Dos nombres. Dos historias. Un solo final trágico. Esta semana, el gobierno de Tlaxcala lamentó el fallecimiento de dos mujeres en eventos distintos. Pero no lo son. Juana Margarita, conductora de plataforma, fue hallada sin vida después de once días de angustiosa búsqueda. Blanca Adriana, una mujer poblana de 37 años, fue encontrada en una zanja en Atltzayanca, Tlaxcala tras someterse a un procedimiento estético en una clínica clandestina en Puebla. Detrás de cada caso, late la misma herida: la violencia estructural que cobra la vida de las mujeres en este país.
Juana Margarita salió a trabajar como conductora de Didi para sostener a su familia. Su cuerpo apareció en un camino despoblado, en avanzado estado de descomposición. La Fiscalía investiga dos líneas, pero nada devolverá la paz a sus seres queridos. Su caso es el espejo de lo que ocurre a diario: mujeres que salen a ganarse la vida y se topan con un sistema que las deja indefensas. No es un hecho aislado. Es el reflejo de una sociedad que normaliza que una mujer desaparezca mientras realiza su trabajo.
El caso de Blanca Adriana añade una capa aún más perversa a esta violencia: la del engaño con apariencia de cuidado. Pagó 14 mil pesos por un tratamiento de reducción abdominal en la llamada “Detox Clinic”, un departamento sin permisos sanitarios ni condiciones médicas, donde una supuesta especialista la atendió mientras su esposo era enviado a comprar una faja. Al regresar, ella ya no estaba. Un video de vigilancia muestra cómo subían su cuerpo, presuntamente inconsciente, a un vehículo. Las clínicas clandestinas son un negocio mortal que se esconde detrás de promesas en redes sociales. No solo estafan: matan.
Ambos casos tienen algo en común: la procuración de justicia llega tarde, cuando ya no hay nada que hacer. En el de Blanca Adriana, las autoridades de Tlaxcala y Puebla trabajan “coordinadas”, pero la pregunta es inevitable: ¿cuántas mujeres más deben morir para que se regule con seriedad la práctica de procedimientos estéticos? ¿Cuántas Juana Margarita deben desaparecer para que ser conductora de plataforma no sea un acto de riesgo?
La violencia contra las mujeres no es únicamente el golpe o el feminicidio. Es también la negligencia, la ausencia de controles, el vacío legal que permite operar clínicas sin certificación, la precarización laboral que empuja a mujeres a trabajar en la noche sin protección. Es el silencio cómplice de quienes miran hacia otro lado.
Hoy, en Tlaxcala, dos familias están de luto. Mañana podrían ser más. No bastan los comunicados de pesar ni las líneas de investigación abiertas. Se necesitan acciones contundentes: fiscalías con perspectiva de género, regulación efectiva de clínicas estéticas, protocolos de seguridad para trabajadoras de plataformas digitales y, sobre todo, una sociedad que deje de naturalizar que las mujeres mueran por vivir.
Juana Margarita y Blanca Adriana ya no están. Pero su muerte debe encender una alerta que no podemos apagar. Por ellas, y por todas las que siguen en riesgo, se lo digo así, sin maquillaje ni retoques.