Después de 22 años operando crisis políticas y analizando la mercadotecnia del poder, uno aprende a distinguir muy bien entre la retórica de Estado y los intereses personales. Lo que hemos visto esta semana a nivel nacional raya en lo descarado y ridículo. La encendida defensa que la presidenta Claudia Sheinbaum hace de los personajes señalados por vínculos con el crimen organizado no es un asunto de soberanía; se parece más bien a un blindaje por amor familiar. Un amor al que quieren cuidar a toda costa porque, de acuerdo con lo que ya hierve en redes y medios de comunicación, la brújula de las agencias de Estados Unidos apunta directo hacia los hijos del expresidente Andrés Manuel López Obrador por el multimillonario negocio del huachicol fiscal.
Cualquiera que sea padre es capaz de hacer lo que sea por defender a sus hijos; la pequeña diferencia es que el ciudadano de a pie no empeña el destino de una nación entera para salvarlos. El viejo discurso de la austeridad franciscana con el que nos durmieron seis años se desmoronó por completo. Mientras el pueblo estira el gasto, los herederos de Palenque viven como reyes absolutos. ¿Cuántos muchachos mexicanos tienen acceso a estudiar en las mejores escuelas de Inglaterra? ¿Cuánta gente puede pagar una cuenta de 70 mil pesos en una sola comida, como en el reciente escándalo del hijo menor del expresidente? ¿Cuántos se hacen magnates de la noche a la mañana vendiendo chocolates que, mágicamente, terminan comprados por el propio gobierno para sus tiendas «Bienestar»? La bandera contra la «injerencia extranjera» y las leyes que intentan meter los diputados federales no son para cuidar al país; son para construirle un búnker legal a una familia que teme que toquen a sus herederos.
El cinismo del régimen es total, la defensa de Sheinbaum no es a la patria; es la entrega de lealtad ciega a un testamento político que nos sumió en una sangrienta crisis de narcotráfico gracias a las acciones de su infame ocurrencia de «abrazos, no balazos», todo para que su familia real disfrute los lujos del poder.
Pero mientras a nivel nacional nos quieren convencer de que los jueces del «bienestar» son la solución y que la ley ya no existe, en Tlaxcala nos cayó una pequeña dosis de esperanza. Hay que aplaudir plenamente la decisión del Tribunal Electoral de Tlaxcala (TET) de echar para atrás las absurdas medidas cautelares que el ITE le había impuesto al medio de comunicación La Bestia Política. Con esto frenaron la censura contra la prensa que exhibió al director del Cobat utilizando recursos públicos y operando actos de corrupción para beneficiar la campaña de Alfonso Sánchez García. Pero la cosa no quedó ahí: el Tribunal también aplicó nuevas medidas cautelares contra los dos principales contendientes de Morena que buscan el gobierno del estado. Es una victoria ciudadana: el derroche de dinero para posicionar su imagen tiene que parar; tienen que borrar sus bardas y quitar sus lonas porque, simple y sencillamente, no son tiempos electorales. Sí se puede aplicar la ley.
Y para rematar la semana de realidades contra fantasías, en el Palacio de Gobierno insisten en su eterna «encuestitis». El Vocero del estado volvió a salir a presumir sus encuestas pagadas, esas que dice que «ningún medio en contra va a publicar», jurando que la gobernadora goza de un milagroso 63% de aprobación. Qué ternura de datos y qué bonita coincidencia numérica, pero exactamente al revés. Solo le recordamos al Vocero que el INEGI —un instituto oficial que no recibe contratos locales y que pregunta casa por casa— sacó la Encuesta Nacional de Impacto Gubernamental (ENCIG). Los datos reales de los propios tlaxcaltecas ponen a Lorena Cuéllar con un 63% DE REPROBACIÓN.
Perdonen si soy inoportuno, pero las máscaras se están cayendo a pedazos. Mientras en la federación la presidenta dobla las manos para proteger a los hijos de su mentor, en Tlaxcala los tribunales frenan el descaro electoral de los aspirantes oficiales y el INEGI nos da la razón a los ciudadanos. Pueden seguir viviendo en su maravilloso país de las encuestas compradas, pero el bofetón de la realidad ya los alcanzó.