Ana Lilia Rivera Rivera | La historia democrática de América Latina se escribe con la vida de quienes dedicaron años a defender sus convicciones y con la decisión de millones de personas que, frente a las urnas, determinan el rumbo de sus países.
La muerte de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano nos invita a mirar una parte fundamental de la historia política de México. Su trayectoria estuvo vinculada a una de las etapas más importantes de nuestra apertura democrática, que es la exigencia de elecciones libres, la ruptura con un sistema que concentraba el poder y la construcción de una alternativa política para millones de mexicanas y mexicanos que buscaban ser escuchados.
En 1988, la candidatura de Cárdenas reunió a distintas fuerzas políticas y sociales inconformes con la forma en que se ejercía el poder. Aquella elección quedó marcada por la caída del sistema de cómputo y por las graves dudas sobre la certeza de sus resultados. Más allá de las diferencias que puedan existir sobre su trayectoria, su participación contribuyó a colocar en el centro de la discusión nacional el derecho de la ciudadanía a elegir libremente a sus gobernantes.
Su historia también fue la de un hombre que decidió romper con el partido en el que había desarrollado buena parte de su carrera política para impulsar otra vía. En 1989 participó en la fundación del Partido de la Revolución Democrática (PRD) y, ocho años después, se convirtió en el primer jefe de Gobierno del Distrito Federal elegido mediante el voto ciudadano. Son hechos que forman parte de la transformación de nuestras instituciones y de la ampliación de los derechos políticos.
Detrás de esos acontecimientos hubo una persona, una familia y una vida dedicada a la actividad pública. Reconocer su legado no significa ignorar las diferencias ni dar por concluido el debate sobre sus decisiones. Significa entender que la democracia también se construye con la participación de quienes, desde distintas posiciones, contribuyen a modificar las reglas de la vida política.
En Brasil, la reciente reelección de Luiz Inácio Lula da Silva ofrece otro motivo para reflexionar sobre la relación entre ciudadanía, representación y democracia. El resultado de la elección del 25 de octubre, en la que obtuvo más de 64 millones de votos, confirmó que las urnas siguen siendo el espacio donde se expresan las preferencias de una sociedad plural.
La trayectoria de Lula también ha estado marcada por dificultades, derrotas, regreso a la competencia electoral y nuevas responsabilidades públicas. Su historia política no puede separarse de la de los trabajadores brasileños ni de las demandas de sectores que durante mucho tiempo buscaron mayor participación en las decisiones nacionales. Su triunfo actual debe leerse, ante todo, como una decisión de las y los electores brasileños, cuya voluntad merece respeto.
Las experiencias de México y Brasil son distintas. Sus sistemas políticos, sus instituciones y sus circunstancias no son iguales. Sin embargo, ambas historias permiten recordar que la democracia requiere algo más que acudir a las urnas, pues necesita instituciones confiables, participación ciudadana, respeto a los resultados y condiciones para que las distintas expresiones políticas puedan competir.
La memoria de Cuauhtémoc Cárdenas y el resultado electoral de Brasil nos colocan frente a una responsabilidad compartida: cuidar los espacios democráticos que generaciones anteriores ayudaron a abrir y evitar que el poder se entienda como un patrimonio de unos cuantos.
La democracia no pertenece a una persona ni a un partido. Se construye con la participación de la gente y se fortalece cuando el voto se respeta, las instituciones responden y la política mantiene su vínculo con las necesidades de la sociedad.
Esa es una de las lecciones que dejan las trayectorias de quienes abrieron camino y de quienes, desde las urnas, continúan escribiendo la historia de sus pueblos.