Por Mariana LOVERA
Mañana se cumplen 12 años.
Doce años desde aquella noche en Iguala que dejó una herida abierta en México. Doce años de investigaciones, gobiernos, versiones, expedientes, promesas y discursos.
Pero también son 12 años de algo mucho más sencillo y mucho más doloroso: una madre esperando a su hijo.
Porque entre los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa hay un nombre que en Tlaxcala debería resultarnos imposible mirar como una cifra más.
César Manuel González Hernández.
Era de Huamantla. Tenía 22 años y quería ser maestro.
Antes de llegar a la Normal Rural de Ayotzinapa ya había enseñado a niñas y niños de comunidades a leer y escribir. Su historia no era la de alguien que buscaba convertirse en personaje nacional ni aparecer en las páginas de los periódicos.
Era la historia de un joven tlaxcalteca que salió de casa para estudiar.
Y no regresó.
Quizá ese sea el punto que después de 12 años corremos el riesgo de olvidar.
Ayotzinapa se convirtió en expediente, consigna, bandera política, documental, conferencia de prensa y tema de campaña. Pasaron presidentes, procuradores, fiscales y funcionarios. Aparecieron versiones que después fueron cuestionadas, nuevas investigaciones, detenciones y líneas que parecían acercarse a una respuesta.
Mientras tanto, en una casa de Tlaxcala el tiempo siguió corriendo.
Para nosotros han pasado doce años.
Para una madre han sido más de cuatro mil mañanas preguntándose dónde está su hijo.
Y ahí está la diferencia.
Los gobiernos pueden cambiar de administración. Los expedientes pueden cambiar de escritorio. Los funcionarios pueden dejar el cargo y continuar con su vida.
Las familias no pueden cambiar de hijo.
Por eso Ayotzinapa no debería recordarse únicamente cada 26 de septiembre.
Mucho menos en Tlaxcala.
Porque uno de esos 43 salió de aquí.
César Manuel González Hernández caminó nuestras calles, tuvo una familia tlaxcalteca, hizo planes y tomó un autobús creyendo que después habría otro viaje de regreso.
Ese viaje nunca ocurrió.
Doce años después, México todavía tiene una deuda con 43 familias.
Y Tlaxcala tiene una razón particular para no permitir que el tiempo convierta aquella noche en una simple efeméride.
Porque detrás del número 43 existen nombres.
Y uno de ellos nació aquí.
César Manuel sigue faltando en Huamantla.
Mientras no sepamos dónde está, para Tlaxcala el caso Ayotzinapa tampoco puede estar cerrado.