• No habitamos sistemas estables; habitamos sus restos en tiempo real.

Arturo Juárez Martínez

La nueva entrega de El diablo viste a la moda parte de una constatación simple, casi administrativa: el mundo ya no pertenece a las revistas. Pertenece a las plataformas. La moda, antes organizada alrededor de la mirada, el criterio y la crueldad sofisticada de una élite editorial, aparece ahora sometida a otro régimen: el de la predicción algorítmica. Ya no se trata de imponer el gusto, sino de anticiparlo; no de formar sensibilidad, sino de extraer patrones.

Miranda Priestly sobrevive en ese mundo con una elegancia terminal. Su revista ya no es propiamente una revista. Es una interfaz. Una marca digital, un archivo de tendencias, una máquina de contenidos ajustada al ritmo inhumano de las métricas. Donde antes había cierre editorial, ahora hay analítica en tiempo real. Donde antes había una portada, ahora hay segmentación. Donde antes había autoridad, ahora hay engagement. La película comprende esto, aunque no siempre se atreve a pensarlo hasta el final.

El antagonista encarna uno de los arquetipos perfectos de la época: el techbro. No es simplemente un empresario tecnológico. Es una forma cultural. Un sujeto producido por el capital de riesgo, la masculinidad optimizada y la fantasía de que todo lo existente puede ser reducido a sistema operativo. Habla de innovación como si hablara de destino. Lanza ideas ridículamente precisas sobre la subjetividad de estos seres: no tomó agua porque es un veneno lento o viajar al sol como última muestra de la genialidad que otorga la aceleración tecnológica.

Confunde eficiencia con inteligencia. Cree que la belleza es un problema de procesamiento, que el deseo puede calcularse y que el arte, en el fondo, es una falla antigua de la humanidad.

Su amenaza no consiste únicamente en comprar la revista o automatizar sus procesos. Eso sería demasiado obvio. Su amenaza es más profunda: quiere sustituir el criterio por recomendación, el aura por reproducción sintética, la sensibilidad por correlación estadística. En él aparece un Benjamin cínico, ultramasculino, vaciado de melancolía: si el aura se perdió, mejor; si la obra se reproduce infinitamente, más rentable; si la inteligencia artificial puede diseñar vestidos, rostros, campañas y aspiraciones, entonces el gusto humano se vuelve un residuo sentimental.

Miranda, por su parte, ya no puede ejercer el poder como antes. Sus desplantes, antes celebrados como signos de genialidad tiránica, ahora están rodeados por protocolos de recursos humanos, asesorías de clima laboral y capturas de pantalla. El autoritarismo elegante ha envejecido mal. Sus frases circulan como memes; su rostro es recortado, subtitulado, deformado, convertido en contenido por usuarios que no la temen porque no dependen de ella. La celebridad ya no consagra: expone. La autoridad ya no intimida: se edita.

Ahí radica una de las tensiones más interesantes de la película. Miranda debe salvar la moda, pero también debe salvar una forma antigua de autoridad estética que ella misma ayudó a volver insoportable. La cinta no la absuelve. Tampoco la condena del todo. La deja en una zona gris, más productiva: una mujer que defendió el criterio a través de la humillación, y que ahora descubre que el nuevo poder ya no necesita humillar personalmente. Le basta con automatizar.

El techbro no grita. No lanza abrigos sobre escritorios. No exige café imposible. Su violencia es más limpia. Está en el dashboard, en el modelo predictivo, en la promesa de eliminar la incertidumbre. Frente a él, Miranda parece casi humana. Eso es lo perturbador.

La película, sin embargo, participa del mismo sistema que intenta criticar. Recicla nostalgia, reactiva marcas afectivas, convierte la memoria de una generación en producto de retorno. Su crítica al algoritmo circula gracias al algoritmo. Su defensa de la moda como arte se vende como franquicia. Su denuncia del tecnofascismo aparece perfectamente empaquetada para una audiencia que desea sentirse lúcida sin abandonar la comodidad del espectáculo.

Sí, el mundo ha cambiado. Pero no necesariamente para volverse más libre. Cambió para administrar mejor sus fantasías. Antes Miranda decidía qué era bello. Ahora lo decide una infraestructura que nadie mira, nadie vota y casi nadie entiende. La moda sigue siendo poder; solo perdió el rostro. O quizá lo ganó todo: miles de rostros generados, optimizados, recomendados, imposibles de recordar.

https://open.substack.com/pub/arturojmartin

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