Hay divisiones políticas que se esconden detrás de discursos de unidad. Y hay otras que se exhiben sin pudor frente a miles de personas.
Lo ocurrido este domingo en Tlaxcala pertenece a la segunda categoría.
Morena no se fracturó este fin de semana. La fractura ya existía desde hace meses. Lo que ocurrió fue algo más importante: dejó de ocultarse.
Mientras la gobernadora Lorena Cuéllar encabezaba una movilización multitudinaria para demostrar que el aparato gubernamental sigue teniendo capacidad de convocatoria y que Alfonso Sánchez García continúa siendo el proyecto político más cercano al poder estatal, a pocos kilómetros de distancia Ana Lilia Rivera reunía a la otra mitad del morenismo tlaxcalteca.
Y si el evento de Alfonso fue una demostración de estructura, el de Ana Lilia fue una demostración de relaciones.
Porque la verdadera noticia no estuvo en las sillas ocupadas ni en los autobuses movilizados. La noticia estuvo en el presidium de Rivera.
Ahí estaban Gerardo Fernández Noroña, Alfonso Ramírez Cuéllar, Dolores Padierna, René Bejarano -señalado por el caso de corrupción de las ligas en 2004-, senadores, diputados federales y operadores nacionales de Morena. Pero dos nombres sobresalían sobre el resto.
El primero: Jesús Ramírez Cuevas.
No cualquier personaje del movimiento. Se trata del principal operador político y de comunicación del obradorismo durante años y hoy uno de los hombres más cercanos a la presidenta Claudia Sheinbaum. Su presencia no puede leerse como una cortesía protocolaria.
En política, los símbolos importan.
Y cuando Jesús Ramírez aparece en un acto local en medio de una disputa sucesoria, el mensaje inevitablemente adquiere una dimensión nacional.
La historia reciente demuestra además que su influencia no es menor. Basta recordar el proceso interno de Morena en la Ciudad de México, donde el respaldo de los principales operadores del movimiento terminó inclinando la balanza en favor de Clara Brugada pese a que Omar García Harfuch aparecía como ganador en distintas mediciones.
Por eso su fotografía junto a Ana Lilia Rivera fue probablemente uno de los mensajes más poderosos de toda la jornada, aunque también podría ser de los más cuestionados por los antecedentes de sus compañeros de presidium.
El segundo nombre fue Laura Itzel Castillo Juárez.
Su presencia tampoco pasó desapercibida. Apenas hace unos días fue designada por la presidenta Claudia Sheinbaum como nueva titular de la Secretaría de las Mujeres del Gobierno Federal, uno de los espacios políticos más relevantes del gabinete.
Pero además existe otro dato político: Laura Itzel forma parte del grupo político cercano a Citlalli Hernández, una de las figuras nacionales que en distintos momentos ha mostrado simpatía y cercanía con el proyecto de Ana Lilia Rivera. Para Citlalli la candidata debe ser Ana Lilia, pero sabe que la última palabra la tiene la presidenta Claudia.
Por ahora, Alfonso tiene territorio, gobierno y estructura.
Ana Lilia tiene narrativa, aliados nacionales y quizá el presidium más poderoso que se ha visto en Tlaxcala desde que comenzó la sucesión.
Ninguno parece dispuesto a ceder.
Y quizá ahí radica el verdadero problema.
Porque después de este domingo quedó claro que la principal amenaza para Morena en 2027 ya no está en el PAN, el PRI o Movimiento Ciudadano.
La principal amenaza para Morena está sentada en las mesas de Morena.
Y la batalla apenas comienza.
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LA CAMINERA... La lectura…Visto así, el presidium dejó de ser una simple lista de invitados distinguidos para convertirse en un mensaje dirigido al corazón de Morena nacional.
No eran invitados de cortesía. Era una señal política. Porque mientras el grupo gobernante mostró fuerza local, la senadora exhibió conexiones nacionales.
Y Morena es un partido donde las candidaturas se deciden en la Ciudad de México.
Ese es el dato que muchos pasaron por alto.
Del lado gubernamental también hubo mensajes. Quizá demasiados.
La movilización fue tan evidente que terminó reforzando la percepción de que el gobierno estatal ya tomó partido en la sucesión. Algo que en privado nadie niega, pero que hasta ahora se intentaba manejar con mayor discreción.
Este domingo la prudencia desapareció.
La gobernadora caminó claramente con uno de los grupos. Dejó que Alfonso fuera el orador.
Y cuando un gobernador deja de fungir como árbitro para convertirse en jugador, inevitablemente profundiza las divisiones internas.
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AHORA SI LA ÚLTIMA Y NOS VAMOS…La unidad.. Lo paradójico es que ambos eventos intentaron vender exactamente lo mismo: unidad.
Pero ninguno logró convencer.
Ana Lilia llamó a tender puentes con el gobierno estatal. El mensaje sonó correcto. El problema es que llegó demasiado tarde. Después de meses de confrontación, bardas, espectaculares, filtraciones y guerra interna, hablar de reconciliación resulta más una necesidad estratégica que una convicción política.
Peor aún cuando desde el mismo escenario Gerardo Fernández Noroña terminó recordando diferencias y agravios que parecían dirigidos directamente al grupo gobernante.
Si el objetivo era cerrar heridas, algunos de sus invitados se encargaron de volver a abrirlas, pues el abucheo de las huestes riveristas hacia el nombre de Cuéllar demostró la división.
El resultado es un Morena dividido en dos bloques que ya ni siquiera se esfuerzan por aparentar lo contrario.
Y eso debería preocupar más que entusiasmar.
Porque la historia electoral mexicana demuestra que los partidos rara vez pierden el poder por culpa de la oposición. Generalmente lo pierden cuando las guerras internas consumen más energía que los adversarios externos.
Hoy Morena sigue siendo la principal fuerza política de Tlaxcala.
Pero también es evidente que la disputa por la candidatura está generando daños que podrían ser difíciles de reparar.
Cada demostración de fuerza provoca una respuesta del grupo contrario.
Cada acto multitudinario alimenta una nueva competencia.
Cada fotografía profundiza la distancia.
Y mientras eso ocurre, empieza a surgir una pregunta incómoda dentro y fuera del movimiento:
¿Y si la solución no está en ninguno de los dos grupos?
Porque cuando dos proyectos generan más división que cohesión, la dirigencia nacional suele comenzar a buscar alternativas.
No sería la primera vez.
Ni sería la última.