Omar G. Tlachi | Ayer la Selección Mexicana ganó en el Mundial y, aunque el triunfo nos regala un destello de felicidad, el fútbol opera otra vez como esa anestesia social de cada cuatro años. Mientras el balón rueda y el festejo adormece el ambiente, la cruda realidad nos sigue explotando en la cara con verdades incómodas que ningún partido de noventa minutos puede ocultar.
La primera de esas verdades viene desde el púlpito federal. En una de sus recientes declaraciones, Claudia Sheinbaum dejó entrever la línea que definirá su gestión: un conformismo alarmante que ahora pretende trasladar a la formación médica en México. Bajo el gastado pretexto de culpar a los gobiernos anteriores por buscar una «excelencia excluyente», la tónica del sexenio apunta a flexibilizar las exigencias para que los estudiantes de medicina «no se lo tomen tan a pecho». La propuesta no solo es mediocre; es verdaderamente estúpida y peligrosa. Un médico no trabaja con papeles ni con discursos políticos; tiene en sus manos, la vida de otros seres humanos. Jugar a la política rebajando la vara del rigor académico en la salud es criminal. La medicina exige excelencia absoluta, no complacencias ideológicas.
Y si de mediocridades e imposiciones hablamos, lo ocurrido ayer en Atlangatepec es el vivo retrato de un gobierno local sordo. La fuerza pública fue utilizada una vez más en contra de los ciudadanos, quienes lamentablemente respondieron también con violencia hacia la autoridad. En lo particular, jamás seré partidario de la violencia; la violencia solo genera más violencia y destruye cualquier causa legítima. Como ciudadanos debemos mantener la cabeza fría y la mente tranquila; llegar con piedras o agredir al prójimo jamás será la vía. Sin embargo, este desastre es la consecuencia directa de la cerrazón de Lorena Cuéllar y sus asesores. Al gobierno estatal no le interesan las familias, ni la ciudadanía, ni la seguridad; solo les importa imponer sus propias obras y caprichos. Como cantaban Los Fabulosos Cadillacs en su mítica canción Matador: «yo no voy a la guerra, a la violencia, a la injusticia y a su codicia». Pero la provocación del Palacio de Gobierno terminó por incendiar la paz en Atlanga.
Lorena Cuéllar y su vocero nos han recetado el discurso de que Tlaxcala es «el estado más seguro del país», jurando y perjurando que aquí no operan cárteles, que no hay delincuencia organizada y que la droga «solo va de paso». Sin embargo, el histórico operativo federal que decomisó una tonelada de droga en pleno territorio tlaxcalteca vino a tirar el teatrito. Lo verdaderamente ridículo ha sido las marometas discursivas del gobierno local y su vocero en los últimos días, quienes han salido a la luz pública a cambiar la narrativa para intentar colgarse la medalla inventando que todo fue un «operativo coordinado». Mentira. Cada vez que la Federación interviene y destapa las operaciones de gran calado en la entidad, exhibe la incompetencia y la simulación de las autoridades estatales. Prefieren vivir en el cinismo y maquillar el pasado antes que aceptar que no están haciendo su chamba, obligando a los tlaxcaltecas a caminar por calles completamente inseguras.
A esta red de cinismo se le acaba de caer una de sus máscaras más vergonzosas. El Tribunal Electoral le propinó un severo revés al Instituto Tlaxcalteca de Elecciones (ITE) al tumbar las medidas cautelares absurdas que pretendían imponerle a este medio de comunicación, La Bestia Política. Esta intentona de censura jamás habría ocurrido si el titular del ITE no tomara partido descaradamente a favor del gobierno en turno y del partido oficialista. Lo que el instituto electoral intentó silenciar fue la exposición en video de un acto flagrante de corrupción: el director del COBAT utilizando recursos públicos en horas laborales para operar políticamente. Volvemos al bucle del encubrimiento: el medio expone las porquerías y las complicidades, pero para el funcionario corrupto no hay multas, ni sanciones, ni un solo pronunciamiento de la Fiscalía Anticorrupción, que brilla por su total inacción.
El servilismo del árbitro electoral local pretendió poner en tela de juicio información de alto interés público. Todo esto con la clara intención de taparle las mañas al grupo en el poder que intentaba posicionar, en su momento, a Alfonso Sánchez García desviando la estructura del Estado. Una práctica de acarreo y coacción a los trabajadores públicos que, por cierto, se volvió a ver de forma descarada apenas el domingo pasado. Siguen usando a la gente, siguen desviando dinero y recursos humanos para sostener un proyecto que, irónicamente tras todo el lodazal que opera desde las oficinas públicas, hoy ya ni siquiera existe la certeza de que realmente terminará siendo el coordinador de los esfuerzos de los tlaxcaltecas de Morena para el 2027.
Perdonen si soy inoportuno. Celebremos el triunfo de la selección y disfrutemos de la anestesia del Mundial, pero que la fiesta no dure tanto como para hacernos olvidar que, allá afuera, la mediocridad nos gobierna, el cinismo nos miente, el estado se rompe y los llamados a defender la imparcialidad y la justicia prefieren arrodillarse ante el poder.