lilia con Claudia suma políticamente o simplemente documenta un saludo?
¿La presencia de Raymundo buscó enviar algún mensaje?
Tal vez nada.
Tal vez algo.
Eso lo sabremos después.
Porque la sucesión tlaxcalteca ha entrado justamente en esa etapa en la que todos buscan señales porque todavía nadie tiene la señal definitiva.
Y mientras los grupos internos hacen cuentas, miden fotografías y revisan encuestas, Lorena Cuéllar continúa ocupando un lugar central en cualquier lectura sobre lo que viene.
Claudia Sheinbaum, en cambio, hizo algo bastante sencillo: vino a Tlaxcala, rindió cuentas, saludó ciudadanos, convivió con políticos y se marchó sin destapar públicamente a nadie.
Así que quienes esperaban que desde Tlaxcala saliera humo blanco tendrán que seguir esperando.
Porque después de la visita presidencial, la pregunta que domina la conversación interna sigue prácticamente en el mismo lugar:
¿Ana Lilia o Alfonso?
Aunque quizá convenga agregar una tercera posibilidad:
¿y si todavía no está decidido?
Porque entre tantos abrazos, fotografías, ausencias, primeras filas y videos analizados cuadro por cuadro, la única señal presidencial que hasta ahora puede afirmarse sin especular es justamente esa:
Claudia no dio públicamente la señal que todos estaban buscando.
Y en política, a veces, no mandar una señal también genera un mensaje.
Se lo digo así, sin maquillaje ni retoques.