SOCIOLOGANTE
Dra. Elsa Martínez Flores
El foco ya no está solo en el uso de redes sociales, sino en sus efectos reales sobre la salud mental. En Estados Unidos, Meta, TikTok y YouTube enfrentan juicios por acusaciones de generar adicción en menores, un señalamiento que pone en el centro a los algoritmos y su diseño deliberado para retener la atención juvenil.
Las demandas sostienen que estas plataformas conocen los daños que provocan ansiedad, depresión, trastornos del sueño y aun así priorizan la interacción sobre el bienestar. No es un debate moral: es un cuestionamiento jurídico al modelo de negocio digital basado en la vulnerabilidad.
Este momento marca un quiebre. Por primera vez, el problema no se reduce a la “responsabilidad de los padres”, sino a la responsabilidad estructural de las empresas tecnológicas, que han moldeado entornos digitales altamente adictivos para cerebros en formación.
En ese mismo contexto global, Francia acaba de aprobar en su Asamblea Nacional (Cámara de Diputados) la prohibición del uso de redes sociales a menores de 15 años. La votación fue contundente: 130 votos a favor y solo 21 en contra, lo que muestra un amplio respaldo político, aunque aún falta luz verde del Senado antes de su entrada en vigor, previsiblemente en septiembre 2026.
La medida no surge de la nada: es una respuesta política a una evidencia que ya nadie puede ignorar. Los defensores argumentan que limitar el acceso temprano protege la formación emocional de las infancias y pone freno a los algoritmos predatorios que buscan captar la atención de usuarios vulnerables.
Ambos casos, Estados Unidos y Francia, revelan algo clave: el mundo está empezando a aceptar que las redes sociales sí afectan la mente de niñas, niños y jóvenes, y que no se trata solo de “mal uso”, sino de sistemas diseñados para capturar atención a cualquier costo.
La salud mental juvenil se ha convertido en un tema de seguridad social y de política pública. Limitar, regular o incluso prohibir ya no parece extremo cuando el daño es acumulativo, silencioso y normalizado dentro de la vida digital cotidiana. La humanidad entra en una nueva etapa donde la tecnología deja de ser intocable.
Byung-Chul Han advierte que vivimos en una sociedad del rendimiento donde el control ya no opera por prohibición, sino por seducción. Las redes sociales, al promover la autoexposición constante, la comparación y la búsqueda de aprobación, generan sujetos agotados, ansiosos y emocionalmente frágiles.
En jóvenes, esta dinámica intensifica la autoexigencia y convierte la conexión permanente en una fuente de desgaste psíquico normalizado. El reto no es frenar el futuro, sino construir entornos digitales que no enfermen a quienes crecen dentro de ellos. Y ese debate apenas comienza.
