En Tlaxcala, Morena no solo camina hacia una ruptura: ya la está padeciendo.

La sucesión rumbo a 2027 dejó de ser un proceso interno y se convirtió en un conflicto de bloques con consecuencias que rebasan al partido. Y ahora, con nuevos actores asomándose, el escenario se vuelve todavía más inestable.

La pelea central sigue siendo entre dos grupos irreconciliables. De un lado, el proyecto que impulsa a Alfonso Sánchez García, sostenido por estructura, operación territorial y respaldo institucional de una gobernadora.

Del otro, el bloque que acompaña a Ana Lilia Rivera, con el apoyo del exgobernador José Antonio Álvarez Lima, el cual ha construido su narrativa desde la confrontación con el Lorenismo, que le ganó la candidatura y dejó una herida que nunca cerró.

Todavía flotan las palabras de Ana Lilia: elegir a Lorena Cuéllar era haber elegido a Carlos Salinas de Gortari en Morena, en alusión al modelo de corrupción que representaba el expresidente.

Aquí el problema ya no es quién gane. El problema es qué queda del partido después de que alguien gane.

La confrontación ha escalado a niveles personales y estratégicos. No hay confianza, no hay acuerdos y no existen incentivos reales para la reconciliación. Cada movimiento de un grupo es leído por el otro como una amenaza existencial. En esta lógica, la unidad es retórica, no posibilidad. Mientras tanto, Alcalde deja crecer todo.

A este escenario se suma un factor que Morena en Tlaxcala subestima peligrosamente: la influencia de Adán Augusto López Hernández. Su eventual alineamiento, directo o indirecto, no solo reconfigura apoyos nacionales, sino que abre la puerta a una tercera vía. Un tercer candidato o candidata que surja como salida “neutral” ante el desgaste de ambos bandos no es una fantasía: es una opción que empieza a sonar con fuerza en los círculos donde se toman decisiones.

Ahí toman fuerza otros nombres como Óscar Flores, Luis Vargas, Carlos Augusto Pérez Hernández y la propia Josefina Rodríguez Zamora.

Cuando dos proyectos se desgastan mutuamente, el vacío se vuelve oportunidad. Y Morena ha demostrado, en otros estados, que prefiere sacrificar lealtades locales antes que cargar con un conflicto que reste competitividad nacional.

El factor Lorena Cuéllar complica aún más el tablero. Ana Lilia Rivera nunca le tendió puentes. No los construyó cuando pudo, y cuando trató era demasiado tarde.

Para el grupo de gobierno en Tlaxcala, esa distancia es deslealtad; para el ala opositora interna, es independencia. El resultado es el mismo: la gobernadora dejó de ser factor de cohesión y se volvió parte del problema. Aunque darle la espalda a su estructura, aun con todo el desgaste del poder de su gestión, puede ser un suicidio.

Las cartas están sobre la mesa: un estado bombardeado por bardas con mensajes que ya no tienen nada de subliminal —“Tlaxcala va con él” y “Porque es una mujer honesta, es ella”—, y cualquier error será clave para las aspiraciones de quienes compiten.

Ana Lilia ya demostró su habilidad para meterse en problemas por su propia boca, y aunque su equipo presume que salió bien librada del error de calificar de “estúpidos” a quienes la critican, el manual recomienda que si vas arriba, no metas ruido innecesario. Si bien no carga con los negativos de la marca estatal de la 4T, que ella calificó de oligárquica, sí lo hace con su propia narrativa que la dibuja como intolerante de cuerpo completo.

Alfonso Sánchez tendrá que probar que su distanciamiento de ser el delfín es una jugada que le reditúe y no cargar con los negativos del gobierno local. De lo contrario, no podrá avanzar en las encuestas: se le percibe como el candidato del gobierno, no como una alternativa.

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LA CAMINERA...Guerra de encuestas…La encuesta de enero de 2026 del Centro de Estudios Consultivos, que coloca en empate técnico a Alfonso Sánchez García y Ana Lilia Rivera, no calmó las aguas en Morena: les echó gasolina al fuego. La diferencia mínima entre ambos —22.4 % contra 21.3 % en preferencia interna— intenta lanzar el mensaje de que la moneda está en el aire.

Lejos de ordenar el proceso, endureció posturas, aceleró el golpeteo interno y profundizó la desconfianza entre grupos. Cada bando leyó los números como una señal para ir con todo, no para negociar. El resultado es una disputa que ya no se juega en encuestas, sino en desgaste, control del método y capacidad de resistencia.

En Morena Tlaxcala, el problema dejó de ser quién va arriba. El problema es cómo resolver un empate sin romper el partido. Y todo indica que esa reconciliación será cada vez más difícil.

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AHORA SÍ, LA ÚLTIMA Y NOS VAMOS...La paciencia…Mientras Morena se consume en su guerra interna, la oposición observa, mide y afila.

En el PRI, Anabell Ávalos mantiene presencia, estructura y un voto duro que, aunque insuficiente por sí solo, puede capitalizar el desencanto morenista si la fractura se profundiza. No necesita crecer espectacularmente; le basta con que Morena se divida.

En el PAN, Miriam Martínez avanza con un discurso territorial, de contraste y cercanía, apostando a la narrativa de resultados locales frente al desgaste del poder estatal. Su crecimiento es silencioso,  y se alimenta directamente del conflicto guinda.

Y Movimiento Ciudadano juega su carta más peligrosa: esperar. Esperar a que Morena implosione, a que el PRI no levante y a que el PAN no termine de cuajar. En ese escenario, MC puede colocarse como refugio del voto antipartidos tradicionales, sin necesidad de cargar con historias de gobierno ni pleitos internos heredados. Dependerá del candidato o candidata que lleve.

El PRD  y el PAC guardan silencio a la espera que las cartas se definan para lanzar su siguiente jugada.

Así, Tlaxcala entra a una fase inédita: Morena puede llegar dividido a 2027 y la oposición, fragmentada pero estratégica, puede competir sin necesidad de ganar antes.

La ruptura en Morena ya no es un rumor. Es un proceso. Y cuando un partido pasa más tiempo peleando consigo mismo que escuchando a la ciudadanía, el desenlace suele ser uno solo: pierde el control del tablero que creyó dominar.

Las guerras internas rara vez tienen vencedores.
Pero casi siempre producen algo peor: oportunidades para los que supieron esperar. Al tiempo.

Por cierto, no se pierda la lectura de la columna de Alientos Democráticos.

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