Adriana Dávila Fernández
Política y activista
Hay cifras que no solo alarman: despiertan. Una de ellas es el aumento de más de 1,300% en la extorsión en Tlaxcala. La Confederación Patronal de la República Mexicana (COPARMEX) lo denunció con contundencia, y lo hizo basándose en los datos oficiales del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP). No es una cifra inventada, no es un cálculo caprichoso: es la variación real entre un año y otro.
Es decir: lo que COPARMEX dijo es exactamente lo que dicen los datos del gobierno federal. Y sin embargo, el gobierno del Estado insiste en que Tlaxcala es “uno de los estados más seguros del país”.
Porque un estado verdaderamente seguro no tendría que esconder cifras, ni seleccionar solo los datos que le convienen, ni repetir eslóganes mientras la realidad se desmorona.
Siete secretarios de seguridad en lo que va del sexenio: es la prueba de que algo está roto. Por eso, la seguridad no se presume: se construye, y el gobierno de Tlaxcala no ha construido nada estable.
En cinco años, hemos tenido siete titulares de seguridad pública, una rotación que revela improvisación, crisis interna y ausencia total de estrategia: Alfredo Álvarez Valenzuela, Maximino Hernández Pulido, Raúl Ruiz García, Guadalupe Ballesteros Arellano, Ramón Celaya Gamboa, Ángel Gilberto Zamora Ibarra, Alberto Martín Perea Marrufo; siete nombres, siete intentos fallidos, siete recordatorios de que el discurso oficial no coincide con la realidad que vivimos.
Mientras COPARMEX advierte sobre el exhobirtante crecimiento de este delito, el gobierno estatal prefiere hablar de turismo, de “promoción internacional” y de supuestos logros que no resisten el menor contraste.
Porque mientras los empresarios denuncian cobros de piso, amenazas y llamadas intimidatorias, la respuesta oficial ha sido el silencio, que ya no es prudencia: suena a complicidad.
En medio de esta emergencia silenciosa y mientras a los españoles se les exigen disculpas públicas, funcionarios estatales viajaron a España para “promocionar” al estado, pero la comitiva parecía más familiar que institucional, vea usted: la gobernadora, Lorena Cuéllar Cisneros, y uno de “los orgullos de su nepotismo”, su cuñado Fabricio Mena, Secretario de Turismo; así como otros acompañantes que nada tienen que ver con el desarrollo económico.
No podía faltar la secretaria federal de turismo, también tlaxcalteca, que apareció sonriente en un partido de futbol junto al embajador y exgobernador de Sinaloa, Quirino Ordaz, personaje político premiado con una embajada por la cuarta transformación y señalado por entregar su estado, a intereses que no eran precisamente los del “pueblo bueno”, sino dedicados a las actividades ilicitas que hoy tienen al país en llamas.
La postal es brutal: Tlaxcala y México enfrentan un aumento histórico en extorsión mientras su élite política posa en estadios europeos.
Pero esta columna no es solo un reclamo al poder, es un llamado a nosotros, los tlaxcaltecas. Porque Tlaxcala no se hunde solo por la incompetencia de unos cuantos, se hunde cuando normalizamos el miedo, cuando dejamos que nos digan que “todo está bien” aunque sepamos que no, cuando aceptamos que siete secretarios de seguridad pública en cinco años es normal, cuando permitimos que la extorsión crezca sin exigir explicaciones.
Tlaxcala no merece resignarse, no merece que su gente viva con miedo, no merece un gobierno que niega lo evidente. Debe romperse el silencio, exigir datosreales y resultados de gobierno, no discursos alegres.
Porque Tlaxcala no se salva desde España, o desde la imaginación de una “Tlaxcalandia” que existe solo en la mente de sus gobernantes.
Tlaxcala se reconstuirá desde aquí, desde la voz de quienes todavía creemos que a este estado vale la pena defenderlo, ¡Y si…vale la pena!
