Arturo J. Martín  | Ante el éxito reciente de distintas películas de horror —Weapons (2025), Together (2025), Presence (2024), Undertone (2025) y, más recientemente, Obsession (2025)— vale preguntarse algo menos cómodo que la simple explicación de taquilla: ¿por qué estas cintas están siendo miradas con tanta atención?, ¿qué sensibilidad colectiva están tocando?, ¿qué zona de malestar han encontrado para que las grandes audiencias, incluso aquellas que no suelen reconocerse como consumidoras habituales del género, vuelvan hacia ellas? Presence tuvo su estreno en Sundance en 2024, aunque llegó a salas estadounidenses en 2025; Undertone y Obsession también circularon originalmente en festivales durante 2025, aunque su estreno comercial amplio ocurrió después.  

El horror, desde luego, nunca ha sido sólo horror. Ha sido una forma cultural para procesar aquello que una sociedad no sabe decir de manera directa. Después del 11-S, diversos estudios sobre el género señalaron un desplazamiento importante: ya no bastaba con mostrar cuerpos vulnerados, monstruos externos o amenazas localizables. Como advierte José Navarro, para perturbar a sus espectadores, un cineasta debe conocer qué les desestabiliza y asusta. La frase importa porque desplaza el problema: el miedo no está únicamente en la criatura, sino en el pacto histórico que permite reconocerla como amenaza.

En ese marco puede entenderse el surgimiento de lo que se ha llamado posthorror o horror elevado: una zona del cine contemporáneo que combina tropos del horror con ritmos más lentos, ambigüedad narrativa, contención visual, atmósferas de angustia y temas considerados “serios”: el duelo, la enfermedad, la maternidad, la depresión, la culpa, la crisis de los cuidados o la descomposición familiar. No se trata de que el monstruo desaparezca; se trata de que, cada vez con más frecuencia, el monstruo ya no necesita máscara. Vive en la casa, en el cuerpo, en el vínculo, en la familia, en la memoria, en la imposibilidad de sostener una vida funcional.

Por eso varias de estas películas parecen hablar menos de lo sobrenatural que de preocupaciones muy concretas: cuidar a un familiar enfermo, sostener la vida cotidiana cuando el cuerpo de otro se vuelve demanda permanente, acompañar a una hija o un hijo con una condición del neurodesarrollo, enfrentar la ambivalencia ante la maternidad, o aceptar que el hogar —ese espacio que la cultura sigue vendiendo como refugio— puede convertirse también en una tecnología de agotamiento. El horror contemporáneo no siempre necesita castillos, demonios o sótanos. A veces le basta una sala iluminada con luz blanca, una cocina desordenada, una videollamada, una cama hospitalaria o la respiración de alguien que depende de nosotros.

Ahí se vuelve sociológicamente interesante. El cine de horror cambia históricamente porque también cambian las formas de vulnerabilidad. Antes el miedo podía organizarse alrededor del extraño, del asesino, del invasor, del comunista, del terrorista, del monstruo exterior. Hoy la amenaza parece más dispersa. Menos épica. Más íntima. Más administrativa. Está en la precarización del cuidado, en la fatiga emocional, en la medicalización de la vida, en la crisis de los vínculos, en la dificultad de imaginar futuros habitables. La criatura ya no viene necesariamente de afuera. A veces emerge de los mismos sistemas que prometían protegernos.

Esto también permite leer un desplazamiento más amplio en las audiencias jóvenes. La vieja figura del héroe solitario, invulnerable, muscular y emocionalmente clausurado —ese modelo Rambo que parecía cargar con la fantasía occidental de orden mediante violencia— ha perdido eficacia simbólica. En su lugar aparecen otras demandas: vulnerabilidad, conexión emocional, fragilidad reconocible. Un estudio reciente de UCLA sobre generaciones Z y Alpha señala precisamente una preferencia por masculinidades menos asociadas a la dureza aislada y más cercanas a la expresión emocional y el cuidado.  

Quizá por eso también muchas películas hollywoodenses donde Estados Unidos aparecía como gran policía mundial, portador de libertad, orden y certidumbre para el resto del planeta, han dejado de parecer coherentes con el entorno geopolítico actual. La fantasía imperial envejeció mal. Muy mal. En cambio, el horror contemporáneo parece más honesto porque no promete salvación. Apenas propone una habitación cerrada donde mirar, durante noventa minutos, la forma en que nuestras certezas se pudren.

Y, sin embargo, seguimos entrando a esa habitación. Tal vez porque el horror, con todos sus subgéneros y tropos históricamente situados, permite procesar fenómenos absurdos y grotescos en espacios relativamente controlados. Aunque en la película se quiebre la estabilidad del universo, aunque una familia se destruya, aunque la casa respire, aunque el cuerpo amado se vuelva amenaza, todavía podemos regresar a “nuestra realidad”. La frase debería tranquilizarnos. No lo hace demasiado.

Porque nuestra realidad quizá sea más perturbadora, sólo que peor iluminada. Al salir de la sala conservamos una esperanza mínima, casi ridícula: creemos que, a diferencia de los personajes del horror, nosotros sí tendremos todo bajo control. No caeremos al correr. No pediremos deseos sin leer las condiciones. No bajaremos al sótano. No ignoraremos las señales. No intentaremos encender un auto justo cuando el monstruo está detrás.

Falso consuelo. El horror funciona precisamente porque sabemos que, llegado el momento, haríamos algo parecido. O algo peor.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *