Adriana Dávila Fernández | Política y Activista
- El gobierno de la transformación y su segundo piso no lograron que México fuera Dinamarca en los servicios de salud; pero eso sí, nos igualaron a Irán, Palestina o Somalia en materia de seguridad.
Y mientras el oficialismo en México insiste en que somos un país seguro, en que se atienden las causas y en que los homicidios han desaparecido, la realidad se empeña en desmentirlo. Para muestra, dos botones: el reciente mapa de riesgos publicado por el Departamento de Estado de los Estados Unidos y el tan anunciado informe sobre desapariciones, donde las únicas apariciones fueron las del “borrador gubernamental” de la realidad.
Al nivel de Irán o Somalia
El Departamento de Estado de Estados Unidos mantiene su esquema de alertas por entidad federativa. En su guía más reciente, aunque México aparece en general como Nivel 2 -con la recomendación de “extremar precauciones”-, el panorama cambia al desagregarse por estados. Sinaloa, Zacatecas, Tamaulipas, Colima, Michoacán y Guerrero colocan al país en el lamentable Nivel 4, cuya advertencia es inequívoca: “No viaje”.
El mapa fue presentado casi un mes después de que iniciara la guerra contra Irán, y en ese mismo Nivel 4 se encuentran países como Palestina, Somalia e Irán. Ese es el nivel en el que nos colocan.
Desaparecer la realidad
Por si fuera poco, esta semana volvimos a ser testigos -otra vez- de lo fácil que es desaparecer personas en México. No me refiero únicamente del delito de las desapariciones forzadas o cometidas por particulares, sino de otra modalidad igual de letal para la verdad: la desaparición administrativa. La que ocurre cuando el Estado, en lugar de buscar, empieza por “ordenar” el registro; cuando la tragedia se convierte en un problema de captura de datos y el dolor cabe en una diapositiva.
En la conferencia matutina, el gobierno federal presentó un desglose del Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas. El mensaje político fue claro: “se localiza a la gran mayoría” y, por lo tanto, el registro “estaba inflado” por duplicidades, homónimos o información incompleta. Lo que en otros países se llamaría auditoría, aquí corre el riesgo de convertirse en un borrador automático de la historia: si el dato estorba al relato, se reclasifica; si la cifra incomoda, se “depura”.
De quienes han sido localizados, el propio gobierno reporta que 92% fue encontrado con vida. Traducido: sí, hay miles de localizaciones, pero más de 132 mil personas siguen pendientes. Y aun así, la conversación pública se empuja —con una ligereza alarmante— hacia la idea de que el problema principal era el Excel.
Ahí está la pirueta completa: del “registro depurado” pasamos, sin rubor, al país “blindado”.
Por ello, organizaciones como Amnistía Internacional cuestionaron la estrategia, al advertir que el gobierno, con la evidente intención de disminuir -o maquillar- las cifras, minimiza la crisis que enfrentan miles de familias en México.
Lo cierto es que, frente a estos datos, resulta difícil vender una postal de tranquilidad cuando la advertencia no la redacta “la prensa golpista”, sino instituciones extranjeras u organizaciones internacionales que evalúan riesgos y exigen rendición de cuentas a los gobiernos.
Y para colmo, la reacción institucional suele ser predecible: si alguien denuncia, “es politiquería”; si un medio publica, “es golpeteo”; si la realidad insiste, “es percepción”. El problema de gobernar a base de adjetivos es que la estadística no se ofende, pero las familias sí. Y el problema de gobernar a base de mapas retocados es que, fuera de la pantalla, la gente no aparece por arte de magia.
Así la contradicción, se presume un país “seguro” mientras se pide a los viajeros no poner un pie en varias entidades; se habla de “cero impunidad” mientras la desaparición se discute como un problema de clasificación; se afirma que “se encuentra a casi todos” mientras el número de no localizados sigue siendo monstruoso. La transformación, al final, parece consistir en eso: convertir la búsqueda en trámite, la violencia en narrativa y la memoria en un archivo editable.