Ana Lilia Rivera Rivera *

Por años he sostenido una convicción que no nace del discurso, sino del camino andado: la política que transforma no se hace desde el escritorio, se construye en el territorio, escuchando, mirando a los ojos y dialogando con la gente. Escuchar a Tlaxcala ha sido, desde hace casi tres décadas, una práctica cotidiana que me ha enseñado que cada comunidad guarda una lección y cada voz, una propuesta posible. Hoy, esa certeza cobra un sentido especial cuando pienso en la juventud, en su energía crítica y en su legítima exigencia de futuro.

Caminar las comunidades, asistir a asambleas, conversar con madres, campesinos, estudiantes y trabajadores me ha confirmado que escuchar no es un gesto simbólico ni un acto de cortesía política. Es una responsabilidad pública. De ese diálogo surgen las ideas que dan forma a mi trabajo legislativo; ahí se encuentran las claves para construir leyes y políticas que respondan a la realidad de Tlaxcala y no a abstracciones alejadas de la vida diaria. Escuchar es, en el fondo, un ejercicio de respeto.

En ese escuchar permanente, la voz de la juventud ocupa un lugar central. Las y los jóvenes no solo preguntan qué país heredarán, también nos interpelan sobre el país que estamos construyendo hoy. En el diálogo que sostuve con estudiantes de la Universidad del Valle de Tlaxcala confirmé algo que me llena de esperanza: hay una generación consciente, crítica y profundamente interesada en transformar su entorno. Escuchar a la juventud no es una concesión, es una necesidad para pensar políticas públicas con visión de largo plazo y sentido social.

He dicho y lo reitero: la soberanía científica y tecnológica no es patrimonio exclusivo de los grandes centros industriales. También se construye desde los estados, desde las aulas, desde el compromiso de jóvenes que entienden su realidad y desean mejorarla.

Tlaxcala quizá no compite en las mismas condiciones que otros polos de desarrollo, pero tiene una riqueza invaluable: su conocimiento acumulado, sus sistemas productivos resilientes y sus saberes ancestrales.

Nuestros conocimientos tradicionales no pertenecen al pasado; son herramientas vivas para enfrentar los desafíos del presente. El reconocimiento del metepantle tlaxcalteca como Sistema Importante del Patrimonio Agrícola Mundial nos recuerda que aquí se ha sabido cuidar la tierra, preservar la biodiversidad y sostener la vida durante siglos. Ese saber dialoga hoy con la ciencia contemporánea y abre oportunidades reales para un desarrollo sostenible, justo y con identidad.

Desde el Poder Legislativo tenemos la responsabilidad de crear los marcos normativos y presupuestales que orienten ese rumbo. Por eso he impulsado iniciativas estratégicas, como la reforma constitucional en materia de tierras raras, convencida de que la soberanía también se defiende garantizando que los recursos clave para las tecnologías del futuro estén al servicio de la nación y de su gente.

A las y los jóvenes de Tlaxcala quiero decirles algo con absoluta claridad: la ciencia y la tecnología no son ajenas ni distantes. Son herramientas para transformar su comunidad, para resolver problemas reales y para imaginar un país más justo y digno. Su mirada, su creatividad y su compromiso son indispensables para construir ese futuro que anhelamos.

Tlaxcala no es solo un territorio; es memoria, raíz y comunidad. Avanza cuando sus voces se escuchan y se convierten en propuestas. Por eso seguiré caminando, dialogando y aprendiendo de su gente, convencida de que el verdadero cambio nace cuando la juventud se reconoce como protagonista y el Estado asume, con humildad, la tarea de escucharla.

Senadora de la República por el Estado de Tlaxcala *